Historia Abierta
Portada de Viuda Antes del Sí
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Capítulo 4 · ~5 min

El trato

A las ocho y media se levantó la puerta del garaje de doña Amparo, y Joaquín salió a sacar la basura.

Natalia llevaba cuarenta minutos sentada en el carro rojo, al otro lado de la calle. Había ensayado tres formas de empezar y las tres le sonaban a culpable. La casa era blanca, de dos pisos, con rejas negras y un jardín de rosas muy cuidado.

Vio a Joaquín dejar dos bolsas negras junto al poste. Se bajó antes de que pudiera arrepentirse.

—Joaquín.

Él se dio vuelta despacio. Ya no tenía el traje del entierro, sino un jean y una camiseta gris. Sin el saco parecía más joven, y más cansado.

—¿Viniste a confesar? —le preguntó.

—Vine a contarte algo antes de que te lo cuente otro. Hernán tenía un seguro de vida. Dos mil millones, en Seguros Horizonte. Yo soy la beneficiaria.

Joaquín no se movió. Solo la cicatriz de la ceja se le levantó un poco.

—Un seguro de dos mil millones, comprado hace cuánto.

—Tres meses. Yo no sabía nada. Me enteré hoy, en el carro, después de que tu mamá me echó del entierro.

—Tres meses antes de una boda —dijo él—. En mi trabajo, a eso le decimos un caso fácil.

—Por eso vine. Si yo lo hubiera matado por ese dinero, ¿tú crees que vendría a tu casa a contártelo?

Una ventana del segundo piso se iluminó. Detrás de la cortina se movió la silueta de doña Amparo. Joaquín miró hacia arriba y luego hacia el carro rojo.

—Aquí no —dijo—. Sube.

***

Se sentaron en el carro de Natalia, con las luces apagadas. Olía a ambientador de vainilla y a los papeles de la fiscal, que seguían en el asiento de atrás. Joaquín tuvo que echar la silla hacia atrás para que le cupieran las piernas.

Natalia le contó todo en orden, sin adornarlo: la llamada de Gilberto, la toxicología, el vaso con restos, el plazo. Once días. Joaquín escuchó sin interrumpirla. Sacó la libreta pequeña del bolsillo y anotó tres cosas con letra pequeña.

Ella trató de leer al revés lo que escribía y no pudo. Solo distinguió un número, el dos mil, encerrado en un círculo. Joaquín giró la libreta para que no la viera.

—Quiero proponerte algo —dijo ella—. Investiguemos juntos quién lo mató.

—Ya sé quién lo mató.

—No. Tú sabes a quién quieres culpar. No es lo mismo.

Joaquín dejó de escribir.

—Tú conoces a tu familia y a la gente de la empresa —siguió Natalia—. Sabes leer pólizas, sabes cómo se arma un fraude. Yo sé de medicamentos y conocía a Hernán mejor que nadie.

—¿Y por qué haría eso?

—Porque si yo no fui, el que lo mató anda por ahí, tranquilo. Y tú lo estás dejando ir por mirarme solo a mí.

Él la miró un rato largo. Natalia no apartó la cara, aunque le ardían los ojos de no dormir.

—¿Y si encuentro algo contra ti?

—Entonces yo misma voy a donde la fiscal y me entrego. Te lo firmo si quieres.

***

Joaquín cerró la libreta y le dio golpecitos contra la rodilla, como contando algo. Afuera pasó un taxi despacio. La luz de la ventana del segundo piso se apagó.

Natalia esperó. No iba a rogarle. Lo había decidido en el primer semáforo: le diría la verdad una sola vez. Si él no quería, buscaría sola.

Tampoco sabía muy bien por dónde empezar sola. No conocía a nadie en la Tostadora Duque, la empresa de café de la familia, salvo a Rubén y a dos secretarias. Hernán casi no hablaba del trabajo con ella. Decía que en la casa no quería oír de bultos de café ni de facturas.

—Acepto —dijo Joaquín al fin—. Pero que quede claro por qué.

—Dímelo.

—No te creo. Acepto porque así te tengo cerca y puedo vigilarte. Si haces algo raro, lo voy a ver primero que nadie.

—Me parece justo. Yo tampoco confío en ti.

Afuera pasó un bus y los vidrios del carro vibraron. Ninguno de los dos se movió.

—Entonces empezamos ya. —Extendió la mano abierta entre los dos asientos—. Tu celular.

—¿Mi celular? La fiscal ya lo revisó todo.

—La fiscal no conocía a mi hermano. Yo sí.

Natalia lo pensó un segundo. Después le puso el celular en la mano y le dijo la clave en voz alta, sin taparse. Si iba a vigilarla, que viera todo.

Joaquín fue directo al chat con Hernán. Bajó con el pulgar por los mensajes de la última semana. Había listas de invitados, fotos del pastel y una discusión por la música de la fiesta.

Ahí estaba también la foto que ella le había mandado del vestido tapado con una sábana, para que no lo viera antes de tiempo. Hernán había contestado con tres corazones y un «me muero de las ganas». Natalia tuvo que mirar por la ventana.

El pulgar de Joaquín se detuvo en el viernes.

—«Mañana te cuento algo que no te va a gustar. Perdóname» —leyó despacio—. Once y cuarenta de la noche.

—La policía ya lo vio. No sé qué era. Le pregunté y me dijo que mejor en persona.

Joaquín no levantó la cabeza de la pantalla. Leyó el mensaje otra vez, moviendo los labios.

—¿Qué pasa? —preguntó Natalia.

Él le devolvió el celular. Tenía la mandíbula dura y la voz más baja que antes.

—El viernes, mi hermano también me llamó a mí para contarme algo.

—¿Qué te dijo?

Joaquín abrió la puerta del carro y puso un pie en la calle.

—Que tenía miedo de alguien.

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