Historia Abierta
Portada de Sus Ojos en Mi Hijo
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Capítulo 3 · ~5 min

Media finca

—Mija, nadie vino a pelear con usted. Vinimos a hablar.

Don Heriberto se quitó el sombrero aguadeño y lo apretó contra el carriel. Detrás de él esperaban doña Fabiola, los dos Ospina y otros tres vecinos. Catalina dejó el balde en el cemento del patio, donde el sol de las nueve ya calentaba.

—Pues hablen —dijo—. Tengo café maduro esperando.

—Usted sabe a qué venimos —dijo doña Fabiola—. El señor Castaño nos dijo que usted no quiere ni leer la promesa.

—No la quiero leer porque no vendo. Eso no tiene más vueltas.

—Pero nosotros sí, mija —dijo don Heriberto—. Yo tengo sesenta y siete años y la espalda no me da. Esa plata es lo único que les puedo dejar a mis nietos.

—Nadie le quita su plata, don Heriberto. Que el hotel compre otra loma. Ahora sí, se me van del patio todos, que el café no espera.

Nadie se movió. Catalina pudo haberles hablado del nacimiento y de la manguera negra que bajaba a la escuela. No les dijo nada, y don Heriberto se puso el sombrero.

—Los muchachos no vienen mañana, mija. En la obra de la vía del hotel pagan ochenta mil el jornal. Yo les dije que esperaran por usted, pero ya no.

Los seis recolectores eran sobrinos suyos. Los vecinos salieron detrás de él, uno por uno, sin despedirse. Doña Fabiola fue la última y cerró la portada con cuidado, para que no se salieran las gallinas.

Catalina se quedó sola en el patio con el balde a los pies. Un hotel de cuarenta cabañas se tomaba el agua de toda la vereda, y ella lo sabía. Tampoco se lo había explicado a nadie. Nunca le explicaba nada a nadie, y no iba a empezar a los treinta años.

Se limpió las manos en el delantal y calculó lo que faltaba por recoger. Eran catorce hectáreas de café maduro y una sola mujer. Por primera vez en la semana, le dio miedo el cafetal.

***

A las once llegó Wilson en la moto, con el casco colgado del brazo. Venía de Armenia y traía grasa en las uñas y el trapo rojo en el bolsillo de atrás. No entró a la casa. Se sentó en el muro del secadero y la miró recoger.

Catalina siguió entre los cafetos de abajo, con la canasta amarrada a la cintura. Los granos maduros ya se caían al tocar la rama. Cada uno que llegaba al suelo era plata perdida, y ella los oía caer.

Wilson la miró un rato largo sin hablar. Desde que murió su papá, venía a la finca dos domingos al mes y se iba antes de la comida.

—Me llamó don Heriberto —dijo Wilson—. Dice que les echaste a los vecinos del patio.

—No les eché nada. Les dije que no vendía.

—Y se llevó a la cuadrilla. Sin ellos se te cae la mitad de la cosecha, Cata. Lo sabes mejor que yo.

—La recojo yo sola.

Wilson resopló sin ganas. Miró la loma, los cafetos doblados de tanto grano y la canasta de ella, apenas por la mitad. Después sacó el celular y le mostró una foto: un local con la reja abajo, en una esquina de Armenia.

—Tú sola no recoges ni una hectárea en una semana. —Wilson guardó el celular y se pasó el trapo rojo por las manos—. Mil ochocientos millones, Cata. La mitad es mía.

Ella dejó de recoger. Su hermano tenía veintiséis años y llevaba un año repitiendo lo mismo. Quería un taller propio en Armenia, lejos del barro y de las deudas de la finca.

Lo que más le dolía era que tenía razón en lo de la cosecha. El café no iba a esperar a que ella cambiara de opinión. Tampoco los bancos, ni la cuota del crédito que vencía en diciembre.

***

Catalina oyó la camioneta gris antes de verla, a las doce en punto. Por un instante pensó en esconderse entre los cafetos y no salir. Después se acordó de que estaba en su propia finca.

El carro se detuvo junto a la portada. Simón se bajó con la carpeta azul bajo el brazo y la camisa remangada. Wilson se levantó del muro y fue a abrazarlo.

—¡Simón Castaño! —dijo—. El que me enseñó a montar en bicicleta.

—Y tú te caíste en la quebrada a la primera vuelta —dijo Simón—. Ya me contó don Heriberto que eres el dueño de la otra mitad.

Catalina subió desde los cafetos con la canasta a medio llenar. Le ardían los hombros y tenía las manos pegajosas de miel de café. No alcanzó a llegar al patio antes de oír la cifra.

—Te ofrezco cien millones más por tu parte, Wilson —dijo Simón—. Mil millones por tu mitad. Firmo el día que firme tu hermana.

—¿El día que firme ella? —Wilson se rio—. Entonces me muero esperando.

—Ese es el trato —dijo Simón, sin dejar de mirarlo—. Habla con ella. Tú la conoces mejor que nadie.

—Lárgate de mi finca —dijo Catalina—. Ya. Y no vuelvas a comprarme a mi hermano delante de mí.

Simón vio la canasta temblando en la mano de ella. Guardó la carpeta y se fue sin una palabra. Wilson esperó a que la camioneta se perdiera en la curva. Ya no se reía. Se puso el casco y se lo abrochó despacio, con los dedos negros de grasa.

—Te doy hasta el sábado —le dijo—. Si no, vendo mi mitad a quien me la pague.

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