Historia Abierta
Portada de Cobro a Cuotas
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Capítulo 5 · ~5 min

Prueba de resistencia

El sonido de las botas de Arturo retumbó en el pasillo. Valeria lo escuchó acercarse incluso antes de que abriera la puerta. No se movió de la silla donde la había obligado a sentarse desde hacía más de una hora. Sus manos estaban atadas por detrás y tenía las muñecas rojas de tanto forcejear.

—¿Otra vez con esa cara de reto? —Arturo se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos—. ¿Cuántas veces te tengo que decir que aquí las reglas las pongo yo?

Valeria sostuvo la mirada. No dijo nada, pero apretó la mandíbula. Arturo la observó un momento, buscando cualquier señal de miedo. Cuando no la encontró, chasqueó la lengua y se acercó despacio.

—Hoy me cansé de tus juegos, Valeria. Te advertí que no tocaras ese teléfono. ¿Qué tanto buscabas?

—No buscaba nada tuyo. Solo quería saber la hora. No soy una ladrona.

Arturo le dio la vuelta a la silla y se puso detrás de ella. Valeria sintió el aliento de él en la nuca, pero no se encogió. El silencio se volvió pesado. Arturo le cortó las ataduras de un tirón seco, la hizo pararse de golpe y la llevó hasta el centro del galpón.

—¿Sabes qué le pasa a la gente que no aprende la primera vez? —dijo Arturo, ya con voz ronca.

Valeria alzó la barbilla y lo miró directo a los ojos, aunque sentía las piernas temblar.

—No me importa tu método. No soy como los demás que has tenido aquí. No me vas a quebrar.

Arturo sonrió, pero había algo raro en su mirada, como si la rabia estuviera mezclada con otra cosa. Levantó la mano y la señaló.

—Quítate la camisa.

Valeria dudó un segundo. Sabía que podía negarse, pero tampoco quería darle el gusto de verla rogar. Se la quitó rápido, quedando solo con el sostén. Arturo se acercó y le mostró una vara de madera.

—Esto no es personal. Es para que aprendas a obedecer.

Valeria cerró los puños. El primer golpe la hizo encorvarse, pero no gritó. Arturo repitió el castigo dos veces más, midiendo la fuerza. Valeria sentía que la piel ardía, pero no bajó la cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran.

—¿Vas a llorar ahora? —preguntó Arturo, acercándose otra vez.

—No. —La voz de Valeria salió firme, aunque le costó decir la palabra—. Haz lo que quieras. Yo no voy a suplicar.

Arturo se detuvo. Por un momento, no supo qué hacer. Bajó la vara y se quedó mirándola, como si buscara algo en su rostro. Valeria lo vio dudar. Era la primera vez que pasaba.

—¿Por qué sigues peleando? —preguntó al fin Arturo, más bajo—. ¿No entiendes que nadie va a venir por ti?

—Porque todavía soy yo. Y ni tú ni nadie me va a quitar eso.

El silencio se hizo largo. Arturo le pasó la camisa y se alejó, dándole la espalda. Valeria se puso la prenda con movimientos lentos. A pesar del dolor, se mantuvo de pie, esperando lo siguiente.

Arturo se sentó en una caja y se frotó el rostro con ambas manos. Parecía cansado. Valeria lo miró fijamente, notando por primera vez algo frágil en su postura. No era el monstruo invencible que todos decían.

—Puedes sentarte si quieres —dijo Arturo, sin mirarla—. No te voy a tocar más hoy.

Valeria lo pensó, pero decidió quedarse parada. No iba a mostrar debilidad ahora. Observó cómo Arturo encendía un cigarro y lo fumaba en silencio. El humo llenó el aire, denso y agrio.

Pasaron varios minutos sin hablar. Valeria se frotó los brazos para calmar el ardor. Arturo soltó el cigarro y lo aplastó contra el suelo.

—¿Te dolió? —preguntó de pronto, sin sarcasmo.

—Claro que sí. Pero no lo suficiente.

Arturo soltó una risa corta, casi amarga. Se levantó y caminó hacia ella, con pasos menos seguros que antes. Se detuvo a medio metro.

—Hoy casi me ganas —admitió Arturo bajito—. No sé si eso es bueno o malo para ti.

Valeria se cruzó de brazos. Por primera vez, notó que él no la veía como un simple objeto de castigo. Había respeto y algo de miedo en esa mirada.

—No quiero ser tu enemiga —dijo ella, bajando un poco la voz—. Solo quiero que me trates como persona.

Arturo la miró de arriba abajo, como si no supiera cómo responder. Finalmente, se apartó y fue hacia la puerta del fondo.

—Descansa. Mañana hablamos —dijo, y se fue sin cerrar la puerta con llave.

Valeria se quedó sola en el galpón, sintiendo el ardor en la espalda y la extraña calma de haber resistido una vez más. Miró la puerta entreabierta y pensó en lo que acababa de pasar.

¿Hasta dónde podía llegar esa grieta que había visto en Arturo? Algo había cambiado. Valeria supo que, aunque el dolor seguía, ahora había una oportunidad nueva. No sabía si era para bien o para mal, pero la duda la hizo sonreír, apenas un poco, mientras se recostaba en la pared y dejaba que la noche avanzara.

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