Historia Abierta
Portada de Cobro a Cuotas
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Capítulo 13 · ~5 min

Decisión definitiva

Valeria despertó temprano, con la garganta seca y la cabeza llena de pensamientos. No había dormido bien en días. La casa estaba en silencio, demasiado silencio para sus nervios. Se sentó en el borde de la cama y repasó la carpeta de amenazas sobre la mesa. La miró sin tocarla. Esa carpeta era la prueba de que nada estaba bajo control, ni siquiera ahora que Arturo había prometido protegerla.

Caminó hacia el baño, se echó agua en la cara y se miró al espejo. Por primera vez en semanas, se vio cansada pero decidida. No podía seguir esperando a que otros decidieran por ella, ni dejarse consumir por el miedo. Se puso unos jeans y una camiseta vieja. Salió del cuarto con pasos firmes.

Al cruzar el pasillo, encontró a Arturo en la cocina. Él estaba de pie, tomando café, con la mirada perdida en la ventana. Tenía la barba crecida y el ceño fruncido. Cuando la vio, dejó la taza sobre la mesa sin decir nada.

—Quiero hablar contigo —dijo Valeria, firme.

Arturo se limitó a asentir. No era momento de juegos ni amenazas. Ella se sentó frente a él, sin apartar la mirada.

—Voy a salir hoy. Necesito ver a mi papá. No me voy a quedar aquí esperando a que todo explote en la cara de los tres.

Arturo apretó la mandíbula. No respondió al instante. Parecía medir cada palabra, como si supiera que cualquier error podía romper la tregua frágil que los unía.

—No es seguro —dijo al fin, con voz baja—. Si sales, pueden seguirte. Pueden hacerte daño, o peor, usar a Jorge para llegar a ti.

Valeria sostuvo la mirada. No iba a ceder.

—Ya no se trata solo de mí. Si no hago nada, esto no va a parar. Tú no puedes estar en todo. Mi papá menos. Déjame intentarlo a mi manera.

Arturo tomó aire, se pasó las manos por el rostro y miró el suelo. Era raro verlo así, sin la coraza de ejecutor, solo como un hombre cansado.

—Si vas, yo voy contigo. Pero no te prometo que termine bien.

Valeria negó con la cabeza.

—No quiero que estés ahí para intimidar a mi papá. Necesito que hables claro, pero que me dejes hablar a mí. Él tiene que escucharme de verdad, no solo asustarse contigo.

Arturo la miró como si no entendiera. Pero al final, cedió.

—Hablas y yo escucho. Pero si algo se complica, yo decido.

Valeria aceptó el trato. Se pusieron de acuerdo en salir juntos, pero sin armas ni amenazas. Solo palabras. Eso ya era un riesgo para ambos.

Unas horas después, llegaron al departamento donde vivía Jorge. El edificio olía a humedad y encierro. El pasillo estaba lleno de basura y papeles viejos. Valeria sintió el corazón acelerado, pero no dudó. Tocó la puerta tres veces, fuerte.

Jorge tardó en abrir. Cuando vio a Valeria, se encogió de hombros y apartó la mirada. Arturo se quedó en la entrada, con los brazos cruzados.

—¿Otra vez aquí, hija? —preguntó Jorge, con la voz temblorosa. No se atrevía a mirar a Arturo.

—Necesito hablar contigo. Sin excusas —dijo Valeria, entrando al departamento sin esperar invitación.

El lugar era pequeño, apenas dos cuartos y una cocina sucia. Jorge se sentó en una silla rota. Valeria se paró frente a él, sin dejarlo escapar con la mirada.

—¿Sabes lo que hiciste? —preguntó ella—. No solo me entregaste una vez. Ahora volviste a meterme en peligro. Nos metiste a todos.

Jorge tragó saliva. No podía sostener la mirada de su hija.

—Yo… No quería, Vale. Solo fue una racha de mala suerte. Pensé que podía arreglarlo antes de que te afectara otra vez.

—Eso no es verdad y lo sabes —interrumpió Valeria, cortante—. Siempre es lo mismo. Prometes, lloras, pero no cambias. Ahora tienes que escucharme, papá. Si sigues así, esta vez sí nos vas a perder para siempre. A mí, a todo lo que te queda.

Jorge bajó la cabeza, mordiéndose los labios.

—No sé cómo salir, hija. Ellos… ellos no perdonan. Arturo tampoco.

Valeria miró a Arturo, que seguía parado en la puerta. Él asintió, pero no dijo nada. Por primera vez, Valeria sintió que tenía el control.

—Yo voy a salir de esto, papá. Contigo o sin ti. O te levantas y enfrentas lo que hiciste, o te olvidas de mí —dijo Valeria, con la voz firme, aunque por dentro temblaba.

Jorge soltó un suspiro largo, casi un sollozo. Miró a su hija con ojos rojos.

—¿Qué quieres que haga? Si hablo, me matan. Si me escondo, igual. No tengo salida.

Valeria se acercó, lo tomó de los hombros y lo obligó a mirarla.

—Tienes una sola oportunidad. Haz lo correcto. Habla con quien tengas que hablar. Pide ayuda. Pero si vuelves a apostar, si vuelves a mentir, no me busques nunca más.

Jorge asintió, derrotado. Valeria soltó sus hombros y retrocedió. Miró a Arturo, buscando una respuesta. Él se acercó y, por primera vez, habló con menos dureza.

—Yo puedo sacarte de esto, Jorge. Pero no por ti, sino por Valeria. Si la vuelves a poner en peligro, ahí sí no te salva nadie. ¿Entendiste?

Jorge levantó la vista y asintió en silencio. Valeria sintió que el aire pesaba menos. Por primera vez, la decisión era suya.

Salieron del departamento sin mirar atrás. Valeria bajó las escaleras rápido, sentía que había cruzado un límite.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Arturo, mientras caminaban hacia el auto.

Valeria lo miró de frente.

—No hay otra opción. Es esto o seguir siendo una prisionera. Prefiero arriesgarme.

Arturo se quedó callado. Arrancó el auto y manejó en silencio. Valeria apoyó la cabeza en la ventana. Sabía que lo que acababa de hacer no tenía vuelta atrás. Ahora todo dependía de lo que Jorge decidiera. O de lo que Arturo estuviera dispuesto a arriesgar por ella.

La pregunta flotaba en el aire. ¿Qué consecuencias tendría su elección?

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