Capítulo 11 · ~5 min
Oscuridad profunda
Valeria despertó sobresaltada, con el corazón golpeando fuerte y la boca seca. Había soñado que caía, que el suelo desaparecía bajo sus pies y solo quedaba el vacío. Cuando abrió los ojos, la habitación estaba a oscuras. No sabía si era de noche o si Arturo había cerrado las cortinas a propósito. Se quedó quieta, escuchando su propia respiración, hasta que escuchó pasos pesados en el pasillo. El sonido la hizo temblar, pero se obligó a sentarse en la cama.
Arturo abrió la puerta sin tocar. Tenía la cara seria, los ojos más oscuros de lo normal. No dijo nada al principio. Se quedó parado en el marco, observándola con esa mirada que podía ser amenaza o preocupación, nunca sabías cuál.
—Levántate —ordenó, voz seca—. Tenemos que hablar.
Valeria se puso de pie despacio, cuidando que las piernas no le fallaran. No desvió la vista.
—¿Ahora qué? —preguntó, manteniéndose firme.
Arturo no contestó enseguida. Cerró la puerta tras de sí y cruzó la habitación en dos pasos. Tiró una carpeta sobre la mesa.
—Llegó esto hoy. Es sobre tu papá. Hay problemas —dijo, sin mirarla a los ojos.
Valeria sintió un nudo en el estómago. No quería preguntar, pero no podía evitarlo.
—¿Está en peligro? ¿Qué hicieron ahora?
Arturo la miró directo, sin parpadear.
—No me mientas. ¿Sabías que él seguía apostando?
—No, te juro que no —respondió ella, apretando los puños—. Pensé que… pensé que ya no podía meterse en más líos.
Un silencio tenso llenó el cuarto. Arturo se sentó en la silla, la espalda rígida.
—Ahora lo buscan a él y a ti. No solo somos nosotros. Hay gente peor, Valeria. Tipos que no respetan acuerdos. Si se enteran que estás aquí, no voy a poder protegerte —dijo, y por primera vez su voz sonó cansada.
Valeria se acercó a la ventana, apartando la cortina apenas para ver la calle. Todo parecía normal, pero ahora sentía los ojos de alguien más sobre ella, como si la estuvieran esperando afuera.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, sin volverse.
—Nada. Quiero que no salgas, que no hables con nadie. Yo me encargo —respondió Arturo, pero su tono no era tan seguro como otras veces.
Valeria soltó la cortina y se giró, enfrentándolo.
—¿Y si vienen? ¿Si entran? ¿Me vas a encerrar otra vez, como si eso sirviera de algo?
Arturo frunció el ceño y se levantó de golpe.
—No empieces. No tienes idea de lo que está en juego.
—¡Claro que tengo idea! —alzó la voz Valeria—. Llevo meses aquí, pagándolo todo por culpa de él. No me digas que no entiendo peligro.
El silencio volvió, pesado. Arturo bajó la mirada un segundo, luego la sostuvo con fuerza.
—Esta vez no depende solo de mí. Hay cosas que ni siquiera yo puedo controlar. Pero no pienso dejarte sola —dijo, con una firmeza que sonaba a promesa y a amenaza al mismo tiempo.
Valeria sintió que el cuarto se hacía más chico. Se sentó en la orilla de la cama, respirando hondo. No lloró. No iba a darle ese gusto.
Arturo se quedó parado, sin saber si acercarse o salir. Parecía estar peleando contra algo invisible.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó Valeria, bajando un poco la voz—. ¿Por qué sigues decidiendo todo tú?
Arturo apretó los dientes. Dio un paso, luego otro, y se sentó al fin a su lado, sin tocarla.
—No confío en nadie. Ni en mí mismo, a veces. Si te pasa algo, me lo van a cobrar a mí. Pero si hablas con alguien, si sales, nos matan a los dos. ¿Entiendes?
Valeria asintió, sin mirarlo.
—¿Y mi papá? ¿Vas a dejarlo morir?
Arturo se quedó callado. La respuesta estaba en sus ojos, pero también en el cansancio de sus hombros.
—No lo sé. No puedo prometerte nada. Pero tampoco quiero que cargues con esto tú sola —dijo al fin, en voz baja.
Valeria sintió un escalofrío. Todo se volvía más oscuro, más espeso. Por primera vez, pensó que tal vez no había salida. Pero se negó a rendirse. Se puso de pie, obligando a su cuerpo a obedecer.
—Dame la carpeta. Quiero saber exactamente qué está pasando —dijo, estirando la mano.
Arturo dudó, pero al final se la entregó. Valeria la abrió y leyó rápido los papeles. Nombres, direcciones, amenazas escritas a mano. Todo era peor de lo que imaginaba. Pero al menos era la verdad.
—¿Vas a ayudarme? —le preguntó, mirándolo fijo.
Arturo no respondió enseguida. Se levantó, caminó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte.
—Voy a hacer lo que tenga que hacer. Pero tú también tienes que decidir si vas a seguir luchando… o si te vas a rendir —dijo, sin girarse.
Valeria lo vio salir, el sonido de la puerta retumbó en la habitación. Se quedó sola, carpeta en mano, con la cabeza llena de ideas y miedo. No sabía si confiar en Arturo, si esperar algo de su papá, si aún quedaba una salida. Pero una chispa de rabia le prendió dentro. Si tenía que pelear, lo haría a su manera.
Miró por última vez los papeles. Afuera, el silencio era inquietante. No sabía cuánto tiempo le quedaba antes de que todo explotara. La única pregunta que importaba era si encontraría la fuerza para seguir enfrentando la oscuridad.