Historia Abierta
Portada de Viuda Antes del Sí
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Capítulo 10 · ~5 min

La oficina de noche

A las diez de la noche, la planta de la Tostadora Duque olía a café quemado y a costal mojado. Joaquín apagó las luces de la camioneta gris antes de entrar al parqueadero.

Las llaves de Hernán colgaban de un llavero de cuero con un grano de café de metal. Las había encontrado en la guantera el lunes, junto a un recibo del parqueadero de la hacienda. Ahí estaban la de la reja, la de la planta y una pequeña, dorada, que no sabía para qué servía.

Natalia iba en el puesto del copiloto, con una gorra negra que no era suya y el pelo metido adentro. No había dicho nada en todo el camino desde Laureles.

—El celador se llama don Ernesto —dijo Joaquín—. Me conoce desde que yo tenía diez años. Tú no hablas.

—¿Y si pregunta quién soy?

—No va a preguntar. A esta hora ve fútbol en el radio.

—¿Y si Rubén está adentro?

—Los sábados Rubén juega golf en Llanogrande y se queda a dormir allá. —Joaquín apagó el motor—. Llevo veinte años oyendo a mi mamá quejarse de eso.

Don Ernesto salió de la caseta con una linterna y una ruana de lana. Iluminó la cara de Joaquín y se le aguaron los ojos. Le dio el pésame, le apretó la mano con las dos suyas y no miró ni una vez hacia el carro.

—Vengo por unos papeles de mi hermano —le dijo Joaquín—. Cosas de la familia. Es rápido.

—Siga, don Joaquín. Usted está en su casa.

La reja chirrió al abrirse. Adentro, la planta estaba quieta. Las tostadoras grandes parecían animales dormidos debajo de lonas grises. Subieron por una escalera de metal hasta la oficina del segundo piso, que tenía una pared de vidrio sobre la bodega.

La llave pequeña y dorada abría el archivador del escritorio de Hernán.

Adentro había carpetas de pasta azul, ordenadas por año. Joaquín sacó las de proveedores y se sentó en el piso con ellas. Ese era su trabajo. Durante ocho años había buscado mentiras en papeles como esos, en oficinas de gente que no conocía. Nunca en la de su familia.

Natalia alumbraba con la linterna del celular, tapando la luz con los dedos.

—Hay un nombre que se repite —dijo Joaquín al rato—. Granos del Oriente. Les pagamos cada mes, a veces dos veces.

—¿Qué venden?

—Café verde, según las facturas. —Pasó las hojas con el pulgar—. Pero no tienen número de bodega ni placa de camión.

Natalia se agachó a su lado. Él le señaló el espacio vacío al final de cada hoja.

—Tampoco dice quién recibió los bultos. Nadie en esta planta vio nunca ese café.

Buscó el número de la empresa en el celular. El registro decía que existía desde hacía dos años y que la dirección era una calle de Rionegro. Puso la dirección en el mapa. Era un parqueadero público, al lado de una estación de gasolina.

Sumó los pagos en la calculadora del celular, dos veces, para estar seguro.

—Ochocientos millones —dijo—. En dos años. A una empresa que no existe.

—¿Hernán sabía?

—Hernán revisaba las cuentas cada mes. —Joaquín cerró la carpeta—. Si no lo sabía, alguien se lo escondía muy bien.

—O lo supo al final —dijo Natalia.

***

Natalia miró las hojas por encima del hombro de Joaquín. Al final de cada factura había una firma. Era la de Hernán, la misma que estaba en su tarjeta de cumpleaños, pegada en la nevera. Pero todas eran idénticas, sin una sola diferencia, como si alguien las hubiera puesto con un sello.

—No las firmó él —dijo ella—. Hernán nunca firmaba igual dos veces. Se le iba la mano para arriba cuando estaba cansado.

—Es una firma escaneada. —Joaquín pasó el dedo por encima de una—. Alguien la pegó en cada factura.

—Y Hernán se dio cuenta.

Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, pero ambos pensaron en el mensaje de las 11:40. En el miedo de la llamada a Bogotá. En la tercera hoja del seguro.

Joaquín tomó fotos de cada factura con el celular. Natalia se levantó para estirar las piernas, y entonces vio la vitrina.

Estaba al fondo de la oficina, detrás del escritorio de Rubén. Tenía vidrio por delante y una placa de bronce con letras grabadas: «Tostadora Duque, 40 años». Adentro había una jarra y vasos lisos, de vidrio fino, con el borde pintado de dorado.

Natalia acercó la linterna. Los vasos estaban en dos filas, sobre un paño de terciopelo rojo. Los contó una vez, y luego otra. Eran once.

En la fila de atrás había un hueco. El terciopelo de ese puesto estaba más oscuro que el resto, porque no le había dado la luz en años.

—Joaquín —llamó ella—. ¿Cuántos vasos venían en la vajilla?

Él se levantó del piso y fue hasta la vitrina. Miró el hueco en el terciopelo. Luego sacó su celular y buscó la foto de las 4:21, la del vaso roto al lado del altar.

El borde dorado era el mismo.

—Doce —dijo él—. Mi papá los mandó a hacer para la fiesta de los cuarenta años. Nadie los usa nunca.

—Entonces el vaso salió de aquí.

—Salió de aquí. —Joaquín guardó el celular—. Y solo tres personas tienen llave de esta oficina. Mi mamá, Hernán y Rubén.

Natalia iba a decir el último nombre en voz alta. No alcanzó.

Las luces del techo se prendieron todas a la vez, con un zumbido largo. La pared de vidrio les devolvió sus propias caras, blancas, con las carpetas regadas en el piso.

En la puerta de la oficina estaba Rubén Castillo, con una chaqueta de cuero y las llaves del carro en la mano. No parecía sorprendido.

—¿Buscaban algo?

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