Capítulo 6 · ~5 min
Carta sin respuesta
La moto de Wilson entró al patio a las once del sábado. Era el plazo que él le había dado, y había llegado puntual. Catalina lo esperaba sentada en el muro del secadero, con dos tazas de tinto.
Había pasado la noche pensando qué decirle. A su hermano nunca le había pedido nada, ni cuando murió su mamá ni cuando murió su papá. Ella resolvía, y él se iba a Armenia.
Esta vez no tenía nada resuelto. Tenía catorce hectáreas, un crédito que vencía en diciembre y un hombre de Cali que quería subir al nacimiento.
—Vine por la respuesta —dijo Wilson, sin quitarse el casco—. Y tú nunca me haces tinto, Cata. ¿Qué pasó?
—El socio de Simón vino ayer con una ingeniera. Querían medir el agua del Ojo de Agua para las cabañas.
—Pues para eso será. Cuarenta cabañas necesitan agua, y aquí la única que sobra es la tuya.
—Pero ese señor no miraba las cabañas. Miraba la manguera de la escuela. Algo me están escondiendo, Wilson, y todavía no sé qué es.
Wilson se quitó el casco y lo dejó en el muro. Se sentó a su lado y se tomó el tinto de un solo trago, como hacía su papá. Después se quedó mirando la loma de arriba, donde ya se veían las estacas del hotel.
—¿Y qué quieres? —preguntó—. ¿Que espere otro mes?
—Hasta el día treinta. Si para entonces no hay otra salida, vendo contigo. Te lo prometo.
Él la miró largo, buscándole la trampa. Catalina no se apretó la trenza. Esta vez lo decía en serio, aunque le costara cada palabra. Wilson se pasó el trapo rojo por las manos limpias, por costumbre.
—Hasta el treinta —dijo Wilson—. Ni un día más.
Se fue sin almorzar. Catalina se quedó en el muro con las dos tazas vacías. Había pedido ayuda una vez en su vida, y había tenido que prometer lo que más miedo le daba.
Por la tarde bajó a los cafetos de abajo, donde Simón recogía desde las siete. Matías andaba con él, enseñándole otra vez cuál grano servía y cuál no. El niño ya le decía «profesor» en broma, y Simón se dejaba corregir.
Catalina recogió en la hilera de al lado, sin acercarse. Oía la voz de su hijo entre las ramas, contenta, más alta que de costumbre. Hacía mucho que no lo oía así.
A las cuatro, Matías se cansó y se quedó dormido sobre un costal, con el sombrero del abuelo tapándole la cara. Simón se quitó la chaqueta y se la puso encima. Después siguió recogiendo, sin decir una palabra.
Catalina vio el gesto desde su hilera. Se le cayó un puñado de granos al suelo y no lo recogió.
Esa noche, mientras bañaba a Matías, pensó en la carta. La había escrito tres veces antes de mandarla, en la mesa de la cocina, con un lapicero azul. Nunca había vuelto a escribirle a nadie.
***
A las ocho de la noche, Simón subió al secadero a tapar el café con ella. Habían recogido nueve arrobas ese día. Matías dormía desde las siete, abrazado al sombrero del abuelo.
Ella amarró una esquina del plástico y él la otra, sin hablar. Después se sentaron en el muro, a dos metros, como el miércoles. El cielo estaba limpio y hacía frío. Simón tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, que todavía olía a café y a niño.
—Le prometí a Wilson que vendo con él si no encuentro otra salida —dijo ella.
—Entonces búscala conmigo. Yo hablo con Octavio y averiguo lo del agua.
—Tú hablas con todo el mundo, Simón. Siempre tienes una cifra para todo.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Que hace siete años no tuviste ni una palabra para mí.
Lo dijo y no pudo devolverlo. Siete años guardando esa frase, y se le había salido en el secadero, entre dos esquinas de plástico. Abajo, en el corral, el perro de los Ospina ladró dos veces y se calló.
Simón no contestó enseguida. Se levantó del muro y se quedó quieto, con la mano en la muñeca, mirando el cafetal oscuro allá abajo. Catalina conocía ese gesto, pero esta vez no estaba haciendo cuentas.
—Tú no me quisiste ver —dijo—. Mi mamá me lo dijo en el bus. «La niña no te quiere ver».
—Te escribí que íbamos a tener un hijo. —Catalina también se levantó—. Te mandé la carta a Bogotá, con la ecografía adentro. Nunca contestaste.
—Nunca me llegó nada. Te lo juro por Matías.
—Tu mamá me dijo por teléfono que la habías leído. Que no querías saber nada de él. Fue en octubre, Simón; yo tenía tres meses de embarazo.
Él se quedó blanco bajo la luz del bombillo. Respiraba con la boca abierta y se agarró del poste del secadero. Nunca lo había visto así, ni siquiera la noche que se cayó del techo del beneficiadero.
—Las cartas llegaban a la casa de mi tía —dijo él—. Mi mamá recibía todo. Yo trabajaba de seis a diez en un parqueadero.
—Entonces alguien nos mintió a los dos, Simón. Y en esa casa solo estaba ella.
Catalina lo había odiado siete años, cada vez que Matías preguntaba por su papá. Ahora no encontraba a quién odiar. Simón sacó las llaves de la camioneta del bolsillo, y le temblaban los dedos.
—Si mi mamá tiene esa carta, mañana la traigo.