Capítulo 1 · ~5 min
La única que falta
—Ponle precio. Es la única finca que me falta.
Simón Castaño le tendió una carpeta azul por encima de la portada. Catalina no la recibió. Tenía las manos llenas de café maduro y el delantal mojado de rocío.
—La Ceiba no tiene precio —dijo ella—. Súbete a la camioneta y vete.
—No vine a pelear, Catalina. Vine a comprar.
Llevaba camisa blanca y un reloj de acero que le daba vueltas en la muñeca. Siete años sin verlo, y lo primero que hacía era hablar de plata. Detrás de él esperaba una camioneta gris con las llantas llenas de barro.
—Ya te contesté —dijo Catalina—. No vendo. Ni a ti ni a nadie.
—Todavía no oyes la cifra. Mil ochocientos millones. Es el doble de lo que vale.
—Entonces cómprate dos fincas en otra parte.
—En otra parte no me sirven. —Simón abrió la carpeta sobre el palo de la portada—. Aquí están las firmas de ocho vecinos tuyos. Don Heriberto también firmó.
Catalina miró las hojas sin tocarlas. Reconoció la letra redonda de don Heriberto, la de los Ospina y la de doña Fabiola. Ocho familias de la vereda El Roble, todas en papel de notaría.
La de don Heriberto fue la que más le dolió. Era el vecino de toda la vida, el que le decía «mija», y ahora su nombre estaba al lado de una cifra con muchos ceros.
Apretó un grano entre los dedos para no mirarlo a él. Estaba blando y dulce, en su punto. Si no lo recogían esa semana, se caería al suelo con el resto de la cosecha.
Abajo, entre los cafetos, sonaba el golpe de los granos contra un coco de plástico. Matías llevaba una hora recogiendo el café caído. Catalina quería que Simón se fuera antes de que el niño subiera.
—¿Para qué quieres mi finca? —preguntó.
—Para un hotel. Cuarenta cabañas en la loma de arriba, con vista a todo el valle. Las ocho promesas dicen lo mismo: si la empresa no compra una parte de La Ceiba antes del día treinta, se caen.
—Pues que se caigan. Nadie los obligó a firmar.
—Son ocho familias, Catalina. Doña Fabiola le debe al banco. Los Ospina tienen al hijo en Pereira y ya no pueden con la tierra solos.
—Y yo tengo a la escuela tomando agua de mi nacimiento. ¿También les vas a comprar la sed?
—Les pongo un tanque nuevo, lo que pidan. —Simón dejó la carpeta encima del palo—. Te dejo la promesa. Mañana vuelvo a las siete.
—Mañana te encuentras el candado puesto. Y a los perros sueltos.
—Me lo salto. Ya lo hacía a los quince años, ¿te acuerdas?
Catalina sintió calor en la cara y odió sentirlo. Ese era Simón, el que se fue con las manos vacías y ahora volvía arreglando todo con una chequera. La única vez que no arregló nada fue cuando se fue del pueblo sin una palabra.
Él le dio una vuelta al reloj mientras hacía alguna cuenta en la cabeza. Ella conocía ese gesto de memoria. Significaba que no pensaba irse con un no.
Agarró la carpeta, la dobló por la mitad y se la metió a él en el bolsillo de la camisa. Las hojas quedaron arrugadas contra la tela blanca. No le dijo que Wilson llevaba un año pidiéndole que vendieran. Tampoco le dijo que la mitad de La Ceiba era de su hermano.
El golpe de los granos se había detenido. En el pueblo todos creían la misma historia sobre el papá de Matías. Bastaba con que Simón mirara al niño de cerca.
Simón no se movió. Miraba por encima del hombro de ella, hacia el camino del cafetal. Catalina oyó los pasos pequeños sobre la hojarasca antes de verlo.
—¡Mamá! ¡Llené el coco hasta arriba!
Matías subía con la canasta azul abrazada contra la barriga. Llevaba puesto el sombrero de paja del abuelo, que le tapaba media cara. Tenía la rodilla derecha raspada y barro hasta los tobillos.
—Quédate allá abajo, mi amor —le gritó Catalina—. Ya bajo yo a ayudarte.
—Pero ya está lleno. Mira, no se me cayó ni uno.
El niño no hizo caso. Subió los últimos escalones de tierra y se paró junto a ella, orgulloso, con los granos rojos brillando al sol. Después miró al desconocido de la camisa blanca.
—Buenos días, señor —dijo Matías.
—Buenos días —contestó Simón—. ¿Tú recogiste todo eso solo? Eso pesa más que tú.
—Solo. Mi mamá dice que soy el mejor recolector de El Roble. Mi tío Wilson dice que exagera.
—El señor ya se iba, Matías. Despídete y ve a lavarte esas rodillas.
—¿Usted es de la ciudad? Tiene los zapatos muy limpios.
Simón se miró los zapatos y se rio. Catalina no se rio. Puso la mano en el hombro del niño para darle la vuelta y llevarlo a la casa.
Matías se zafó con un movimiento rápido. Se quitó el sombrero del abuelo, como le habían enseñado, para saludar bien a las visitas. El pelo negro se le quedó pegado a la frente por el sudor.
El sol de la mañana le dio de frente en la cara. Simón dejó de girar el reloj.
El niño tenía los ojos verde miel, con una mancha café en el izquierdo. La misma mancha que tenía Simón.
Sobre esta novela
Apta para todas las edades.
Por Equipo Historia Abierta
- Completada
- 20 capítulos
- Publicada el
- Actualizada el
Personajes principales
- Catalina Peñaloza · Protagonista
- Simón Castaño · Protagonista
- Matías Peñaloza · Secundario
- Nubia Castaño · Secundario
- Wilson Peñaloza · Secundario
- Heriberto Marulanda · Secundario
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Capítulos
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- 1 La única que falta
- 2 Cumpleaños en abril
- 3 Media finca
- 4 Manos para la cosecha
- 5 El señor del mirador
- 6 Carta sin respuesta
- 7 La caja de zapatos
- 8 Letra de papá
- 9 El Ojo de Agua
- 10 Firmado sin leer