Capítulo 2 · ~5 min
Primeros choques
Arturo abrió la puerta de la habitación sin avisar. Quería verla temblar, acorralada, pero la encontró sentada en el colchón, la espalda recta. No había lágrimas. Ni siquiera bajó la mirada.
—Levántate. Ahora —ordenó él, cruzado de brazos, la voz dura.
Valeria se puso de pie despacio, sin quitarle los ojos de encima. Llevaba la misma ropa del día anterior. No olía bien, pero eso no le importaba a Arturo. Lo que quería era otra cosa: respeto, miedo, que ella entendiera de quién dependía.
—¿Vas a seguir mirándome así? —preguntó él, acercándose un paso—. ¿O ya entendiste quién manda aquí?
Ella ni parpadeó.
—¿Qué quieres que haga? Si de todos modos no tengo adónde ir.
Ese tono calmado, casi desafiante, le hizo apretar los dientes. Arturo odiaba cuando la gente no mostraba miedo. Era como una provocación directa. Le dieron ganas de gritarle, pero se contuvo. En vez de eso, la señaló con el dedo.
—Aquí se hace lo que yo digo. Si no, te va a ir mal. ¿Te quedó claro?
Valeria asintió, pero sin sumisión.
—Me quedó claro desde ayer. Pero no soy un mueble. Si voy a estar aquí, al menos dime qué esperas de mí.
Arturo se sorprendió por la rapidez de su respuesta. Nadie había hablado así en mucho tiempo. Dio la vuelta y salió, haciéndole un gesto para que lo siguiera. Ella lo hizo en silencio, pero con la cabeza en alto.
Cruzaron el pasillo largo del galpón. El olor a humedad lo llenaba todo. Arturo se detuvo frente a una mesa vieja, llena de papeles y botellas vacías. Tomó un cigarro y lo encendió. Sabía que tenía que dejar claras las reglas, pero no quería mostrar que la situación lo incomodaba.
—Aquí no hay horarios, pero hay límites. No vas a salir del galpón sin permiso. No vas a tocar nada de lo que no te diga. Y si me desafías, lo vas a pagar caro.
Valeria se apoyó en la pared, cruzando los brazos.
—¿Y si cumplo? ¿Qué gano?
Arturo soltó una carcajada seca.
—¿De verdad crees que esto es un trato?
—No soy una esclava —dijo ella, firme—. Si me quieres útil, dímelo. Si no, igual vas a tener que soportarme.
El silencio se hizo espeso. Arturo se acercó hasta quedar a medio metro de ella. Bajó la voz.
—No hables de soportar. Aquí el que decide cuánto vales soy yo.
Se quedaron mirándose. Arturo sintió la tensión en el aire, como si algo fuera a romperse. No podía dejar que ella pensara que tenía poder. Pero tampoco podía negar que esa actitud lo descolocaba.
—Muy bien —dijo al fin—. Limpiarás aquí. Harás lo que te pida, sin preguntas. Y si te portas, te conseguiré algo de ropa y comida decente. ¿Eso quieres?
Valeria no sonrió, pero asintió.
—Prefiero eso a quedarme encerrada sin hacer nada. Pero si intentas pasar una línea, te advierto: no me voy a quedar callada.
Arturo apretó el cigarro entre los labios. Estaba a punto de contestar cuando ella se apartó, agarró un trapo de la mesa y empezó a limpiar una botella rota, como si la conversación hubiera terminado. Él la observó unos segundos. No sabía si pegarle un grito o reírse de su descaro.
Se sentó en una silla, la observó mientras limpiaba. Había visto a muchos quebrarse el primer día. Ella no. Eso le molestaba más de lo que quería admitir.
El silencio se llenó con el sonido del trapo frotando el vidrio. Arturo se levantó y le quitó el trapo de la mano.
—Así no sirve. Vas a cortarte. Dame eso.
Ella se lo soltó sin protestar, pero lo miró como si quisiera decirle que no necesitaba ayuda. Arturo tiró los restos de la botella a la basura y regresó el trapo.
—No quiero que te lastimes por accidente. Si te castigo, será porque te lo ganaste —dijo, sin dejar de mirarla.
Valeria se quedó quieta un momento. Luego retomó la limpieza, esta vez con más cuidado. Arturo sintió que algo había cambiado en el ambiente. No era miedo. Era otra cosa. Un desafío que no podía dejar pasar mucho tiempo.
Miró el reloj. Faltaban horas para que anocheciera. Sabía que, si no actuaba pronto, ella iba a empezar a medirlo con la misma vara.
—Cuando termines aquí, vienes a la sala. No tardes —le ordenó, con voz seca.
Se fue al cuarto de vigilancia, donde podía verla por las cámaras. Observó cómo Valeria limpiaba sin apuro, revisando cada rincón como si buscara una salida. Arturo sintió un nudo en el estómago. No era la primera vez que tenía a alguien a su cargo, pero nunca había sentido ese tipo de inquietud. No por miedo, sino por la certeza de que ella no iba a quebrarse fácil.
Encendió el monitor de seguridad. En la pantalla, Valeria se detuvo frente a una ventana cerrada con rejas. Miró afuera un buen rato. Arturo pensó en su propio pasado, en los días en que él había sido quien buscaba una rendija para escapar. Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo por ese pensamiento.
Unos minutos después, escuchó los pasos de Valeria acercándose. Ella entró a la sala con el trapo en la mano, esperando instrucciones.
—Si quieres sobrevivir aquí, más te vale aprender rápido —dijo Arturo, sin mirarla—. No soy tu padre. Aquí no hay segundas oportunidades.
—No espero que las haya. Pero tampoco pienso dejar que me pisotees —respondió ella, tranquila.
Arturo se giró y la miró a los ojos. Por primera vez notó algo en su mirada: una mezcla de rabia y orgullo, pero también una chispa de curiosidad. Eso lo desarmó un segundo. Se preguntó si de verdad podría quebrar a alguien así, o si sería ella quien lo sorprendiera primero.