Historia Abierta
Portada de Sus Ojos en Mi Hijo
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Todas las edades

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Capítulo 8 · ~5 min

Letra de papá

A las ocho de la noche, la camioneta gris se detuvo frente a la portada sin pitar. Catalina la vio desde el corredor, con una taza de agua de panela entre las manos. Matías ya dormía.

Simón subió el camino a pie. Traía un sobre blanco en la mano, y ella reconoció su propia letra antes de que él dijera una palabra. Lapicero azul, letra redonda. La había escrito a los veintitrés años en la mesa de la cocina.

Él no se sentó. Le entregó el sobre y se quedó de pie junto a la baranda, con las manos en los bolsillos. Catalina sacó la hoja y la ecografía, y las miró bajo el bombillo amarillo del corredor.

—Estaba en una caja de zapatos, en el clóset de mi mamá —dijo él—. Cerrada. Nadie la abrió en siete años.

—¿Y tu mamá qué dijo?

—Que la guardó para que yo no volviera. Que la llamada de octubre fue ella, y que te mintió.

—Eso ya lo sabía. Te lo dije anoche.

—Hay algo más, Cata. Tu papá le pagó veinte millones para que nos fuéramos de La Ceiba. Por eso no hubo robo, ni despedida, ni nada.

Catalina dejó la taza en el suelo. Se le había enfriado sin que se diera cuenta.

—Mi papá no tenía veinte millones para regalar. Ese año ni siquiera pagó la cosecha completa.

—Mi mamá no tiene por qué mentir ahora. Ya perdió todo lo que podía perder.

—Tu mamá lleva siete años mintiendo, Simón. No me pidas que le crea en una noche.

Él asintió sin discutir. Bajó los dos escalones del corredor y se detuvo en el patio, de espaldas a ella. La luna alumbraba el techo plástico del secadero.

Catalina se quedó sola con la carta en las manos. La leyó una vez, y le dio vergüenza la muchacha que la había escrito. Tan segura de que él contestaría. Guardó la hoja y la ecografía en la lata vieja del azúcar, en el fondo de la alacena, donde Matías no buscaba.

Esa noche no durmió. Pensó en los papeles que había revisado el jueves: el sobre de la notaría, los extractos del banco, las escrituras. No había visto el libro de cuentas de tapa verde. Su papá anotaba ahí hasta el precio de un bulto de abono.

***

A las siete del lunes, Catalina abrió el beneficiadero con la llave grande. Olía a pulpa de café y a humedad. El escritorio de su papá seguía contra la pared, con el mismo vidrio rajado encima y la foto de su mamá debajo.

El libro estaba en el cajón de abajo. Era grueso, de tapa verde, con las esquinas peladas de tanto abrirlo. Catalina lo puso sobre el escritorio y buscó el año con el dedo.

Su papá escribía con letra pequeña y apretada, siempre con lápiz. Jornales, abono, transporte a la cooperativa. Agosto ocupaba dos hojas. El diez no tenía nada. El doce, una compra de costales.

En la línea del catorce, la letra cambiaba. Era más grande y más torcida, como escrita de afán.

«14 de agosto. N. Castaño. $20.000.000. Para que se vaya».

Catalina leyó la línea muchas veces. Después cerró el libro con las dos manos, como si fuera a escaparse algo. Se sentó en la silla de su papá y se quedó quieta mientras afuera cantaba un gallo.

El diez de agosto ella le había contado lo del embarazo, en esa misma silla. Él no gritó. Le preguntó quién era el papá, y ella le dijo la verdad. Seis días después, Nubia y su hijo ya no estaban.

Podía guardar el libro en el cajón y no decir nada. Simón no tenía cómo saberlo. Catalina pensó en el sobre cerrado en la caja de zapatos, y en lo que costaba callar siete años.

Sacó el celular y marcó el número que nunca había guardado.

—Tenías razón —dijo, antes de que él saludara—. Está escrito en el libro de mi papá. Con su letra.

Simón tardó en contestar. Ella oyó una puerta, y después el ruido de la plaza de Monteloro.

—¿Qué dice exactamente? Léemelo, por favor.

—Dice «para que se vaya». Nada más. Mi papá anotaba los bultos de abono con más palabras que eso.

—Cata, no tenías que llamarme. Yo no lo iba a saber nunca.

—Por eso te llamé. No quiero ser como ellos, Simón. Mañana te enseño el libro y lo lees tú mismo.

—Allá estoy a las cinco, como siempre.

***

El Hostal La Plaza tenía un patio con helechos y una mesa de billar sin bolas. A las nueve de la noche, Octavio Sarmiento lo esperaba ahí, con un whisky sobre la baranda y la guayabera azul clara recién planchada.

Simón había pasado el día pensando en una sola cifra. Treinta días menos nueve. Veintiún días para que su hijo supiera cómo se llamaba él, y ninguno para comprarle la finca a la mamá.

—Voy a dejar de presionar a Catalina —dijo, sin sentarse—. Ni ofertas, ni plazos, ni visitas de abogados. Hasta el día treinta, la venta queda quieta.

—¿Y los ocho vecinos? Ellos firmaron por tu palabra, socio.

—Si hay que buscar otro terreno para las cabañas, lo buscamos. Yo pongo la plata del estudio.

Octavio giró el vaso sobre la mesa. Miraba a Simón con la sonrisa fija, la misma que usaba con los alcaldes y con los meseros.

—Explícame una cosa. Hace una semana esa finca era lo único que te faltaba. ¿Qué cambió?

Simón se quedó mirando el reloj de acero. Pensó que a un socio había que decirle la verdad, aunque doliera.

—Es la mamá de mi hijo. El niño de la portada es mío.

Octavio no dejó de sonreír. Se terminó el whisky de un trago, y dejó el vaso vacío sobre la baranda.

—Con todo respeto, Simón, lo siento mucho por ti —dijo—. Pero ya no te necesito para La Ceiba.

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