Historia Abierta
Portada de Viuda Antes del Sí
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Capítulo 9 · ~5 min

El segundo nombre

El timbre sonó a las siete en punto. Por el citófono, el portero dijo un nombre que Natalia no esperaba oír en su casa: Rubén Castillo, que la buscaba por algo urgente.

Natalia miró la sala. Encima de la mesa estaban sus notas de la boda, las horas, la foto del vaso liso impresa en una hoja. Las metió todas debajo de un cojín del sofá verde antes de contestar que lo dejara subir.

Rubén llegó con un traje azul oscuro, corbata vino tinto y el pelo peinado hacia atrás con gel. Traía una bolsa de una pastelería fina y la cara triste de los últimos días. En el bolsillo del saco asomaba el pañuelo blanco doblado en triángulo.

—Perdona que venga sin avisar —dijo—. No he dejado de pensar en ti desde el entierro. Lo de doña Amparo estuvo muy mal.

—Ella estaba enterrando a su hijo. Tenía derecho a gritarle a alguien.

—Tú también lo estabas enterrando. —Rubén dejó la bolsa en la mesa y se sentó sin que ella lo invitara—. Hernán era como mi hermano. No voy a dejar que te pase nada.

Natalia se quedó de pie, con los brazos sueltos. El anillo de oro de Rubén brilló cuando él cruzó las manos sobre la rodilla.

Después le habló de un amigo penalista, de los mejores de Medellín. Ya le había contado el caso por teléfono. Él se encargaba de pagarlo todo.

—No tengo cómo pagártelo.

—No me tienes que pagar nada. Solo te pido una cosa. —Rubén bajó los ojos un segundo—. Gilberto me contó que fuiste con Joaquín a Seguros Horizonte.

Natalia no dijo nada. Esperó a que siguiera, y él siguió.

—Ten cuidado con él, Natalia. Joaquín y Hernán peleaban desde hace años, por la empresa y por el papá.

—¿Me estás diciendo que fue Joaquín?

—Te estoy diciendo que no sabes quién es. Yo sí lo conozco.

Le dejó una tarjeta del abogado encima de la bolsa de galletas. Le dio un abrazo corto en la puerta. Olía a perfume caro y a cigarrillo.

Cuando se fue, Natalia se quedó con la espalda contra la puerta cerrada. Rubén había sido el padrino. Había llamado a la ambulancia. Había organizado el entierro. Y había ido con Hernán a firmar un seguro que puso el nombre de ella en la primera hoja.

***

Joaquín llegó a las ocho y diez, con la libreta en la mano y una camiseta negra. Al subir se había cruzado con el carro de Rubén saliendo del parqueadero del edificio. Lo reconoció por el adhesivo de la Tostadora Duque en el vidrio de atrás.

Ella le abrió y él entró sin saludar. Vio la bolsa de la pastelería y la tarjeta del abogado.

—Rubén estuvo aquí —dijo Joaquín. No era una pregunta.

—Vino a ofrecerme un abogado. Gratis. —Natalia sacó las hojas de debajo del cojín—. Y a decirme que tuviera cuidado contigo.

—¿Qué más te dijo?

—Que sabe que fuimos a la aseguradora. Que se lo contó Gilberto.

Joaquín se quedó quieto en la mitad de la sala. Natalia le había contado lo de Gilberto, con el celular pegado a la oreja detrás de la ventana del piso nueve. La nota del parabrisas había aparecido el mismo martes de esa visita.

—Esta mañana llamé a una excompañera —dijo él—. Trabaja conmigo en Bogotá, pero estuvo cinco años en Seguros Horizonte. Le pedí que buscara el anexo de la póliza de Hernán.

—¿Eso es legal?

—No mucho. —Se sentó en el borde del sofá—. Me dijo que me escribía esta noche.

Natalia abrió la bolsa de Rubén, miró las galletas y la volvió a cerrar. Ninguno de los dos se las comió.

Esperaron. Ella hizo arroz con huevo porque no había nada más en la nevera. Joaquín comió de pie, apoyado en el mesón de la cocina, mirando el celular cada dos minutos.

Hablaron poco. Una vez él le preguntó por la cicatriz blanca de la mano. Ella le contestó que era de un vidrio, a los ocho años, y que no había más historia.

A las nueve y media, Joaquín le pidió el computador.

***

El correo llegó a las 9:38. Venía sin texto, solo con un archivo adjunto de tres hojas. Joaquín lo abrió en el computador de Natalia, sentado en el sofá verde, con ella a su lado. Sus rodillas casi se tocaban y ninguno de los dos se movió.

La primera hoja ya la conocían. La segunda tenía las condiciones generales, en letra pequeña. La tercera decía arriba, en mayúsculas: ANEXO RESERVADO.

Joaquín la leyó en voz alta, despacio, como leía en su trabajo.

—«En caso de que la beneficiaria principal sea condenada por la muerte del asegurado, perderá todo derecho al pago».

—Eso es normal —dijo Natalia—. ¿No?

—Es normal. Lo que sigue no tanto. —Joaquín bajó con el dedo por la pantalla—. «En ese caso, el valor asegurado pasará en su totalidad al beneficiario contingente».

—¿Contingente?

—El de repuesto. El segundo. El que cobra si tú no puedes cobrar.

Natalia sintió frío en las manos. Si a ella la condenaban, los dos mil millones no se perdían. Se iban para otra persona. Alguien que ganaba más con ella presa que con Hernán vivo.

Joaquín no siguió leyendo en voz alta. Se quedó mirando la última línea de la hoja. Allí había un nombre escrito a máquina y, al lado, una firma de letra muy inclinada.

Natalia se acercó a la pantalla para leerla ella misma.

Beneficiario contingente: Rubén Castillo.

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