Capítulo 9 · ~5 min
Una tregua real
Valentina llegó a la sala de juntas apretando los dientes. Llevaba la carpeta del caso Roldán bajo el brazo. Sebastián ya estaba ahí, sentado en la cabecera de la mesa, revisando notas en su portátil. Tenía esa sonrisa medio burlona que siempre la sacaba de quicio.
—¿Te demoraste por el tráfico o por indecisión? —preguntó Sebastián, sin levantar la vista.
—Me demoré porque alguien no dejó listas las actas —contestó Valentina, dejando la carpeta justo frente a él—. Aquí está lo que faltaba. Revísalo.
Sebastián tomó la carpeta. Pasó rápido las hojas y frunció el ceño al ver unas anotaciones en rojo.
—¿Esto es tuyo? —dijo, señalando una página.
—Sí. Detecté un error en la cláusula cinco. Si lo presentábamos así, el cliente iba a perder terreno en la negociación.
Sebastián cerró la carpeta. Por primera vez, no respondió con sarcasmo. Solo asintió.
—Bien visto. No lo había notado.
Valentina se sorprendió. Esperaba que él le llevara la contraria, como siempre. El silencio se volvió incómodo. Camila pasó por la puerta, miró de reojo y siguió de largo, como si intuyera que algo raro estaba pasando.
—¿Vamos a seguir con el show de pelear por todo o trabajamos? —preguntó Sebastián, bajando la voz.
Valentina se sentó. Ya no tenía ganas de discutir. Había dormido poco y el cliente esperaba resultados esa tarde.
—Hoy no tengo energía para pelear, Ortega. Mejor avancemos —dijo, sacando su laptop.
Sebastián se rió suave. Parecía aliviado.
—Al fin coincidimos en algo.
Empezaron a repasar la estrategia. Sebastián propuso dividir los argumentos para la reunión con Roldán. Valentina aceptó sin poner peros.
—Yo cubro la parte legal. Tú manejas la negociación con los proveedores. ¿Te parece? —sugirió ella.
—Hecho. Pero necesito que me expliques por qué armaste este cuadro de riesgos —dijo él, señalando la pantalla de Valentina.
Valentina giró su laptop. Le mostró las columnas y las notas.
—Así visualizo los posibles escenarios. Si Roldán acepta la propuesta dos, evitamos demandas futuras. Si no, toca buscar otra salida.
Sebastián la miró con sincero interés. No era común verlo tan atento.
—Eso me hubiera ahorrado horas de Excel. ¿Me lo pasas después?
—Sí, pero no lo uses para presumir delante de Mauricio —advirtió Valentina, medio en broma.
—Tranquila, Ríos. Hoy jugamos del mismo lado —respondió Sebastián, levantando las manos, como si se rindiera.
Trabajaron así por casi dos horas. El ambiente era otro. Había tensión, sí, pero era productiva. Cada uno aportaba sin buscar protagonismo. Cuando discutían, no era por ego, sino para pulir ideas. Hasta compartieron unas galletas que alguien había dejado en la mesa.
—¿Y si te equivocas con el plazo de entrega? —preguntó Sebastián, mientras mordía una galleta.
—No me equivoco. Ya confirmé con el juzgado. El plazo es ese. Si quieres, llama tú —retó Valentina, sonriendo por primera vez en la semana.
—Te creo… esta vez —cedió Sebastián, guiñándole el ojo.
El celular de Valentina vibró. Era un mensaje de Roldán: "Recibí el informe, está impecable. Gracias a ambos."
Ella lo leyó en voz alta. Los dos se quedaron callados unos segundos. Era la primera vez que recibían un elogio conjunto.
—Vaya, parece que la tregua funciona —comentó Sebastián, dejando la galleta a un lado.
Valentina asintió. Sintió un pequeño alivio. Por un momento, el peso de la competencia se hizo más liviano.
—No me acostumbro a esto —dijo ella, bajando la voz—. Trabajar contigo sin querer matarte.
Sebastián se acomodó en la silla. Se veía distinto, menos a la defensiva.
—Yo tampoco. Pero si seguimos así, tal vez sobrevivimos al caso —bromeó.
Valentina dudó. Quiso preguntar si él de verdad confiaba en ella. No se atrevió. Miró sus manos, notando que temblaban apenas.
—¿Vamos a celebrar? —preguntó Sebastián de pronto—. Nada grande, un café en la esquina. Lo pagas tú, por haber llegado tarde.
Valentina rodó los ojos pero aceptó. Guardó su laptop y lo siguió hasta el ascensor. La tensión entre ellos era diferente. No era hostilidad, tampoco confianza total. Era algo nuevo, incómodo y emocionante.
En el ascensor, Sebastián rompió el silencio.
—¿Crees que esto dure? Lo de la tregua.
Valentina lo miró de lado.
—Depende de que no vuelvas a adelantarte con los clientes —respondió, medio en serio, medio en broma.
—Prometo no sabotearte… por hoy —dijo Sebastián, sonriendo.
Al llegar a la cafetería, pidieron dos cafés y se sentaron junto a la ventana. Hablaron del caso, de la universidad, hasta de fútbol. Rieron un par de veces. Por un rato, olvidaron la competencia.
Cuando terminaron, Valentina recogió su bolso. Dudó antes de salir.
—Ortega, si esto cambia… si empezamos a confiar de verdad, ¿no será peor cuando uno de los dos gane la sociedad?
Sebastián tardó en responder. Bajó la mirada, serio por primera vez en la tarde.
—No sé. Pero prefiero perder contra alguien en quien confío que ganar sabiendo que te hice trampa.
Valentina lo miró sorprendida. Por primera vez, no supo qué decirle. Salieron juntos de la cafetería, cada uno pensando en lo que vendría después.
La tregua estaba hecha. Pero, ¿cuánto duraría?