Historia Abierta
Portada de Sus Ojos en Mi Hijo
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Todas las edades

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Capítulo 7 · ~5 min

La caja de zapatos

Armenia todavía dormía cuando Simón tocó el timbre. Eran las siete del domingo. Había salido de Monteloro a las seis, sin desayunar, y había manejado la hora entera con la radio apagada.

En la carretera había hecho la misma cuenta veinte veces. Septiembre de ese año. La casa de su tía en el barrio Kennedy, el buzón de lata en la puerta, su mamá recogiendo el correo cada tarde. Él llegaba a medianoche del parqueadero y no miraba nada.

Si la carta existía, había pasado por las manos de ella. No había otra posibilidad, y él no quería que la hubiera.

La casa era la que él le había comprado a su mamá hacía cuatro años. Tenía rejas blancas, un antejardín con anturios y una virgen de yeso junto a la puerta. Nubia abrió en bata, con el crucifijo de oro colgando sobre el pecho.

—¿Qué pasó, mijo? ¿Por qué no me avisaste que venías?

—Porque no me habrías abierto.

Ella dio un paso atrás. Simón entró sin que lo invitara, y se quedó de pie en la sala, junto al sofá con forro de plástico. En la pared seguía la foto de su grado del colegio.

—Estoy en El Roble, mamá. Desde hace una semana.

—Ya lo sé. Me lo contó doña Fabiola por teléfono. Te dije que no volvieras a ese pueblo.

—Vi a Catalina. Tiene un hijo de seis años. Se llama Matías.

Nubia se agarró del crucifijo. No preguntó nada, y eso fue lo que más le dolió a Simón. Una madre que no sabe hace preguntas.

—Catalina me dijo que me escribió una carta. A la casa de mi tía, en Bogotá, en septiembre de ese año. Me dijo que tú le contestaste por teléfono.

—Esa muchacha dice muchas cosas.

—Mamá. Dime dónde está la carta.

Ella miró hacia el pasillo y después al suelo. Se sentó en el sofá con cuidado, y el plástico crujió bajo su peso. Simón esperó con las llaves de la camioneta todavía en la mano.

Pasó un minuto largo. Afuera, un vendedor pregonaba aguacates por la calle vacía. Nubia se levantó sin decir una palabra y se fue al cuarto.

Volvió con una caja de zapatos vieja, de cartón café, amarrada con una cinta. Adentro había recibos, una estampita de la Virgen del Carmen y un sobre blanco. El sobre tenía su nombre escrito con lapicero azul, en la letra redonda de Catalina.

Estaba cerrado. Siete años, y nadie lo había abierto.

Simón rompió el borde con el dedo. Adentro había una hoja doblada en cuatro y un papel brillante, negro y gris. Desdobló la hoja primero.

«Simón: vamos a tener un hijo. No sé por qué te fuiste sin decirme nada, pero tenías que saberlo. Si lo quieres conocer, aquí estamos. Catalina».

El papel brillante era una ecografía. Abajo, en una esquina, decía «seis semanas» con letra de máquina. En el centro había una mancha pequeña, del tamaño de un grano de café.

Simón se sentó en el brazo del sofá. Leyó la carta dos veces y después una tercera, aunque eran cuatro líneas. Su mamá lloraba sin ruido, con las manos en la cara.

Pensó en Catalina a los veintitrés años, sentada en la cocina de La Ceiba con un lapicero azul. Pensó en ella esperando una respuesta que nunca llegó. Después pensó en Matías, escondido detrás de un cuaderno en la escuela, y tuvo que doblar la hoja.

***

Le preparó un tinto porque no sabía qué más hacer con las manos. Nubia se lo tomó a sorbos cortos, sentada en la cocina, con la caja sobre la mesa. Ya no lloraba. Tenía la cara seca y vieja.

—¿Por qué no la abrió? —preguntó él.

—Porque sabía lo que decía. Y si la abría, te la tenía que dar.

—¿Y la llamada de octubre? ¿Eso también lo sabía?

—Ella me contó lo del embarazo, y yo le dije que tú habías leído la carta. Que no querías saber nada. —Nubia levantó la cara—. No te iba a dejar volver a ese cafetal por una muchacha que nunca te iba a mirar de igual a igual.

—Esa muchacha estaba esperando un hijo mío, mamá. Y tú me viste llorar por ella un año entero.

—Te vi llorar y te vi estudiar. Lloraste un año y estudiaste cinco, y mira dónde estás.

—Estoy en un pueblo donde mi hijo no sabe cómo me llamo.

—Yo no lo sabía cuando nos fuimos. Te lo juro por esta cruz.

Simón se acordó del sobre de manila que ella le dio un año después, en Bogotá. Veinte millones en billetes de cincuenta mil, amarrados con caucho. «Los ahorros de toda mi vida», le había dicho, «para que no termines cuidando carros ajenos».

Con esa plata había arrendado una casa vieja en La Candelaria y había montado ocho camas. Todo lo que tenía había salido de ese sobre. Seis hoteles, dos ciudades y una camioneta gris. Nunca se había preguntado cómo una cocinera de finca ahorraba tanto.

—Entonces, ¿por qué nos fuimos? Tú me dijiste que don Aurelio te acusó de robar. Que te echó de La Ceiba delante de todos los trabajadores.

Nubia no contestó. Le dio vueltas a la taza entre las manos, y a Simón el gesto le pareció conocido. Lo hacía él con el reloj cuando tenía miedo de una cifra.

—Esa historia la conté tantas veces que ya me la creía.

—Contéstame, mamá. Ya no hay nada peor que me puedas decir, después de esta caja.

Ella dejó la taza en la mesa. Miró la caja de zapatos, y después lo miró a él, con los mismos ojos verde miel que tenía Matías.

—Don Aurelio me pagó veinte millones para que nos fuéramos —dijo—. Con esa plata montaste tu primer hostal.

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