Capítulo 8 · ~5 min
Vuelta a la capilla
—Mira la hora —dijo Natalia, y le puso el celular delante de la cara.
Estaban solos en la capilla de la Hacienda El Retiro, el viernes a las nueve de la mañana. Las bancas de madera seguían en su lugar, pero ya no tenían flores. Alguien había barrido el piso de piedra frente al altar, donde se había roto el vaso.
Joaquín miró la foto de las 3:48. No le quitó el celular. No dijo nada durante tanto rato que Natalia oyó a un pájaro en el techo.
—Te pregunté ayer dos veces —dijo ella—. Las dos veces me dijiste cuatro y cinco.
—Ya lo sé.
—En el pasillo de la clínica me señalaste delante de tu mamá, de Rubén, de un médico. Dijiste que yo lo había matado. Y tú habías estado con él media hora antes, dándole agua.
—Natalia.
—No. Ahora hablas tú y yo escucho. Y si me mientes, salgo de aquí directo a Rionegro.
Joaquín se sentó en la primera banca, la misma donde se había sentado su mamá el sábado. Se pasó las dos manos por la cara. Cuando las bajó, se veía más viejo.
Natalia se quedó de pie. Había manejado cuarenta minutos desde Medellín pensando qué le iba a decir. Había llegado antes que él, a las ocho y media, y había caminado la capilla entera. Contó los pasos de la sacristía al altar: veintidós. Encontró la puerta lateral, que daba a un jardín con un camino de piedras hasta el parqueadero.
***
—Llegué a las 3:45 —dijo él—. Entré por la puerta de la sacristía porque Hernán me lo pidió por mensaje. Quería hablar conmigo antes de la ceremonia.
—¿De qué?
—El viernes me había llamado a Bogotá. Me dijo que tenía miedo de alguien de la empresa, pero no quiso decir quién. —Joaquín se miró las manos—. Le dije que eran nervios de novio.
Natalia se sentó en la banca de enfrente, de medio lado, para verle la cara.
—En la sacristía me lo volvió a decir —siguió él—. Le serví agua de la jarra, porque estaba sudando, y le dije que siempre había sido un exagerado.
Natalia vio que le temblaba un poco la mano derecha. Él la escondió entre las rodillas.
—Me gritó —dijo Joaquín—. Me dijo que esa noche te iba a contar algo que no te iba a gustar. Que tú, por lo menos, sí lo ibas a escuchar.
Era casi la misma frase del mensaje de las 11:40. Hernán se lo había dicho a los dos, y ninguno de los dos alcanzó a oír el resto.
—Y te fuiste.
—Salí por la puerta lateral y di una vuelta por el jardín. Entré por la principal a las cuatro y cinco y le dije a todo el mundo que acababa de llegar. Me dio vergüenza.
Natalia esperó. Él tardó en seguir.
—Mi hermano me pidió ayuda y yo lo mandé a calmarse. Media hora después estaba en el piso del altar. —Joaquín levantó la cara—. Era más fácil que fuera culpa tuya.
***
Natalia no le contestó enseguida. Le habría gustado gritarle, pero no le salía la voz. Una parte de ella quería creerle, y esa parte era la que más rabia le daba.
Abrió otra vez la carpeta de Fredy en el celular y siguió bajando, para no tener que mirarlo. No había visto el resto de las fotos. La noche anterior no había sido capaz.
Pasó las fotos de su propia entrada, que faltaban en el video: ella con el velo, el tío Álvaro sonriendo, los invitados de pie. Pasó una foto de Hernán en el altar a las 4:12, con la mano de ella en la suya. Llegó a la de las 4:21.
Era el piso del altar, de cerca. Fredy debía haber disparado sin pensar, por puro reflejo. Se veía el agua derramada, una esquina del vestido blanco y los pedazos del vaso.
Natalia agrandó la foto. Los vidrios eran lisos, gruesos, con un borde dorado.
—Joaquín, ¿de qué color era el vaso que le diste a Hernán en la sacristía?
—Tallado, con rombos, como los de aquí. —Señaló la mesa de la entrada, donde había una jarra y cuatro vasos boca abajo—. ¿Por qué?
Ella le pasó el celular. Él miró la foto y se puso de pie de un salto.
Un mesero joven entró en ese momento por la puerta lateral, cargando una caja de manteles. Se asustó al verlos y pidió perdón. Natalia no lo dejó irse. Le mostró la foto del piso del altar y le preguntó si ese vaso era de la hacienda.
El muchacho la miró de cerca, con los ojos entrecerrados. Dijo que no. Que en la hacienda todos los vasos eran tallados, con rombos, comprados por la dueña hace años en un pueblo de artesanos. Que llevaba cuatro años lavándolos y nunca había visto uno liso con borde dorado.
Natalia le hizo repetirlo. El mesero lo repitió igual, palabra por palabra, y se fue con su caja de manteles sin entender qué había dicho de importante.
Joaquín seguía con el celular en la mano. Miraba la foto, después los vasos de la mesa de la entrada, después otra vez la foto. Tenía la boca entreabierta.
—Alguien cambió el vaso —dijo él, despacio—. Eso nos salva a los dos, Natalia. Hay que llevárselo hoy mismo a la fiscal.
—Todavía no.
Natalia le quitó el celular de la mano. Guardó la foto de las 3:48 y la del vaso liso en una carpeta aparte y se la mandó a su propio correo.
—Primero hay que saber de dónde salió ese vaso —dijo—. Y otra cosa. Esta foto en la que sales tú se queda conmigo.
—¿No me crees?
—Te creo hoy. —Natalia se guardó el celular en el bolsillo de atrás del jean—. Pero si me mientes otra vez, en lo que sea, esta foto va directo a la fiscal.
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