Capítulo 3 · ~5 min
Acuerdos incómodos
Valeria se despertó sobresaltada, todavía con el cuerpo tenso por la noche en vela. Apenas había dormido. Escuchó pasos acercándose por el pasillo y se sentó en la cama, alerta. Arturo empujó la puerta sin anunciarse. La miró de arriba abajo, evaluando cada gesto.
—Levántate. Hoy hablamos —ordenó, con la voz más áspera que el día anterior.
Valeria lo enfrentó con la mirada. No se movió hasta que él retrocedió un paso y le dio espacio para salir. Caminó tras él sin decir palabra, sintiendo su propia respiración acelerarse con cada paso. Llegaron a una mesa pequeña, apenas iluminada por una lámpara vieja. Arturo se sentó primero y señaló la silla de enfrente.
—Siéntate.
Valeria obedeció, sin perderle la vista. Arturo apoyó los codos en la mesa.
—No me interesa tu opinión sobre cómo llegaron las cosas hasta aquí. Pero sí quiero dejar claras las reglas —dijo, lento, como si cada palabra pesara.
Ella cruzó los brazos.
—Yo tampoco tengo mucho interés en tu historia. Así que vamos directo: quiero saber qué esperas de mí, exactamente.
Arturo sonrió apenas, esa sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Obediencia, respeto, silencio cuando lo pida. Haces lo que te digo. No preguntas, no reclamas.
Valeria apretó los dientes. Sabía que no podía ganar fuerza ahí, pero sí podía negociar límites.
—Y si hago lo que dices… ¿vas a tratarme como persona o como mercancía? —disparó, sin temblar la voz.
Arturo tamborileó los dedos en la mesa.
—Mientras no me desafíes, tendrás lo básico: comida, cama, baño. No más. Si cruzas la línea, se acabaron los privilegios.
Valeria bajó la vista por un momento, pero volvió a clavarle los ojos.
—Quiero una puerta que cierre. Quiero poder ducharme sin que me vigiles. Y que no me hables como si fuera un perro.
El silencio se estiró. Arturo la miró, evaluando. Por un momento pareció a punto de reírse, pero solo asintió.
—La puerta, sí. El baño, tendrás cinco minutos. Pero no olvides quién manda aquí, Valeria.
—No planeo olvidarlo, pero tampoco voy a dejar que me aplastes —respondió ella, firme.
Arturo apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia ella.
—No provoques. No me hagas perder la paciencia.
—Depende de cómo me trates. No soy tu enemiga, pero tampoco tu juguete.
Por primera vez, Arturo no respondió de inmediato. Parecía medir cada palabra, como si no estuviera acostumbrado a que alguien le hablara así. Finalmente, se levantó de golpe. La silla chirrió sobre el suelo.
—Tienes media hora para asearte y limpiar este lugar. Si encuentro algo fuera de lugar, lo pierdes todo. ¿Entendido?
Valeria asintió. Cuando Arturo salió, ella se permitió soltar el aire que llevaba contenido. Caminó al baño, cerró la puerta como pudo y se apoyó en el lavabo. Se mojó la cara, sintiendo el agua fría como un golpe de realidad. Miró su reflejo: ojeras, el cabello enredado, los ojos encendidos. No podía dejar que la derrotara.
Tomó cinco minutos exactos, como había prometido. Limpiar el lugar fue otra forma de liberar la rabia: movió muebles, barrió con fuerza, dejó todo reluciente. Cada cosa en su sitio era una pequeña victoria. No había música, ni ventanas, ni nadie a quien pedir ayuda. Solo el eco de sus propios pensamientos y el miedo a fallar.
Cuando terminó, volvió a la mesa. Arturo ya estaba ahí, revisando unos papeles. Ni la miró al entrar.
—¿Y ahora qué? —preguntó Valeria, cruzando los brazos.
Arturo levantó la vista, sin expresión.
—Ahora esperas. Hoy viene gente. Si te ven sucia o desobediente, hay consecuencias. ¿Te quedó claro?
—¿Qué clase de gente?
Arturo cerró la carpeta de golpe.
—Eso no es asunto tuyo. Haz lo que te digo. Punto.
Valeria sintió una punzada de inquietud. Pero no insistió. Caminó hacia el rincón donde había dormido y se sentó en el suelo, abrazando las rodillas. Pasaron minutos largos, tensos. Escuchó voces ahogadas tras la puerta. Se agudizó el olor a cigarro. Por el hueco de la puerta vio pasar dos hombres, grandes, tatuados. Uno la miró de reojo, pero siguió de largo.
No podía dejar que la vieran débil. Se obligó a mirar al frente, la espalda recta. Cuando los pasos se alejaron, Arturo volvió a aparecer. Cerró la puerta tras de sí, con llave.
—Escucha bien —dijo, ahora en voz baja—. Si alguien pregunta, eres mi responsabilidad. No hablas con nadie. No sonríes. No existes.
Valeria lo miró a los ojos, sin ceder ni un milímetro.
—¿Y si me preguntan algo?
Arturo apretó la mandíbula, molesto.
—Les dices que no sabes nada. Y te callas. Si haces lo contrario, lo lamentas. ¿Estamos claros?
—Estamos claros —respondió Valeria, seca.
Él la miró un segundo más, buscando algo en su rostro. Luego salió y la dejó sola otra vez. El encierro se sentía más pesado con cada minuto, pero Valeria no se permitió flaquear. Caminó por el galpón, repasando mentalmente cada palabra, cada mirada. Había logrado un mínimo de respeto, pero el precio era alto: vigilia constante, silencio obligado, tensión en cada músculo.
Sabía que el acuerdo no la protegía, solo la mantenía a flote. Pero era un inicio. Algo había cambiado: Arturo ya no la veía solo como una carga. Había visto su fuerza, su terquedad. Y eso, en ese mundo, podía ser su arma más peligrosa.
Al final del día, cuando la puerta volvió a cerrarse tras ella, Valeria se preguntó qué buscaba realmente Arturo detrás de tanta dureza. ¿Era solo poder o había algo más que él no quería mostrar?