Historia Abierta
Portada de Viuda Antes del Sí
  • 20 capítulos
  • 32 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 6 · ~5 min

El video cortado

—La tarjeta se dañó, eso fue todo —dijo Fredy Galeano, y le dio play al video antes de que nadie le preguntara nada.

Su estudio quedaba en un segundo piso de Envigado, encima de una panadería. Olía a pan y a café quemado. Fredy tenía unos treinta años, un gorro gris de lana aunque hacía calor y un lente de cámara tatuado en el antebrazo izquierdo.

Natalia y Joaquín estaban de pie detrás de su silla. Habían llegado a las tres en punto. Esa mañana le habían llevado la nota del parabrisas a la fiscal. Ella la metió en una bolsa plástica y les dijo que cualquiera podía imprimir una hoja. Joaquín salió de esa oficina sin despedirse.

En la pantalla apareció la capilla vista desde atrás, desde un trípode en el pasillo central. Los invitados se sentaban. Algunos se abanicaban con el programa de la misa. En una esquina de la imagen, el reloj decía 3:58 p. m.

Después, la pantalla se puso negra un segundo.

Cuando volvió, el reloj decía 4:10. Natalia ya estaba en el altar, de blanco, con Hernán a su lado. El padre hablaba.

—Ahí está —dijo Fredy—. Doce minutos que se perdieron. Ya se lo expliqué a la policía.

—Mi entrada no está —dijo Natalia—. Toda la entrada de la novia. Lo que más le pagamos para que grabara.

—Ya le dije que fue la tarjeta. A veces pasa.

—Repítalo —dijo Joaquín.

Fredy se dio vuelta en la silla. Joaquín tenía la libreta abierta y el lápiz quieto encima de la hoja.

—Doce minutos exactos —siguió Joaquín—. Empieza justo antes de la ceremonia y vuelve sola, sin un salto de sonido. Las tarjetas no fallan así.

—Usted no sabe de cámaras.

—Sé de gente que miente sobre lo que pasó en doce minutos. Es mi trabajo.

Fredy se quitó el gorro gris, se lo volvió a poner y cerró el video.

—Ya me tengo que ir. Tengo una sesión de quince años en media hora.

Mientras él se paraba, Natalia vio en la mesa la caja de un lente nuevo, todavía envuelta en plástico. Al lado había una factura de una tienda de El Poblado. No alcanzó a leer el valor, solo que tenía muchos ceros.

Fredy tapó la factura con una carpeta. Les abrió la puerta y se quedó en la escalera hasta que bajaron.

***

En la camioneta, Joaquín manejó con una sola mano y la otra apoyada en la ventana. Natalia miraba el tráfico de la Avenida Las Vegas sin verlo. Contaba en la cabeza.

A las 3:58 la capilla estaba casi llena. A las 4:00 ella empezó a caminar del brazo del tío Álvaro. A las 4:10 ya estaba en el altar.

En esos doce minutos, alguien había echado las pastillas en el vaso de la mesita. Y ella había estado a la vista de ciento veinte personas, con un velo que no la dejaba ver ni los escalones.

—Ese video lo cortaron —dijo—. Lo cortaron porque ahí se ve quién tocó el vaso.

—O porque ahí se ve algo que a Fredy le da miedo. No es lo mismo.

Natalia sostuvo el cinturón de seguridad con las dos manos.

—¿Viste la factura del lente?

—La vi. —Joaquín frenó en un semáforo—. Fredy está asustado. Alguien le pagó o lo amenazó, o las dos cosas.

—Entonces volvamos y presionémoslo.

—Si lo presionamos hoy, mañana no tiene nada en el computador. Hay que darle uno o dos días.

Natalia le miró la mano en el timón. Tenía los nudillos rojos de tanta fuerza. Él tampoco estaba tan tranquilo como quería parecer.

—Tenemos nueve días, Joaquín. No tengo uno o dos para regalar.

Él no le contestó. La dejó en la puerta de su edificio, en Laureles, y esperó con el motor prendido hasta que ella entró. Esa parte no la entendió. Un hombre que la creía capaz de matar a su hermano no tenía por qué esperarla.

***

A las diez de la noche, el apartamento estaba en silencio y Natalia no había comido. Las cajas de los regalos de la boda seguían apiladas junto al sofá verde, sin abrir. No había tenido valor para devolverlas ni para mirarlas.

En la mesa de centro seguía la foto del compromiso. Hernán se reía, con la cadena de oro y el dije del grano de café por fuera de la camisa.

Le entró un mensaje de Joaquín: «Cierra con doble llave». Nada más. Ni un saludo.

Ella iba a contestarle algo sarcástico cuando el celular sonó. Número desconocido.

—¿Natalia? Habla Fredy. —Hablaba muy rápido, casi sin aire—. No me cuelgue, por favor.

—Lo escucho.

—Yo no tomé solo video. Ese día tomé fotos desde las tres, en la sacristía, en el jardín, en todas partes. Las tengo en la nube.

Natalia se sentó en el borde de la cama. Le sudaban las manos.

—¿Y por qué no se las dio a la policía?

—Porque nadie me las pidió, y porque me da miedo. —Se oyó una puerta y después su voz más cerca del teléfono—. Se las mando mañana temprano. Pero solo a usted.

—¿Por qué solo a mí?

Fredy se quedó callado tanto tiempo que ella miró la pantalla para ver si la llamada seguía.

—Porque en una de las fotos de la sacristía sale él —dijo—. El hermano. Y no quiero que sepa que yo las tengo.

Colgó.

Natalia se quedó con el celular en la mano. Abrió el chat de Joaquín y escribió: «Fredy me acaba de llamar». Miró la frase un rato largo, con el dedo encima del botón de enviar.

Luego la borró, letra por letra.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:44

Siguiente lectura