Capítulo 10 · ~5 min
Cambio de rumbo
Arturo despertó de golpe. El eco de un ruido en la planta baja le hizo incorporarse, los sentidos tensos. No era la primera vez que sentía esa alarma, pero esta vez no era por miedo a un enemigo, sino por Valeria. Se puso los pantalones y bajó las escaleras a paso firme, con la pistola en la mano, aunque esperaba no necesitarla.
Al llegar al salón, encontró a Valeria junto a la puerta, con la mochila en la mano y la barbilla en alto. No se veía asustada, solo decidida. Arturo la miró un segundo, midiendo la situación.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó, su voz grave llenando el espacio.
Valeria no apartó la mirada.
—Quiero salir a caminar. Ya pasaron cinco días y no soy tu prisionera.
El silencio pesó entre los dos. Arturo bajó el arma con lentitud. Por un momento pensó en ordenar que subiera de nuevo, en gritar, en recordarle quién mandaba ahí. Pero algo en su postura, en la firmeza de sus ojos, le impidió hacerlo. No vio desafío, sino una petición de respeto.
Guardó la pistola en el cinturón. Caminó hacia ella, lento, sin apartar la mirada. Se detuvo a menos de un metro. Ella no retrocedió.
—No tienes idea de lo que hay afuera, Vale.
—Tampoco tú tienes idea de lo que puedo aguantar yo —respondió, con voz baja pero firme.
Arturo sintió una punzada, una mezcla de respeto y rabia. No era la primera vez que alguien lo retaba, pero nunca así. Era distinto a todo lo que había manejado. Dudó, solo por un segundo.
Volteó hacia la ventana, calculando. Si la dejaba salir, perdía el control. Pero si la encerraba otra vez, algo se rompía entre los dos para siempre. Lo supo sin poder explicarlo.
Volvió a mirarla. Vio el cansancio en su rostro, las ojeras, la boca apretada. Pero también esa voluntad que ya había aprendido a temer y admirar.
—Dame la mochila —ordenó, extendiendo la mano.
Valeria se la dio sin chistar. Arturo la abrió y revisó. Solo había una botella de agua, pan y un libro. Nada más.
—¿Pensabas escapar?
—No. Solo quiero aire. No soy una rata —repitió. Sus ojos brillaban, pero no lloraba.
Arturo soltó la mochila en el sillón. Apoyó las manos en la mesa y respiró hondo. No estaba seguro de lo que iba a hacer, pero la decisión lo quemaba por dentro.
—Está bien. Salgamos juntos.
Valeria lo miró sorprendida. Arturo esperó una queja, un nuevo reto, pero ella solo asintió. Se puso un suéter, cruzó la puerta sin mirar atrás. Arturo la siguió, cerrando la puerta con llave detrás de ambos.
Caminaron por la acera, en silencio. Arturo se mantuvo medio paso detrás. Observaba las manos de Valeria, cómo apretaba los puños y luego los soltaba. El barrio estaba vacío esa hora, solo el ruido de un perro lejano. Había tensión, pero también algo parecido a paz.
Valeria se detuvo en una esquina y miró una pared pintada con grafitis. Arturo se acercó, sin tocarla.
—¿Por qué no intentaste escapar antes? —preguntó él, sin dureza.
Ella lo miró de reojo.
—Porque no soy estúpida. Aquí afuera hay más peligro que adentro. Pero tampoco voy a dejar que me apagues. Ni tú ni nadie.
Arturo sintió el golpe de esas palabras. Por primera vez, se preguntó si protegerla podía ser algo más que encerrar y castigar. Se apoyó en la pared, cruzó los brazos.
—No sé si puedo darte lo que quieres.
—No quiero nada de ti —dijo Valeria, pero su voz era más suave—. Solo no me quites lo poco que aún es mío.
El silencio volvió. Arturo miró el suelo, luego la miró a ella. Sabía que ese momento era un límite. Si cruzaba la línea del control, la perdería para siempre. Si bajaba la guardia, ponía en riesgo todo lo que había construido.
—Mira —dijo él, rompiendo el silencio—. Si vas a estar aquí, las reglas cambian. Ya no eres una prisionera, pero tampoco eres libre de irte. Eso no depende solo de mí. Hay gente que te buscaría, gente peor que yo.
Valeria asintió. Sus hombros bajaron, como si hubiera soltado un peso. Se sentó en la banqueta, mirando el cielo gris.
Arturo se sentó a su lado, sin tocarla. Por primera vez en días, no sentía la urgencia de marcar territorio, de imponerse. Solo se quedó ahí, sintiendo el frío en las manos.
—¿Vas a protegerme o solo quieres controlarme? —preguntó Valeria, sin mirarlo.
Arturo dudó antes de responder.
—No lo sé. Pero hoy te protejo. Mañana veremos.
Valeria soltó una risa corta, seca, pero no amarga. Se puso de pie y caminó hacia la casa sin esperar respuesta. Arturo la siguió, sintiendo que algo se había roto, pero también algo se había formado entre ellos.
Al llegar a la puerta, Valeria se detuvo y lo miró de frente.
—Si vas a cambiar las reglas, más te vale cumplirlas.
Arturo asintió. Le abrió la puerta y la dejó pasar primero. Sabía que ese día no había ganado, pero tampoco había perdido. El control se había ido, y en su lugar quedaba una pregunta más grande: ¿qué consecuencias traerá este cambio?