Capítulo 2 · ~6 min
Cumpleaños en abril
El sombrero de paja quedó colgando de la mano del niño. Catalina vio cómo Simón bajaba la vista a la altura de Matías y se agachaba frente a él.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó.
—Seis. En abril cumplo siete. —Matías levantó la canasta—. ¿Quiere ver cuánto recogí?
—Matías, a la casa —dijo Catalina—. Ya.
—Pero, mamá, el señor me preguntó. Es de mala educación no contestar, eso dice la profe.
—Te dije que ya. Lávate esas rodillas y espérame en la cocina, que ya te sirvo el chocolate.
El niño se fue arrastrando los pies, con el coco azul contra el pecho. Simón no dejó de mirarlo hasta que entró por la puerta roja. Después se levantó y se volvió hacia ella.
—Catalina.
—Fuera de mi finca, Simón. Ya oíste mi respuesta y no la voy a cambiar. Si te vuelvo a ver aquí, llamo a la policía de Monteloro.
Él abrió la boca para contestar, pero no dijo nada. Subió a la camioneta gris y arrancó. Ella se quedó en la portada con las manos rojas de café hasta que el ruido del motor se perdió en la curva.
Después cerró el candado, aunque no servía de nada. Simón se lo había saltado mil veces.
En la cocina, Matías la esperaba sentado en el mesón, con las rodillas limpias y el sombrero en las piernas. Quiso saber quién era el señor de los zapatos limpios. Catalina le contestó que era un comprador de tierra, de esos que llegan cada año y nunca vuelven.
El niño le preguntó si iban a vender La Ceiba. Ella le dijo que no, mientras le servía el chocolate. Era la única respuesta de ese día que no le costaba nada.
***
El lunes a las diez, Simón estacionó frente a la Escuela Rural El Roble. Llevaba cinco cajas en el asiento de atrás. La noche anterior había llamado a la secretaria de su oficina en Bogotá para que las mandara en el primer avión.
La escuela tenía dos salones, un patio de cemento y un tanque de agua en la esquina. Una manguera negra bajaba al tanque desde la montaña, por el lado de La Ceiba.
La profesora salió a recibirlo secándose las manos en la falda. Era una mujer joven, con el pelo recogido y tiza en los dedos.
—Son cinco portátiles —le dijo Simón—. Ya tienen los programas instalados y cargadores de repuesto. Si necesitan más, me avisa.
—¿Y eso por qué, señor? Aquí nadie nos regala nada desde que cerraron la cooperativa.
—Porque yo estudié aquí. En ese salón, el de la ventana rota.
—Esa ventana la rompió un niño con un balón hace como veinte años. Nunca la arreglaron, porque la Junta dice que no hay plata.
—Fui yo. Le debo esa ventana a la vereda. Mañana mando a alguien que la arregle.
La profesora sonrió y lo dejó pasar. Simón entró al salón con la caja en los brazos y la puso sobre el escritorio. Doce niños lo miraban desde los pupitres, callados y curiosos.
Matías estaba en la segunda fila. Cuando lo reconoció, le dijo algo al oído a la niña de al lado y escondió la cara detrás del cuaderno. Simón le hizo un saludo con la mano, y el niño se lo devolvió sin dejar de esconderse.
En la pared, detrás del escritorio, había un cartel de cartulina verde. Decía «Cumpleaños del año» y tenía una lista escrita con marcador. Simón la leyó por encima, mientras la profesora sacaba los computadores de las cajas.
«Matías Peñaloza · 14 de abril».
Contó los meses con los dedos, sin darse cuenta. Abril. Nueve meses antes era julio. En julio de ese año, él todavía vivía en El Roble y veía a Catalina a escondidas en el secadero.
En agosto se había ido a Bogotá con su mamá. Las fechas cuadraban sin que sobrara un solo día.
Se acordó de la frase que le había dicho su mamá en el bus, con la maleta en las piernas. La niña no te quiere ver. Durante siete años había creído que Catalina se había cansado de él. Nunca había pensado en otra razón para ese silencio.
Por la ventana vio a Matías en el patio, corriendo detrás de un balón con los demás. Corría torcido, con el pie derecho hacia afuera, igual que él a esa edad. Simón tuvo que salir antes de que la profesora le viera la cara.
Se fue sin despedirse de nadie. Se sentó en la camioneta con las manos en el timón y no prendió el motor durante media hora.
***
A las siete de la noche, Catalina oyó la camioneta en la curva. Matías ya dormía. Ella salió al corredor con la ruana puesta y una linterna en la mano.
Simón no se saltó el candado. Se quedó del otro lado de la portada, con los brazos sobre el palo, esperándola.
—Fui a la escuela —dijo cuando ella llegó—. Vi el cartel de los cumpleaños. Le llevé cinco computadores a la profesora.
—Catorce de abril —siguió él—. Yo me fui de aquí el dieciséis de agosto. Saca la cuenta tú también, que siempre fuiste mejor que yo para el café y peor para los números.
—No tengo nada que contar. El papá de Matías es un turista de Medellín. Vino a la cosecha y se fue.
Catalina se apretó la punta de la trenza mientras lo decía. Lo notó demasiado tarde y soltó el pelo. Simón también lo había notado. La conocía desde que ella tenía once años.
—Tiene mis ojos, Catalina. Tiene la mancha.
—Medio Quindío tiene los ojos claros. Mi abuela los tenía verdes, por si no te acuerdas.
—Medio Quindío no tiene la mancha en el izquierdo. Solo mi mamá y yo. Y ahora él.
—Lo que tenga mi hijo no es asunto tuyo. Tú te fuiste sin decir adiós, y aquí aprendimos a vivir sin ti. Mañana no vengas.
Simón miró hacia la casa. En la ventana de la cocina quedaba una luz encendida. Después la miró a ella, y Catalina vio en su cara algo que no le había visto en la portada del domingo. No estaba haciendo ninguna cuenta.
—Hasta el día treinta vengo todos los días —dijo él—. A comprar la finca o a saber la verdad.