Capítulo 2 · ~6 min
La caja del bolso
—Esa caja no es mía —dijo Natalia.
El policía no le contestó. Metió la caja en una bolsa plástica transparente, la cerró y escribió algo encima con un marcador negro. Tenía las manos tranquilas de alguien que hacía eso todas las semanas.
—Señorita Serrano, nos va a tener que acompañar a la estación.
—¿Estoy detenida?
—Por ahora solo la vamos a entrevistar.
Joaquín miraba la bolsa plástica. No dijo nada, no la señaló otra vez. Solo sacó una libreta pequeña del bolsillo del saco y anotó algo. Natalia vio el movimiento del lápiz y le dieron ganas de arrancarle la libreta de las manos.
Viviana la abrazó tan fuerte que los lentes rojos se le torcieron.
—Yo te llevo ropa —le dijo al oído—. No firmes nada sin abogado.
Natalia salió de la clínica con el vestido de novia y un policía a cada lado. Afuera ya era de noche.
***
La sala de la estación de Rionegro tenía una mesa de metal, tres sillas y un ventilador que no giraba. Natalia esperó dos horas sola, con el vestido arrugado y los pies descalzos, porque los tacones le habían sacado ampollas.
A las nueve de la noche entró una mujer de unos cincuenta años con una carpeta de cuero bajo el brazo. Llevaba unas gafas de leer colgadas al cuello de un cordón de cuentas de colores. Detrás de ella venía una abogada joven, de oficio, con un café en cada mano.
—Soy Teresa Cifuentes, fiscal de turno —dijo la mujer, y se sentó—. Esta es su abogada. Tómese el café. Va a ser una noche larga.
Natalia recibió el vaso de cartón y lo dejó en la mesa sin probarlo.
—No sé cómo llegó esa caja a mi bolso.
—Todavía no le he preguntado eso. —La fiscal se puso las gafas y abrió la carpeta—. ¿Qué es la digoxina?
—Una pastilla para el corazón. Se la dan a gente con el corazón débil o con el pulso desordenado.
—¿Y si alguien se toma muchas de una vez?
—El pulso se pone muy lento. La persona se marea, vomita, se desmaya. —Natalia se detuvo—. Puede morir.
La abogada le tocó el brazo para que no siguiera. La fiscal anotó algo y pasó una hoja.
—Usted le tomó el pulso a su novio en el altar y dijo que alguien le había dado algo. Antes que el médico. Antes que los paramédicos.
—Porque es mi trabajo. Si un señor se desmaya en la fila de la droguería, yo le tomo el pulso.
La abogada escribió algo en su libreta. La fiscal no levantó los ojos para la siguiente pregunta.
—¿Vende ese medicamento en su droguería?
—Sí. Con fórmula médica, a señores mayores. Unas cinco o seis cajas al mes.
—¿Tiene usted alguna caja en su casa?
—No. Nunca.
La fiscal se quitó las gafas y las dejó caer sobre el pecho, colgadas del cordón. Natalia ya había aprendido que cuando la gente hacía eso venía una pregunta peor.
***
La noche se volvió una sola pregunta repetida de diez formas distintas. A qué hora llegó a la capilla. Quién tocó el bolso. Dónde estuvo el viernes. Por qué Hernán le pidió perdón en un mensaje la noche anterior.
Eso último lo sabían porque la policía tenía su celular. Natalia les había dado la clave sin pensarlo, y ahora la fiscal le leía sus propios mensajes en voz alta.
—«Mañana te cuento algo que no te va a gustar. Perdóname» —leyó Teresa Cifuentes—. ¿Qué le iba a contar?
—No sé. Le pregunté y me dijo que mejor en persona. Pensé que era algo de la luna de miel, o de dinero de la empresa.
—¿Y no le insistió?
—Me iba a casar con él al otro día. Pensé que tenía tiempo.
A las seis de la mañana le trajeron la ropa que había mandado Viviana: un jean, una camiseta y unos tenis viejos. Natalia se cambió en un baño sin espejo y metió el vestido de novia en una bolsa negra de basura, porque no había otra.
En el bolsillo del jean había una nota doblada, con la letra redonda de Viviana: «Te esperé toda la noche y no me dejaron entrar. Voy a bañarme y vuelvo a las doce». Natalia arrugó el papel en el puño hasta que se puso blando.
A las nueve, la fiscal volvió con la carpeta más gruesa.
—El fotógrafo de la boda nos trajo el video de la ceremonia hace una hora —dijo—. Tenía una cámara grabando desde un trípode.
Natalia se enderezó en la silla. Era la primera buena noticia de la noche.
—Entonces ahí se ve. Yo estuve en el altar todo el tiempo. Nunca toqué ese vaso.
—El video tiene fallas. Dice el fotógrafo que la tarjeta de memoria se dañó un rato. —La fiscal cerró la carpeta—. Lo vamos a revisar con calma.
—¿Un rato? ¿Cuánto rato?
—Eso no se lo puedo decir, señorita Serrano.
A las once, la fiscal se puso de pie. Por ahora no había pruebas de que Natalia hubiera puesto la caja en el bolso. Faltaba el examen de toxicología, el que dice qué sustancia había en la sangre.
Podía irse a su casa, pero no podía salir de Antioquia. Le devolvieron el celular dentro de un sobre con su nombre.
—No se confunda —le dijo la fiscal en la puerta—. Esto no es un perdón. Es un «todavía no».
***
Afuera, el sol de mediodía le pegó en la cara. Natalia se detuvo en la escalera de la estación, con la bolsa negra del vestido en una mano. Buscó el carro de Viviana en la calle.
No estaba Viviana. Estaba Joaquín.
Seguía con el traje negro del día anterior, sin corbata, la camisa sucia en el cuello. Estaba recostado contra una camioneta gris, la de Hernán, y no parecía haber dormido. Cuando la vio, se enderezó.
—¿Viniste a ver si salía esposada? —le preguntó ella.
—Vine a ver tu cara. —Joaquín miró la bolsa negra—. Quería saber si alguien que acaba de perder al novio sale así de tranquila.
—No he dormido, no he comido y me pasé la noche oyendo cómo me leían mis propios mensajes. Si te parezco tranquila, es que no me conoces.
—No necesito conocerte. Trabajo en fraudes de una aseguradora. —Se tocó la cicatriz de la ceja con el pulgar—. Casi siempre es la persona que estaba más cerca.
Joaquín abrió la puerta de la camioneta. Tenía los ojos de un verde grisáceo, nada parecidos a los de su hermano.
—Voy a encontrar la prueba —dijo—. Y ese día te voy a ver presa.