Historia Abierta
Portada de Sus Ojos en Mi Hijo
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Todas las edades

21

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Capítulo 4 · ~5 min

Manos para la cosecha

A las cinco de la mañana todavía no se veía la portada. Catalina salió con la linterna y la canasta amarrada a la cintura. Había dormido tres horas, y el café caído del martes seguía en el suelo.

La camioneta gris estaba parqueada junto al palo de la portada, con las luces apagadas. Simón esperaba recostado contra la puerta. Llevaba botas de caucho nuevas, un pantalón viejo y un coco plástico en la mano.

—Si vienes a hablar de la venta, te devuelves —dijo ella—. Hoy no tengo tiempo para tus cifras.

—Vengo a recoger. Don Heriberto me contó lo de la cuadrilla.

—No tengo con qué pagarte. Ni a ti ni a nadie, hasta que venda la cosecha.

—No te estoy cobrando. —Él levantó el coco—. A los doce años recogía tres arrobas diarias en esta misma loma. Algo me tiene que quedar.

Catalina miró el cafetal oscuro detrás de ella. Catorce hectáreas, y cada día se caían más granos. Odiaba necesitarlo, y lo necesitaba.

—Dos reglas —le dijo—. La primera: de la venta no se habla mientras estés aquí.

—Hecho. ¿Y la segunda?

—A Matías no le hablas del pasado. Ni de ti, ni de mí, ni de nada. Si rompes una sola, te vas.

Simón tardó en contestar. Se tocó el reloj con dos dedos, y ella supo que estaba calculando cuánto le costaba aceptar. Después se lo quitó y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—Hecho —dijo.

***

A las siete llegó Matías corriendo por el camino, con el sombrero del abuelo y el coco azul. Ese miércoles no había clase, porque la profesora tenía reunión en Monteloro. Cuando vio a Simón entre los cafetos, se quedó quieto. Después se acercó paso a paso, mirándole las botas.

Simón cumplió la regla. Le preguntó por el colegio, por el balón y por la perra que ladraba en el patio. No le preguntó nada más.

Catalina lo vigiló desde la otra hilera durante toda la mañana. Recogía sin mirar, con los dedos, y escuchaba cada palabra. Él trabajaba lento pero no se quejaba. A las diez ya tenía los brazos rayados por las ramas y no se había bajado las mangas.

Al mediodía, Matías ya le estaba enseñando a recoger. Le mostraba cuáles granos estaban listos y cuáles todavía no. Simón se equivocaba a propósito, para que el niño lo corrigiera.

—Ese no, señor. Está verde. ¿No ve que está duro?

—Tienes razón. Se me olvidó. ¿Y este de aquí, profesor?

—Ese sí. —Matías se lo quitó de la mano y lo echó en su coco—. ¿Usted dónde aprendió a recoger, señor? Lo hace muy mal.

—En una finca parecida a esta. Pero hace mucho tiempo, y no era buen alumno.

—Mi mamá sabe cuál está bueno sin mirarlo. Lo toca y ya. Dice que el café le habla.

—Ya lo sé. Ella siempre supo eso.

Catalina levantó la cabeza. Simón se dio cuenta de lo que había dicho y se quedó callado, con un grano rojo entre los dedos. Matías no notó nada. Siguió recogiendo, contento de tener un alumno.

Ella no lo echó. Lo pensó durante toda la tarde, con la espalda doblada sobre las ramas, y no lo echó. Esa frase era lo más cerca que él había estado de romper la regla, y la había cortado solo.

Al atardecer tenían doce arrobas de café en el beneficiadero. Era más de lo que Catalina había recogido en dos días sola.

Le pagó a Simón con un plato de frijoles y arepa, y él se lo comió en el corredor sin quejarse del picante. Matías se sentó a su lado con su propio plato. Comieron los dos al mismo ritmo, en silencio, con la cuchara en la mano izquierda.

Catalina los miró desde la cocina y tuvo que darse la vuelta. Lavó la misma olla dos veces.

***

Por la noche fueron al secadero a tapar el café con el plástico. Matías ya dormía. Arriba, sobre la loma, se veían las luces de la obra de la vía del hotel. Allá estaban trabajando los sobrinos de don Heriberto, a ochenta mil el jornal.

Catalina amarró la última esquina del plástico y se sentó en el muro. Le dolían los brazos hasta los codos. Simón se sentó a dos metros de ella, ni más cerca ni más lejos.

En ese mismo muro se habían escondido muchas noches, hacía ya demasiados años. Ella prefirió mirar el plástico. Las gotas del sereno empezaban a juntarse encima.

—Te debo un día de trabajo —dijo ella—. Y una pregunta. ¿Por qué esta finca, si hay cien lomas más bonitas en el Quindío?

—No me debes nada. Y de la venta no hablamos, esa fue tu regla.

—La regla era para el cafetal. Esto es el secadero.

Simón bajó la cara, divertido. Después se puso serio. Se miró las manos, que tenían ampollas nuevas en las palmas.

—Tu papá echó a mi mamá de aquí acusándola de ladrona —dijo—. Doce años en esa cocina, y la sacó con una maleta. Quería comprar La Ceiba para que ella volviera a entrar por esa puerta como dueña.

—Eso es mentira. Tu mamá renunció. Mi papá me lo dijo esa semana.

—Mi mamá me lo contó llorando en el bus a Bogotá. Nunca la había visto llorar así. No me lo va a inventar.

Catalina se levantó del muro. Su papá era un hombre seco, pero nunca había acusado a nadie de nada. Sus papeles seguían en el beneficiadero, en el cajón que ella no abría desde el entierro.

—Te voy a probar que eso es mentira —dijo, sin mirarlo—. Con los papeles de mi papá en la mano.

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