Historia Abierta
Portada de Cobro a Cuotas
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Capítulo 4 · ~5 min

Sombras del pasado

Arturo se apoyó contra la puerta de metal, brazos cruzados, observando cómo Valeria doblaba una sábana sobre el catre. Ella se movía rápido, casi con rabia, como si cada pliegue fuera una pequeña batalla que tenía que ganar. La tensión en la habitación era gruesa, llena de palabras que ninguno había decidido soltar.

Valeria lo miró de reojo, desafiante.

—¿Vas a quedarte ahí toda la mañana vigilando o piensas decirme lo que quieres?— soltó, con voz fuerte, sin temblar ni un poco.

Arturo no respondió enseguida. Le gustaba esa energía, aunque no lo admitiera. Dio un paso al frente, dejando que sus botas resonaran sobre el piso de cemento.

—Hoy no vengo a darte órdenes —dijo, firme—. Pero sí quiero que entiendas algo. Aquí no se trata solo de sobrevivir, Valeria. Esto es un juego en el que cada uno arriesga lo que tiene.

Valeria dejó la sábana y se giró, cara a cara con él.

—¿Juego? Para mí esto no tiene nada de divertido, ¿sabes?— Su voz se quebró apenas, pero sostuvo su mirada.

Arturo sintió el impulso de gritarle que no tenía idea de lo que era perderlo todo, pero se contuvo. Caminó hacia la pequeña mesa y se sentó, dándose unos segundos para elegir las palabras. No estaba acostumbrado a hablar de sí mismo, mucho menos a mostrar debilidad.

—Hace años, yo también fui garantía de una deuda —empezó, mirando su propia mano, la cicatriz en el nudillo—. No siempre fui el que manda. Alguien me entregó, igual que hicieron contigo. Solo que yo no tenía a quién reclamarle nada.

Valeria se quedó quieta, sin saber si creerle o no. El silencio se estiró, pesado.

—¿Y qué pasó?— preguntó, dudosa.

Arturo levantó la mirada. Sus ojos, tan duros siempre, parecían apagados por un momento.

—Sobreviví. Aprendí que nadie viene a rescatarte. Ni tu familia, ni tus amigos. Solo tú puedes salir del hoyo, y eso si tienes suerte. Yo la tuve, pero no gratis. —Su voz era grave, casi ronca—. Aprendí a no confiar en nadie. A no mostrar lo que siento. Aquí, la debilidad es un lujo que te cuesta caro.

Valeria apretó los labios. No bajó la cabeza, pero su postura se relajó apenas. Retrocedió un paso y apoyó la espalda en la pared.

—¿Por eso eres así? ¿Por eso tratas a la gente como cosas?— No era un reproche, más bien una pregunta seria, directa.

Arturo la miró de frente, sin parpadear.

—No confío en nadie. Esa es la única razón por la que sigo vivo. Si te parece cruel, es porque nunca viste lo que pasa cuando dejas que te tomen por débil. —Se incorporó, acercándose a ella—. Pero tú eres diferente. No sé si es terquedad o coraje, pero no te quiebras.

Valeria sostuvo la mirada, desafiante pero curiosa.

—No pienso darte el gusto —dijo—. Si crees que voy a dejar de ser yo porque tú lo digas, estás perdiendo el tiempo.

Arturo soltó una risa seca. No era burla, más bien cansancio.

—Eso ya lo entendí. Solo te digo que aquí, la voluntad se paga caro. Y a veces, el precio es más alto de lo que imaginas.

Valeria arrugó la frente. Observó la cicatriz en la mano de Arturo, las venas marcadas de tanto apretar los puños. Por primera vez vio algo más que al verdugo: un hombre marcado por algo que no terminaba de contar.

—¿Y si yo tampoco confío en nadie?— preguntó, casi en susurro.

—Entonces estamos iguales —respondió Arturo, bajando el tono—. Pero eso no cambia tu situación aquí. Las reglas siguen siendo las mismas.

Valeria lo miró sin miedo, solo con cansancio. Bajó la mirada hacia la sábana, la terminó de doblar y la dejó sobre la mesa, al lado de Arturo.

—¿Vas a castigarme otra vez solo porque te respondo?— preguntó, con un dejo de ironía.

Arturo negó con la cabeza.

—No hoy. Pero no confundas el diálogo con confianza. Aquí, cada uno cuida lo suyo.

El silencio volvió, cortante. Arturo se puso de pie y caminó hacia la puerta. No la abrió aún. Se quedó ahí, dándole la espalda, como si le costara irse o decir la siguiente frase.

—Mi padre me vendió por una deuda de juego —dijo, casi en susurro—. Igual que el tuyo. La diferencia es que yo nunca lo volví a ver y no pienso perdonarlo.

Valeria sintió un nudo en la garganta, pero lo ocultó. No respondió. Se acercó a la mesa, tocó la sábana y luego el borde áspero de la madera. No había consuelo ni para ella ni para él, solo una verdad incómoda flotando en el aire.

Arturo abrió la puerta al fin, pero no salió. Se giró apenas, lo suficiente para que Valeria alcanzara a ver su perfil endurecido.

—Si quieres sobrevivir aquí, aprende rápido. Nadie te va a cuidar. Ni siquiera yo. —Salió sin mirar atrás, dejando la puerta cerrada tras de sí.

Valeria se quedó sola, con la cabeza llena de preguntas nuevas. Miró el catre, la puerta y la mesa. Por primera vez, pensó que quizá el monstruo del galpón no estaba tan lejos de lo que ella podía ser si la vida hubiera decidido otra cosa.

La habitación se sentía más pequeña, pero también menos ajena. Había algo roto en Arturo que ella empezaba a entender, aunque no supiera si eso cambiaría algo para los dos.

¿Cambiaría esto la dinámica entre ellos?

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