Historia Abierta
Portada de Cobro a Cuotas
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Capítulo 12 · ~5 min

Búsqueda de luz

Arturo bajó las escaleras con pasos lentos. El silencio de la casa le pesaba, como si cada rincón guardara un secreto. Se detuvo frente a la puerta del cuarto de Valeria. Dudó. Llevaba dos días sin verla salir, y la comida que le dejaba afuera regresaba casi intacta. Golpeó dos veces, fuerte, para que no quedara duda de su intención.

—Valeria, tienes que comer. Abre la puerta —dijo, con voz más baja de lo que esperaba.

Nada. Ni un ruido. Arturo apretó el puño y apoyó la frente en la puerta. Por un momento pensó en entrar a la fuerza, pero se contuvo. Giró el picaporte. Estaba sin seguro. Empujó despacio.

La encontró sentada en el suelo, de espaldas a la cama, abrazando sus rodillas. Tenía el cabello enredado y la mirada clavada en la pared. No levantó la vista ni cuando él entró. Arturo cerró la puerta detrás de sí.

—No puedes seguir así —intentó de nuevo, buscando sus ojos—. No eres de las que se rinden, Valeria.

Ella ni parpadeó. Arturo se arrodilló a su lado. No supo qué hacer con las manos, así que las dejó caer sobre sus rodillas. Miró alrededor: la colcha arrugada, una taza fría sobre la mesa, ropa en el piso. Todo indicaba que Valeria había dejado de pelear.

—Sé lo que es perder el control —dijo en voz baja—. También sé que duele.

Valeria soltó una risa seca, casi un suspiro. No era burla, era cansancio.

—¿En serio sabes? —respondió sin mirarlo—. Lo dudo mucho.

Arturo sintió la punzada de la duda. Quiso gritarle que él también había sido una pieza, un objeto, igual que ella. Pero solo tragó saliva.

—Te entregaron igual que a mí, Valeria. No lo olvido —dijo, esta vez con firmeza—. Pero quedarse en el suelo no cambia nada.

Ella giró la cabeza despacio. Tenía los ojos rojos, pero no lloraba.

—¿Y qué propones? ¿Que salga a sonreír? Afuera hay gente esperando para destruirnos. ¿Qué vas a hacer, Arturo? ¿Vas a matarlos a todos?

Por primera vez, Arturo bajó la mirada. Sabía que no podía prometer lo imposible. Tampoco quería engañarla. Resopló, frustrado, y se puso de pie. Caminó hacia la ventana y abrió la cortina. Luz gris entró al cuarto, débil pero real.

—No prometo nada. Pero tampoco me voy a quedar cruzado de brazos —dijo—. Por ti, hago lo que sea. Pero necesito que luches conmigo, no contra mí.

Valeria lo miró de reojo. No pareció convencida, pero tampoco lo echó.

Arturo se sentó en la orilla de la cama. Apoyó los codos en las rodillas y se frotó la cara. Pensó en todo lo que había hecho para llegar hasta ahí. Todo lo que había perdido.

—Antes, cuando era chico, mi papá me dejó en manos de gente peor que yo mismo. Pensé que si sobrevivía, nunca iba a dejar que me usaran otra vez. Pero ahora siento que no puedo proteger ni a los míos —admitió, sin esperar lástima.

El silencio se hizo más pesado. Valeria se levantó, despacio, y se sentó a su lado en la cama. No lo tocó, pero no hacía falta. El simple hecho de que estuviera cerca ya era un avance.

—No sé si puedo confiar en ti —dijo ella, bajito—. Pero tampoco quiero seguir sola aquí, esperando que todo se derrumbe.

Arturo la miró. Vio la misma fuerza de siempre, escondida bajo el cansancio. Quiso decir algo que la convenciera, pero no encontró palabras.

—No te estoy pidiendo que confíes. Solo que no te apagues —respondió—. Si quieres pelear, peleamos. Si quieres huir, huimos juntos. Pero no te quedes aquí muriendo en vida.

Valeria cerró los ojos un momento. Respiró hondo. Luego se levantó y caminó hacia la puerta. Se detuvo y giró apenas el rostro.

—Dame una hora. Después hablamos —dijo con voz firme.

Arturo asintió. Ella salió sin mirar atrás. Cuando la puerta se cerró, sintió una mezcla rara de alivio y miedo. Sabía que no podía forzarla a salir de la oscuridad. Tenía que darle espacio, aunque eso significara arriesgarlo todo.

Bajó a la cocina. Sirvió café y lo dejó sobre la barra, esperando que Valeria bajara. Se quedó de pie, mirando la taza, como si pudiera adivinar el futuro en el vapor. El reloj marcaba los minutos con un tic-tac insoportable.

Pensó en llamar a uno de sus hombres para pedir refuerzos, pero lo descartó. No quería más violencia. Lo que necesitaban era otra cosa. Volvió a repasar en su cabeza la carta de Jorge. "Cuídala, por favor. No soy capaz." Esa frase le dolía más que cualquier amenaza. ¿En qué momento él, el ejecutor, se había convertido en el único sostén de alguien?

Escuchó pasos en las escaleras. Valeria apareció en la puerta de la cocina. Llevaba el cabello recogido y ropa limpia. Tenía el rostro serio, pero sus ojos ya no estaban vacíos.

—¿Vas a decirme toda la verdad, Arturo? ¿O solo lo que te conviene?

—Toda la verdad —respondió él, sin dudar—. Pregunta lo que quieras.

Valeria se acercó y tomó la taza de café. Bebió un sorbo y lo miró directo.

—¿Hasta cuándo piensas controlarme? —preguntó, sin rodeos.

Arturo sostuvo su mirada. El peso de la pregunta lo golpeó. Supo que la respuesta podía cambiarlo todo.

—Hasta que seas libre de verdad. Y si tengo que enfrentar a quien sea para lograrlo, lo haré. Pero no voy a forzarte nunca más.

Valeria asintió, despacio. No sonrió, pero sus hombros dejaron de estar tensos. Se sentó frente a él y apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces pelea conmigo, no contra mí —dijo—. Pero si te echo, te vas. ¿Entiendes?

Arturo no sonrió, pero por primera vez sintió que algo cambiaba. Asintió, firme.

—Entiendo. Aquí estoy, Valeria. Lo que decidas, lo acepto.

El silencio volvió, pero ya no era el mismo. Había una tregua, frágil, pero real. Arturo respiró hondo, preguntándose si eso sería suficiente para salvarla.

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