Capítulo 8 · ~5 min
Confesiones en la oficina
Valentina tecleó rápido, la vista fija en la pantalla, como si escribir más deprisa la ayudara a terminar antes. Sebastián, sentado al otro extremo de la mesa, tamborileaba con los dedos sobre un portavasos de cartón. El reloj digital marcaba las 10:37 p.m. Nadie más quedaba en la oficina, salvo el vigilante que a veces cruzaba la recepción.
—¿Ya revisaste los anexos de la demanda? —preguntó Sebastián, sin mirarla, pero con tono de fastidio contenido.
—Obvio. Faltan los recibos del último mes. No estaban en la carpeta —respondió Valentina, sin dejar de escribir.
Sebastián se levantó y fue hacia la cafetera. Sirvió dos cafés, uno para él y otro para ella. Dejó el vaso de Valentina a su lado, sin decir nada. Ella alzó la ceja, sorprendida, pero no agradeció. Tomó un sorbo y siguió trabajando.
—¿Siempre te quedas hasta tarde? —preguntó él, apoyándose en el respaldo de la silla.
—Cuando hay trabajo pendiente, sí. No me gusta dejar cosas a medias.
Sebastián sonrió de lado.
—¿Sabes? Mi papá decía que solo los mediocres se van temprano. Yo creo que solo los que quieren impresionar a alguien se matan así.
Valentina soltó una risa corta.
—¿Y a quién quieres impresionar tú?
—No sé. Quizá a mí mismo. O a Mauricio, si es que aún le importa.
El silencio se instaló entre los dos. Solo se escuchaba el zumbido de la computadora y las teclas. Sebastián acomodó su corbata, como si le molestara en el cuello.
—¿Por qué quieres tanto la sociedad? —preguntó Valentina de repente, bajando la voz.
Sebastián dudó. Miró la ventana, donde apenas se reflejaban las luces de la ciudad.
—Porque si no la consigo, todo esto… —hizo un gesto amplio, señalando la oficina—, habrá sido en vano. No puedo volver a casa con las manos vacías. Mi familia espera que sea el mejor. Quiero probar que no me equivoqué de camino.
Valentina asintió despacio. Dejó el teclado y se giró hacia él.
—Yo solo quiero demostrar que sí pertenezco aquí. Que no importa de dónde vengo. Odio sentir que todos esperan que falle.
Sebastián la miró por primera vez en la noche, sin rastro de burla.
—A nadie le importa de dónde vienes, Valentina. Al menos aquí.
Ella negó con la cabeza.
—Eso dices porque para ti todo ha sido fácil. No sabes lo que es que te miren como si te hicieran un favor.
Sebastián bajó la vista. Se frotó el puente de la nariz.
—Tampoco ha sido tan fácil. Pero sí, supongo que nunca me faltó nada. No sé cómo es luchar por cada cosa.
Valentina suspiró. Se quedó callada un momento.
—¿Nunca pensaste en rendirte? —preguntó, casi en un susurro.
Sebastián soltó una risa amarga.
—Cada semana. Pero si renuncio, mi papá gana. Y yo no nací para perder.
Valentina lo observó, como si buscara algo en su cara. Sebastián levantó la mirada y se cruzaron los ojos. Hubo un segundo en que ninguno supo qué decir.
—Camila dice que eres un terco —dijo Valentina, para romper el momento.
Sebastián sonrió.
—Y yo digo que eres la persona más terca que he conocido. Pero también la más valiente.
Valentina se encogió de hombros, incómoda con el elogio. Se volvió al computador.
—No me digas valiente. No es para tanto.
—Sí lo es. Nadie más se atreve a discutirle a Mauricio como tú.
Ella sonrió, apenas visible.
—Tampoco eres tan malo. Solo insoportable.
Él levantó el vaso de café, a modo de brindis.
—Salud por los insoportables entonces.
Valentina chocó su vaso con el de él, divertida. El ambiente se relajó un poco. Por unos minutos, solo trabajaron en silencio, cada uno concentrado en su parte.
De pronto, Sebastián volvió a hablar.
—¿Alguna vez te has sentido sola aquí?
Valentina guardó el archivo y cerró la laptop.
—Más veces de las que quisiera. Pero ya me acostumbré.
Sebastián asintió. Miró el reloj.
—¿Quieres pedir algo de comer? Ya ni siento el estómago.
—No, gracias. Prefiero terminar esto y largarme a dormir. Mañana será otro infierno.
Sebastián rió bajo.
—¿Siempre eres tan pesimista?
—Realista. A ti te gusta fingir que todo va bien. Yo prefiero saber a lo que me enfrento.
Sebastián la miró de nuevo. Esta vez, se notaba cansado pero sincero.
—¿Sabes qué? Me caes mejor cuando no estamos peleando.
Valentina arqueó una ceja.
—No te acostumbres.
Sebastián se acercó un poco, casi como si fuera a decirle un secreto.
—Tampoco te acostumbres a verme así de buena gente. Mañana seguro vuelvo a ser el idiota de siempre.
Valentina soltó una carcajada. El sonido rebotó en las paredes vacías de la oficina. Sebastián la miró, divertido, pero luego bajó la vista, nervioso.
—Oye, Valentina… ¿alguna vez pensaste que podríamos ser amigos? —preguntó, en voz muy baja.
Ella se quedó callada. Lo miró como si no supiera si reírse o enojarse.
—¿Tú y yo? No sé si eso es posible. Apenas y podemos estar juntos sin matarnos.
Sebastián se encogió de hombros.
—Quizá por eso funcionaría. Nadie sospecharía.
Valentina recogió sus papeles. Se levantó, lista para irse. Dudó un segundo en la puerta.
—Mañana seguimos —dijo sin mirarlo—. Y no me hagas preguntas raras a estas horas.
Sebastián se quedó solo. Miró la puerta cerrarse y sonrió, pensativo. ¿Amigos? ¿Eso era posible con Valentina?