Historia Abierta
Portada de Sus Ojos en Mi Hijo
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Todas las edades

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Capítulo 10 · ~5 min

Firmado sin leer

Con la hoja en la mano, Catalina lo esperó en la portada. A las siete del martes ya estaba oscuro y bajaba un viento frío desde la loma del nacimiento. Había dejado a Matías viendo televisión en la sala, con el volumen alto.

La camioneta subió con el vidrio de la escuela amarrado en el platón. Simón se bajó sonriendo, con el recibo de la vidriería todavía en la mano. Venía a contarle que el vidrio le había costado más que los cinco portátiles juntos.

No alcanzó a decirlo. Ella le puso la autorización contra el pecho, y él tuvo que agarrarla para que no se cayera.

—Lee la última hoja. Despacio, como no leíste la primera vez.

Simón la acercó a las luces de la camioneta. Catalina vio cómo se le borraba la sonrisa, renglón por renglón. Al final se quedó mirando su propia firma.

—Tiene tu nombre, Simón. Y tu letra.

—Ya sé que es mi letra —dijo, con la mano en la muñeca—. Hace tres meses Octavio me mandó a Bogotá un paquete de cuarenta hojas, con banderitas amarillas donde tenía que firmar. Lo firmé en el aeropuerto.

—¿Sin leer?

—Sin leer. Llevo seis años firmando así, porque tengo abogados que leen por mí.

—Los vecinos firmaron por tu palabra. Mi hermano te iba a vender por tu palabra. Y tú ni siquiera leíste lo que firmabas.

—Dame hasta mañana. Te pruebo que no sabía.

Catalina lo miró a los ojos, esos ojos verde miel con la mancha. Pensó en echarlo, como había echado a los vecinos. Esa vez le había costado la cuadrilla y dos días de cosecha.

—Hasta el mediodía —dijo—. Si a las doce no me pruebas nada, no vuelves a pisar La Ceiba.

***

A las ocho de la mañana, Simón ya estaba sentado en la cocina, con el computador abierto sobre la mesa. No había ido al cafetal. Tenía la camisa del día anterior y los ojos rojos.

Catalina le sirvió tinto sin preguntarle si quería. Matías se había ido a la escuela a las siete, con el sombrero del abuelo y el cuaderno de sumas. Antes de irse, le había preguntado a Simón por qué no estaba recogiendo.

Simón le había dicho que tenía tarea, como él. Matías se puso feliz y le prestó un lápiz sin punta para que hiciera la tarea. Simón todavía lo tenía junto al computador, al lado de la taza.

Simón giró la pantalla hacia ella. Era un correo de hacía tres meses, con el nombre de Octavio arriba y un archivo adjunto. Catalina leyó la única línea del mensaje.

«Firma todo hoy, son los permisos de las cabañas».

Él abrió el archivo adjunto y fue pasando las páginas. Licencias, planos, certificados, una carta del alcalde. La autorización estaba en la hoja treinta y seis, entre un permiso de vertimientos y un recibo de impuestos.

—Eso prueba que te la mandó escondida —dijo Catalina—. No prueba que no la leyeras.

—Por eso le pedí a alguien que viniera.

Tatiana llegó a las diez, en la moto pequeña del casco rosado. Se sentó en la misma silla del día anterior. No miró a Simón al saludar.

—Señora, el día que llegó el paquete yo estaba en la oficina de Bogotá. Don Octavio me pidió que no le explicara nada al señor Castaño. Que él firmaba sin preguntar.

—¿Y por qué no se lo explicó usted?

—Porque yo tampoco sabía lo del agua. Lo supe el lunes, cuando me pidió cambiar la palabra del plano.

Catalina se quedó callada. Afuera, el gallo de los Ospina cantaba fuera de hora. Tatiana se despidió enseguida y Simón la acompañó hasta la portada.

Cuando volvió, él escribió una carta a la CRQ desde el computador. Retiraba su autorización como socio y pedía una copia de todo el expediente. La leyó en voz alta antes de mandarla, palabra por palabra. Después llamó a su abogado y habló veinte minutos en el corredor, caminando de una baranda a la otra.

Catalina lo oía desde la cocina. Él decía cifras, fechas, artículos de leyes. Decía «sí» muchas veces y «no puede ser» una sola.

Mientras tanto, ella pelaba plátanos para el almuerzo y miraba el reloj de la pared. Pensó que ese hombre había perdido una noche entera de sueño por probarle algo a ella. Su papá nunca le había probado nada a nadie.

***

Faltaba un cuarto para las doce cuando entró de nuevo a la cocina. Se sentó frente a ella sin quitarse el celular de la mano.

—Ya retiré mi firma. Pero la solicitud es de Aguas Cumbre, no mía. Sigue andando en la CRQ.

—¿Entonces tu carta no sirve de nada?

—Sirve para que nadie diga que yo estoy de su lado. Para pararlo, no alcanza.

—Tú tienes el cuarenta por ciento. ¿No puedes votar en contra?

—Octavio tiene el sesenta y decide solo. —Simón se pasó la mano por la cara—. Lo único que lo frena es la tierra. Sin un metro de La Ceiba, las promesas de los vecinos se caen el día treinta, y la CRQ no le da el agua.

—Entonces que nadie le venda.

—Exacto. Para pararlo, nadie le puede vender. Ni siquiera tu hermano.

Catalina miró el reloj de la pared. Eran las doce en punto, y él seguía en su cocina.

Se levantó, sacó el celular del bolsillo del delantal y marcó el número de Wilson. Sonó seis veces, y nadie contestó.

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