Capítulo 3 · ~6 min
El seguro
El ataúd de Hernán todavía estaba arriba de la tierra cuando doña Amparo vio a Natalia entre los paraguas y dejó de rezar.
Era lunes, las diez de la mañana, y llovía sin fuerza sobre el cementerio. Natalia se había quedado atrás, junto a un árbol, con un vestido negro prestado por Viviana. No pensaba acercarse. Solo quería ver a Hernán irse.
Doña Amparo caminó hacia ella por el pasto mojado. Llevaba un sombrero negro de ala ancha y el broche del grano de café en el hombro izquierdo, el mismo de la boda. Rubén Castillo la seguía, con el paraguas sobre la cabeza de ella y el pañuelo blanco doblado en triángulo en el bolsillo del saco.
—Usted no tiene nada que hacer aquí —dijo doña Amparo.
—Vine a despedirme de él, señora. Nada más.
—Mi hijo está en ese cajón por usted. —La voz le tembló, pero no bajó la cara—. Váyase antes de que la saquen.
—Yo lo quería. Usted lo sabe.
—Yo no sé nada de usted. Nunca supe. Una muchacha de droguería que apareció un día y se quedó.
Rubén le puso la mano libre en el hombro a doña Amparo. En el dedo meñique le brilló el anillo de oro con sello que llevaba siempre.
—Natalia, mejor vete —dijo él, suave—. Hoy no. Hazlo por ella.
La gente se había dado vuelta para mirar. Natalia buscó a Joaquín con los ojos. Estaba al lado del hueco, con el traje negro mojado, y la miraba sin moverse. No dijo una palabra para defenderla, pero tampoco para echarla.
Natalia se fue caminando bajo la lluvia. Detrás de ella, el padre empezó a rezar otra vez.
***
A las doce llegó a la Droguería La Esperanza con el pelo todavía húmedo. Había trabajado ahí cinco años. Conocía cada estante, cada cliente, cada caja de pastillas por el color.
El dueño no la dejó pasar del mostrador. Le dijo que la policía había revisado el domingo el sistema de ventas y que mejor se tomara unos días. Pagados, eso sí.
En la vitrina de atrás estaban las cajas blancas del medicamento para el corazón, alineadas. Natalia salió a la calle antes de que se le notara en la cara.
Estaba sentada en su carro rojo, sin prender el motor, cuando le sonó el celular. Un número fijo que no conocía.
—¿Señorita Natalia Serrano? Habla Gilberto Rendón, de Seguros Horizonte. Primero que todo, mi más sentido pésame.
—Gracias. ¿Qué necesita?
Al otro lado se oyó un clic, y después otro. Alguien jugaba con un lapicero.
—Usted es la beneficiaria de la póliza de vida del señor Hernán Duque —dijo Gilberto—. Necesito que venga a firmar unos papeles cuando pueda. No hay afán.
—¿Qué póliza? Hernán nunca me habló de ningún seguro.
—Una póliza de vida que tomó hace tres meses. —Otro clic—. El valor asegurado es de dos mil millones de pesos. Usted es la única persona que aparece en la primera hoja.
Natalia agarró el volante con la mano libre. En el dorso de la mano derecha se le marcó la cicatriz blanca y delgada que tenía desde niña.
—Señor Rendón, ¿la policía ya sabe esto?
—La Fiscalía nos pidió la póliza esta mañana, señorita. Se la mandamos a las nueve.
Ella colgó sin despedirse. Se quedó un minuto mirando el parabrisas. Dos mil millones. Hernán había comprado un seguro a su nombre y no le había contado nada. Y ahora lo sabía la fiscal antes que ella.
***
La oficina de la fiscal estaba en un tercer piso en Rionegro, con persianas a medio cerrar y una mata seca en la esquina. Teresa Cifuentes no la hizo esperar. La recibió de pie, con la carpeta de cuero abierta sobre el escritorio y las gafas en la punta de la nariz.
—Llegó rápido —dijo la fiscal—. Supongo que ya habló con la aseguradora.
—Me llamaron hace una hora. Yo no sabía nada de ese seguro.
—Siéntese.
Natalia se sentó. La fiscal le dio la vuelta a una hoja y se la puso delante. Era un informe con el logo de Medicina Legal y una palabra subrayada a mano con tinta roja.
—Toxicología —dijo la fiscal—. Su novio tenía en la sangre una cantidad de digoxina como para matar a tres personas. El vaso que se rompió en el altar también tenía restos. Ya no es una sospecha.
—Eso yo se lo dije el sábado.
—Usted lo dijo antes que todos. —La fiscal se quitó las gafas—. Y ahora tengo una caja de esas pastillas, de su droguería, en su bolso, y un seguro de dos mil millones a su nombre. Póngase en mi lugar.
—Si yo lo hubiera matado, ¿cree que iba a guardar la caja en mi propio bolso, con la etiqueta de mi trabajo?
—He visto gente hacer cosas más tontas. —La fiscal cerró la carpeta—. El viernes de la otra semana tengo una audiencia ante un juez. Si para ese día nadie me trae algo mejor que «yo no sabía», voy a pedir su captura.
Natalia contó los días en la cabeza. Once.
—¿Y si yo le traigo ese algo?
—Entonces lo miro. Pero no me traiga cuentos, señorita Serrano. Tráigame pruebas.
***
Afuera ya oscurecía. Natalia se sentó otra vez en el carro rojo y no arrancó. No tenía a quién llamar. Viviana le iba a decir que contratara un abogado de verdad, y no tenía cómo pagarlo. Su papá vivía en Cali y hacía un año que no hablaban.
Pensó en Joaquín, recostado contra la camioneta de Hernán, diciendo que trabajaba en fraudes de una aseguradora. Él sabía leer pólizas. Él sabía cómo se arma un caso. Y él quería una prueba tanto como ella, aunque fuera para hundirla.
Buscó en el chat de Hernán. En diciembre, él le había mandado una ubicación para una novena de Navidad a la que ella nunca fue. Decía «Casa de mi mamá».
Natalia la abrió en el mapa. Quedaba en Laureles, a cuarenta minutos.
Prendió el carro.