Capítulo 5 · ~5 min
La póliza
El lapicero de Gilberto Rendón sonó once veces antes de que el hombre se atreviera a mirar a Joaquín a la cara.
Era martes, las diez de la mañana, en una oficina de vidrio del piso nueve de Seguros Horizonte, en El Poblado. Gilberto tenía unos cincuenta y cinco años, bigote canoso y un corbatín café. Encima del escritorio estaba la póliza de Hernán, abierta en la primera hoja.
Natalia leyó su propio nombre impreso en la casilla de beneficiaria. Debajo estaba la firma de Hernán, grande y torcida, la misma de las tarjetas de cumpleaños.
—Necesito que firme aquí, aquí y aquí —dijo Gilberto, señalando con el lapicero—. Es para abrir el trámite. El pago queda congelado mientras la Fiscalía investigue.
—No voy a firmar nada todavía —dijo Natalia—. Primero quiero entender cómo llegó mi nombre ahí.
Joaquín estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos. Se acercó al escritorio y puso un dedo sobre la esquina de la hoja, donde decía «Página 1 de 3».
—Aquí hay dos páginas —dijo—. ¿Dónde está la tercera?
Clic. Clic. Gilberto se acomodó el corbatín.
—Es un anexo reservado. Solo lo puedo mostrar con una orden de un juez.
—Trabajo en fraudes de seguros hace ocho años. Sé lo que es un anexo reservado. ¿Qué dice?
—Le repito, señor Duque, que no se lo puedo decir.
Natalia vio cómo Joaquín se agarraba del borde del escritorio. Antes de que él dijera algo peor, ella hizo la pregunta que traía desde la casa.
—Señor Rendón, ¿Hernán vino solo el día que firmó?
Gilberto dejó quieto el lapicero.
—No. Vino con su socio, el señor Rubén Castillo. —Miró hacia la puerta de la oficina—. Fue el señor Castillo el que insistió en ponerla a usted, porque el señor Hernán quería dejar a su mamá.
***
En el ascensor, ninguno de los dos habló durante cuatro pisos. Joaquín miraba los números rojos que bajaban. Natalia miraba a Joaquín.
Él tenía otra vez la libreta en la mano, pero no escribía. Le daba vueltas con los dedos.
—Rubén estuvo conmigo todo el domingo en la casa de mi mamá —dijo al fin—. Organizó el entierro, llamó a la funeraria, le hizo almuerzo a mi mamá. No dijo una palabra de un seguro.
—A lo mejor no le pareció importante.
—Dos mil millones siempre son importantes. —Joaquín guardó la libreta—. Y un socio no escoge al beneficiario de un seguro ajeno. Eso no lo hace nadie sin una razón.
—¿Entonces ya no crees que fui yo?
Él se tomó un segundo antes de contestar. La puerta del ascensor se abrió en el primer piso.
—Creo que ahora tengo dos preguntas en vez de una.
Salieron al vestíbulo. Natalia lo agarró de la manga antes de que llegara a la puerta.
—Anoche dijiste que Hernán tenía miedo de alguien. ¿De quién?
—No me lo dijo. —Joaquín se soltó sin brusquedad—. Y no le pregunté. Eso es todo lo que vas a sacar de mí hoy.
Natalia no supo si eso era un avance o una forma educada de decirle que seguía primera en la lista. Él le sostuvo la puerta de vidrio y la dejó pasar. A través del vidrio del edificio, ella alcanzó a ver algo que no le gustó.
Arriba, en el piso nueve, Gilberto Rendón estaba de pie junto a su ventana, con el celular pegado a la oreja, mirándolos.
***
Por la tarde, Natalia fue a la Droguería La Esperanza a sacar sus cosas del casillero. El dueño le había pedido que no viniera en horas de clientes. Llegó a las cinco y media, con la luz bajando.
Joaquín la siguió en la camioneta gris de Hernán y parqueó dos puestos detrás de ella. Dijo que era para vigilarla. Ella no le discutió. Desde el entierro, no le gustaba la idea de estar sola en un parqueadero.
En el camino había mirado el espejo retrovisor más veces de las necesarias. Solo vio la camioneta gris, siempre a la misma distancia, con las luces encendidas aunque todavía era de día.
Joaquín bajó la ventana cuando ella pasó junto a la camioneta.
—Diez minutos —dijo—. Si tardas más, entro.
—Si tardo más, es porque me estoy despidiendo de cinco años de trabajo —contestó ella—. Espérame aquí y no asustes a nadie con esa cara.
Él subió la ventana. A Natalia le pareció que se reía, apenas un segundo, y que lo escondía rápido.
Adentro, sus compañeras la saludaron con abrazos cortos y ojos que se iban hacia el piso. Nadie le preguntó por Hernán. Natalia metió en una bolsa su bata blanca, un saco de lana y una taza con su nombre. Al final despegó la foto de su mamá de la puerta del casillero.
Antes de salir, pasó junto a la vitrina de los medicamentos de control. Por costumbre, contó las cajas de las pastillas para el corazón. Eran siete, todas con la misma etiqueta azul que habían encontrado en su bolso. La máquina que imprimía esas etiquetas estaba al lado de la caja registradora, a la vista de cualquiera que trabajara ahí.
Cualquiera que trabajara ahí. O que hubiera trabajado.
Salió a las seis en punto. El parqueadero estaba casi vacío.
Debajo del limpiaparabrisas de su carro rojo había un papel doblado en cuatro.
Natalia miró alrededor. No había nadie, solo la camioneta gris con Joaquín adentro, hablando por teléfono. Sacó el papel con dos dedos, sin arrugarlo, y lo abrió.
Era una hoja blanca de impresora. Las letras eran grandes, negras, de computador.
«Deja de buscar o sigues tú».