Historia Abierta
Portada de Viuda Antes del Sí
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Capítulo 7 · ~5 min

La foto escondida

El enlace llegó a las 7:02 de la mañana, sin saludo y sin firma, desde el mismo número desconocido de la noche anterior.

Natalia estaba en la cocina, con el café sin tocar. Abrió el enlace con el pulgar temblando. Era una carpeta en la nube que se llamaba «Boda Duque Serrano – tarde». Adentro había doscientas catorce fotos.

Bajó rápido por las primeras. Las mesas del jardín, los arreglos de flores blancas, el pastel de tres pisos. Rubén acomodándose el pañuelo blanco del bolsillo frente a un espejo. Viviana riéndose con una copa en la mano. Cada foto tenía la hora en una esquina, en números pequeños.

A las 3:44 aparecía Hernán solo, en la sacristía, ajustándose el corbatín frente a una ventana. Tenía la cara seria, mucho más seria de lo que ella lo había visto nunca.

La siguiente foto era de las 3:48. Natalia la abrió y se quedó quieta.

Hernán seguía en la sacristía, pero ya no estaba solo. Frente a él había un hombre alto, de traje negro y sin corbata, de espaldas a la cámara. Le estaba pasando un vaso de agua. Hernán tenía la boca abierta, como si le estuviera gritando algo.

El celular vibró en su mano. Era Fredy.

—¿Le llegaron? —preguntó, sin decir su nombre.

—Me llegaron. ¿Quién es el hombre de la foto de las 3:48?

—Usted sabe quién es. Mire las que siguen.

—¿Por qué me ayuda ahora? Ayer nos echó de su estudio.

—Porque ayer el hermano me trató de mentiroso delante de usted. —Fredy habló más despacio—. Y el mentiroso no soy yo. Bórreme este número, por favor.

La llamada se cortó. Natalia no miró las que seguían. Cerró la carpeta, porque oyó el timbre del edificio y supo, por la hora, quién era.

***

Joaquín subió con dos cafés en vasos de cartón y una bolsa de pan de una panadería de la esquina. Era la primera vez que entraba al apartamento. Se quedó mirando las cajas de regalos junto al sofá verde, y después las dejó de mirar.

—¿Pan? —dijo Natalia—. ¿Ahora me traes desayuno para vigilarme mejor?

—Para que no te desmayes. Desmayada no me sirves.

—Qué romántico.

Él no se rio. Sacó el pan de la bolsa y lo puso en un plato.

—Anoche llamé a un amigo de la Policía de Rionegro. —Joaquín dejó la bolsa en la mesa—. Fredy no entregó la tarjeta de la cámara, sino una copia en una memoria nueva. Dice que la tarjeta se le perdió.

—Qué casualidad.

—Por eso quiero volver hoy a su estudio, antes de que borre lo que le quede en el computador.

Natalia sacó un pan de la bolsa y no se lo comió. Lo partió en dos, en cuatro, en pedazos cada vez más pequeños. Pensaba en la foto de las 3:48 y en el hombre de espaldas.

Joaquín la miraba partir el pan. No le dijo nada.

—Antes, una pregunta. —Natalia recibió el café y se sentó en el brazo del sofá—. ¿A qué hora llegaste a la boda?

—Ya lo sabes. A las cuatro y cinco. Había un accidente en la vía de Las Palmas.

—¿Y no viste a Hernán antes de la ceremonia? ¿Ni un minuto?

—No. —Joaquín se quitó la tapa al café y sopló—. Entré por la puerta principal y me senté atrás. Cuando empezó la música, me pasé adelante con los padrinos.

Natalia lo miró a los ojos. Él no apartó la vista.

—¿Seguro? ¿Ni un saludo en la puerta, ni un abrazo?

—Seguro. ¿Por qué me preguntas eso?

Natalia lo miró a la cara. Él tenía los ojos cansados, la cicatriz de la ceja más roja que otros días, el pelo todavía mojado de la ducha. Parecía un hombre que no tenía nada que esconder. Por eso le dio más miedo.

—Porque la fiscal me va a preguntar dónde estaba cada persona —dijo ella—. Quiero tener todas las horas bien. No me gusta que me corrijan.

—Cuatro y cinco —repitió él—. Anótalo.

—Ya lo anoté —dijo ella—. Ve tú solo donde Fredy. A mí me está matando la cabeza y no quiero que me veas vomitar en tu camioneta.

Lo del dolor de cabeza era verdad, a medias. Joaquín la miró con los ojos entrecerrados, como buscando la mentira, y no la encontró. Se fue a las once y media.

Ella esperó a oír la camioneta arrancar. Después se sentó en el piso de la sala, con la espalda contra el sofá verde, y abrió otra vez la carpeta.

La foto de las 3:49 era casi igual a la anterior. El hombre se había girado un poco hacia la puerta. Se le veía el perfil, la barbilla partida igual a la de Hernán, una libreta pequeña asomando del bolsillo del saco.

Natalia agrandó la foto con dos dedos, hasta que la cara llenó la pantalla. Una cicatriz delgada le cortaba la ceja izquierda.

En la de las 3:50, el hombre salía por una puerta lateral de la sacristía, rápido, sin mirar atrás. Hernán se quedaba solo, con el vaso de agua en la mano.

Buscó en el bolso el papel donde había anotado las horas de la boda, el que llevaba desde el lunes. Escribió al lado de la última línea, con letra muy clara: 3:48, sacristía, Joaquín.

A la una de la tarde, todavía con el celular en la mano, Natalia entendió lo que tenía delante.

Joaquín no llegó tarde a la boda. Estuvo con Hernán media hora antes de que cayera en el altar. Le dio un vaso de agua y pelearon.

Buscó el chat de Joaquín y le escribió una sola línea: «Mañana a las nueve, en la capilla de la hacienda. Ven solo».

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