Historia Abierta
Portada de Sus Ojos en Mi Hijo
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Capítulo 9 · ~5 min

El Ojo de Agua

—Mamá, en la portada hay una señora con gafas. Está llorando.

Matías lo dijo sin soltar el balde de los granos. Catalina estaba volteando el café en el secadero con el rastrillo de madera. A las cuatro del martes, el sol todavía pegaba fuerte sobre el techo plástico.

—¿Cuál señora? ¿Una de la vereda?

—No. La que vino el viernes con el señor del carro negro. La de la libreta.

—Quédate aquí y sigue volteando el café. No te asomes.

—Yo no me asomo. Pero llora muy duro, mamá.

Esa mañana, a las cinco, Simón había leído el libro de cuentas en el beneficiadero. Lo leyó de pie, en silencio, y después lo cerró con cuidado. Luego recogió once arrobas y, cuando Matías volvió de la escuela, le enseñó a sumar con granos. Catalina llevaba todo el día pensando que tal vez la gente sí cambiaba.

A mediodía, él había bajado a Monteloro a comprar el vidrio para la ventana de la escuela. Le había pedido permiso a ella, como si el vidrio fuera de La Ceiba. Catalina se había reído sola en el cafetal.

En la portada estaba la ingeniera del viernes. Tenía las gafas redondas de carey empañadas y el lápiz suelto en el moño. Apretaba contra el pecho una carpeta amarilla con las dos manos. Había dejado una moto pequeña recostada contra la cerca, con un casco rosado colgando del manubrio.

—Señora Peñaloza, perdóneme que venga así. Renuncié esta mañana. No sabía a quién más traerle esto.

—Pase a la cocina. Matías, ve a bañarte.

El niño protestó, pero obedeció. Catalina puso agua para el tinto, y Tatiana se sentó en el borde de la silla, sin soltar la carpeta. Le temblaban un poco las manos. Era más joven de lo que Catalina había creído el viernes. Tenía las uñas cortas y sucias de tierra, como alguien que trabaja en el campo.

—¿Por qué renunció? Ese señor le debía pagar bien.

—Me pagaba mejor que nadie en Pereira. Pero ayer me pidió mentir en un plano, y es mi primer trabajo grande. No quiero empezar mi vida así.

—Entonces empiece por el principio —dijo Catalina—. Y sin palabras raras, que yo no soy ingeniera.

—El viernes no fuimos a medir el agua para las cabañas. Don Octavio quería saber cuánto da el nacimiento en verano. Yo pensé que era para el acueducto del hotel.

—¿Y no era?

Tatiana abrió la carpeta sobre la mesa. Sacó unos planos doblados y un documento con el sello verde de la CRQ. Lo puso frente a Catalina y señaló un renglón con el dedo.

Catalina leyó despacio. «Solicitud de concesión de aguas superficiales. Fuente: nacimiento Ojo de Agua, vereda El Roble. Caudal: 12 litros por segundo. Uso: industrial, envasado». Abajo decía el nombre de la empresa: Aguas Cumbre S.A.S.

Catalina se acordó del viernes. Octavio parado en la entrada del camino al nacimiento, con su reloj de buceo, sin mirar ni una vez el sitio de las cabañas. Miraba la manguera de la escuela. Ella se lo había dicho a Wilson el sábado, y Wilson le había contestado que para eso sería.

El agua seguía hirviendo en la estufa. Catalina no se levantó a apagarla.

***

Tatiana desplegó el plano del hotel encima de la solicitud. Las cuarenta cabañas estaban dibujadas en la loma de arriba, en hileras. Junto al nacimiento había un edificio rectangular, más grande que cualquier cabaña. Tenía una vía propia, que bajaba hasta la carretera de Monteloro sin pasar por el hotel.

—Aquí dice «lavandería» —dijo Tatiana, y puso el lápiz sobre el rectángulo—. Ayer don Octavio me pidió que cambiara la palabra antes de la visita de la CRQ. Que pusiera «planta». Ahí entendí todo.

—Explíqueme qué es Aguas Cumbre.

—Una embotelladora de don Octavio, en Yumbo. El hotel es la excusa para comprar la tierra alrededor del nacimiento. Lo que él quiere es el agua para venderla en botellas.

—¿Cuánta agua da el Ojo de Agua en verano?

—Catorce litros por segundo, más o menos. Lo saqué de los aforos de la CRQ. Si le quitan doce, a la escuela no le llega ni una gota.

Catalina pensó en los doce niños con sus vasos de plástico, haciendo fila junto al tanque de la escuela. Pensó en la huerta de doña Fabiola y en sus propios cafetos. Se levantó al fin y apagó la estufa, donde el agua casi se había secado.

—¿Los vecinos saben esto? —preguntó, de espaldas.

—Nadie sabe. Ellos firmaron por un hotel con empleo para sus hijos.

—¿Y Simón?

Tatiana tardó en contestar. Pasó las hojas de la solicitud hasta el final, donde había un anexo con dos firmas. Le dio la vuelta a la carpeta para que Catalina pudiera leerlo.

Catalina se secó las manos en el pantalón antes de tocarlo. Era una autorización de una sola hoja, con el membrete de Mirador El Roble S.A.S. Decía que el socio autorizaba a Aguas Cumbre a usar el agua del predio que la empresa iba a comprar.

La fecha era de hace tres meses, en Bogotá. Catalina hizo la cuenta sin querer. Para entonces Simón ya andaba comprando las fincas alrededor del nacimiento, una por una.

Afuera, Matías cantaba debajo de la ducha. Catalina oía el agua caer sobre el piso del baño, la misma del Ojo de Agua. Decidió no llamar a nadie hasta leer cada hoja de esa carpeta.

Abajo de la hoja, en tinta negra, había una firma grande y segura. Debajo, en letra de molde, decía: Simón Castaño.

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