Historia Abierta
Portada de Sus Ojos en Mi Hijo
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Todas las edades

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Capítulo 5 · ~5 min

El señor del mirador

—A mí en la escuela me dicen el sin papá.

Matías lo dijo sin levantar la cabeza, con las manos metidas en un cafeto. A las dos de la tarde del jueves, el cafetal de arriba olía a tierra caliente. Simón se quedó con un grano a medio arrancar.

—¿Quién te dice eso? —preguntó.

—Los grandes. El Ospina y el hijo de la señora del granero. Dicen que mi papá era un turista y que se fue corriendo cuando me vio.

—Tú no tenías ni un día de nacido. No te pudo ver nadie.

—Eso mismo les dije yo. —Matías arrancó un grano verde y lo tiró al suelo, con rabia—. Pero ellos se ríen igual.

A Simón le decían lo mismo a esa edad, en ese mismo patio de cemento. Quiso decírselo al niño, y mucho más que eso. Pero Catalina recogía de espaldas en la hilera de abajo, y la segunda regla era clara.

—El que te dice eso no sabe nada de ti —dijo al fin—. Tú eres el mejor recolector de El Roble. Eso lo sabe todo el mundo.

—Mi tío Wilson dice que mi mamá exagera.

—Tu tío Wilson recoge peor que yo. Y yo recojo muy mal.

Matías se rio. Simón no. Siguió arrancando granos con las manos llenas de ampollas, y se le cayeron más al suelo que al coco.

Todavía recordaba el día en que dejó de ir a la escuela por una semana entera. Su mamá lo encontró escondido en el beneficiadero de La Ceiba, detrás de los costales. Nunca le preguntó por qué.

A las cinco bajaron al beneficiadero con once arrobas. Matías se fue adelante, cantando una canción de la escuela que no se sabía completa. Simón se quedó atrás, cargando los dos cocos, el suyo y el del niño.

En la curva del camino se cruzó con don Heriberto, que volvía de la obra a caballo. El viejo lo saludó con el sombrero y no le dijo nada de la cuadrilla. Simón entendió que en El Roble ya todos sabían dónde estaba él cada mañana.

***

Esa noche, Catalina salió al corredor con dos tazas de tinto. Le dio una a Simón sin preguntarle si quería. Tenía el pelo mojado y la trenza todavía sin hacer. Se sentó en la otra punta de la banca, lejos de él.

—Revisé los papeles de la sucesión —dijo—. El sobre de la notaría, las carpetas del banco, las escrituras. No hay una sola línea sobre tu mamá.

—¿Revisaste todo?

—Todo lo de la notaría. Mi papá no anotaba chismes, Simón. Anotaba plata.

—Matías me contó lo que le dicen en la escuela. Lo del sin papá.

Catalina dejó la taza en la baranda. Durante un rato largo miró el patio oscuro, donde la perra dormía enroscada junto a la puerta.

—Ya sé lo que le dicen. Yo lo recojo llorando todos los meses.

—Déjame decirle quién soy. Una frase, y se acaba eso.

—Todavía no. Mi hijo no es un negocio que se cierra en treinta días.

***

El viernes amaneció nublado. Catalina y Simón recogieron desde las seis en los cafetos de abajo, cada uno en su hilera, sin hablar de nada. Matías estaba en la escuela.

A las diez, Catalina oyó un carro que no era la camioneta gris. Subió al patio limpiándose las manos en el delantal. Era una camioneta negra, alta, con placas de Cali. Se bajaron un hombre de guayabera azul clara y una muchacha con gafas redondas y un lápiz clavado en el moño.

El hombre se le acercó con la mano estirada. Sonreía sin mover nada más de la cara. Tenía un reloj de buceo grande en la muñeca. La muchacha se quedó atrás con un estuche metálico y un GPS.

Catalina no le dio la mano. Tenía barro hasta los codos, y además no quiso. Detrás de ella, la perra se levantó de la puerta y gruñó bajito, sin acercarse.

—Octavio Sarmiento, socio de Simón —dijo él—. Con todo respeto, señora Peñaloza, Tatiana necesita medir el agua de su nacimiento para las cabañas. Son diez minutos y no tocamos nada.

—Ese nacimiento es de la escuela. Nadie sube a medirlo.

Octavio miró la loma de arriba como quien mira algo que ya es suyo. Después miró el reloj de buceo. Tatiana apuntó algo en una libreta, sin levantar la vista.

—¿Qué pasa, Octavio? No me dijiste que venías. —Simón llegó corriendo desde los cafetos de abajo, con el coco amarrado a la cintura, y le estiró la mano sucia.

—Socio, explícale tú —dijo Octavio, apretándole la mano sin mirarla—. Es para el diseño del acueducto. Si le hacemos un tanque nuevo a la escuela, tenemos que saber cuánta agua sale.

—Es verdad, Catalina —dijo Simón—. Yo mismo firmé los permisos de las cabañas. Ahí dice que le damos un tanque a la vereda.

Catalina miró a la muchacha. Tatiana tenía los ojos fijos en la manguera negra que bajaba hacia la escuela, y la boca apretada. La sonrisa del hombre de Cali era demasiado amable para alguien que iba a medir un hilo de agua.

—El que quiera subir, que pase por encima de mí —dijo, y se paró en la entrada del camino.

Simón la miró a ella y después a su socio. No dijo nada. Octavio sí habló, con la misma voz tranquila, como quien pide un tinto en una cafetería.

—Señora, usted no ha entendido. Faltan veinticuatro días. Si no firma, retiro la plata, y los ocho vecinos se quedan sin nada.

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