Capítulo 6 · ~5 min
Confesiones y límites
Arturo bajó las escaleras con pasos pesados. La puerta de la habitación de Valeria estaba entornada. No recordaba haber dejado el seguro sin poner, pero tampoco le importó. Observó por un instante el desorden de la cama y el libro que Valeria había dejado abierto, como si nada en el mundo pudiera interrumpirla.
Valeria levantó la mirada, sin miedo, solo con esa mezcla de cansancio y rabia que ya era costumbre. Arturo se quedó apoyado en el marco, buscando las palabras. No era bueno con eso. Pero esa mañana había despertado con el peso de algo en el pecho.
—¿Vas a quedarte ahí mirando o tienes algo que decir? —dijo Valeria, cruzando los brazos.
Arturo respiró hondo. No podía seguir con el juego de siempre. Se sentó en la silla, frente a ella, sin apartar la vista.
—Anoche soñé con mi padre —soltó, como quien se arranca una astilla. Valeria no respondió, pero sus hombros se relajaron un poco.
—¿Y? —insistió ella, bajando la guardia apenas un grado.
—Me vi a mí mismo, arrinconado igual que tú. Igual de jodido —dijo Arturo, con voz ronca—. Él me entregó, igual que el tuyo. Por unas monedas. —Se pasó la mano por la barba, evitando mirarla a los ojos—. No pensé que iba a doler todavía.
Valeria guardó silencio. Cerró el libro y lo puso en la mesa, despacio. No era la primera vez que Arturo soltaba algo personal, pero nunca con ese tono. Él notó la diferencia: ahora no fingía dureza, solo hablaba.
—No soy tu enemigo, Valeria. O no quiero serlo todo el tiempo —admitió Arturo, bajando la voz—. Pero hay cosas que no puedo soltar. El control. La rabia.
Por un momento, solo se escuchó el ruido lejano del agua en las tuberías. Valeria lo miraba fijamente, como si buscara el punto exacto donde él podía romperse o huir.
—¿Entonces qué quieres? ¿Que te tenga lástima? —preguntó ella, pero sin veneno. Solo curiosidad.
—No —respondió Arturo, firme—. Solo que entiendas que no todo esto es solo por la deuda. Hay cosas que no sé manejar. Y contigo… no funciona como con los demás.
Valeria asintió. Se levantó despacio y fue hacia la ventana. Miró el patio sin abrir los vidrios. Después se volvió hacia él.
—No pienso obedecer solo porque sí. Si quieres control, tendrás que ganártelo. Y si quieres respeto, dámelo primero.
Arturo se levantó también. La distancia entre los dos lo hizo sentir incómodo, como si la habitación se achicara.
—Te respeto —dijo, bajando la cabeza apenas—. Pero necesito que sigas las reglas. No puedo permitir que esto se descontrole. Si los demás ven que no obedece la garantía, pierdo el mando.
Valeria lo interrumpió levantando la mano.
—Puedes poner reglas. Pero nada de golpes ni encierros. Eso no es respeto, es miedo. Si quieres que cumpla, háblame claro. Y yo también.
Arturo dudó. Nunca había cedido así, nunca había negociado con nadie. Pero algo en Valeria lo forzaba a hacerlo, como si ella pusiera las cartas y él solo pudiera responder.
—Hecho —dijo al fin, con voz seca—. Pero una falta grave, y no me tiembla la mano.
Valeria sonrió, apenas. Era una sonrisa torcida, como de quien sabe que la pelea sigue, pero también reconoce una victoria pequeña.
—¿Cuál es el límite? —preguntó ella.
—No puedes salir del galpón, no puedes hablar con nadie sin permiso, no puedes tocar mis cosas. Pero puedes pedir lo que necesites. Si no abuso, tú tampoco.
Valeria se acercó, poniendo el libro en la mano de Arturo. Él lo miró, confundido.
—Esto lo encontré en tu escritorio. Es tuyo. No quise faltarte al respeto —murmuró ella.
Por primera vez en mucho tiempo, Arturo sintió un nudo en la garganta. Era solo un libro viejo, pero nadie antes le había devuelto algo sin sacar provecho.
—Gracias —dijo, casi en un susurro.
Ella lo miró directo, sin miedo. Arturo vio en esos ojos la misma rabia, pero mezclada con una claridad que lo desarmaba.
—¿Por qué me dejaste la puerta abierta anoche? —preguntó Valeria, con voz baja.
Arturo dudó. No sabía si mentir o soltar la verdad, pero algo en su pecho se rebeló contra el silencio.
—Porque quise confiar. Porque quería ver si te ibas. Y no lo hiciste.
Valeria negó despacio, como si pensara en cada palabra.
—No me fui porque no soy como mi padre. Yo no abandono. Si algún día salgo de aquí, será de frente.
Arturo sonrió, pero fue una sonrisa amarga. Entre ambos se formó un silencio distinto, más liviano pero igual de tenso.
Ella se sentó en la cama y él se quedó de pie, con el libro en la mano. No sabía qué más decir, pero tampoco quería irse. El ambiente ya no era sólo amenaza. Había algo parecido a un acuerdo, aunque fuera frágil.
Antes de salir, Arturo miró a Valeria una vez más. No era su enemiga, pero tampoco era su aliada. Todo podía cambiar en cualquier momento. Cerró la puerta sin seguro, dejando en el aire la pregunta que lo quemaba: ¿podrán mantener este frágil equilibrio?