Capítulo 13 · ~5 min
Amenaza externa
Isabela abrió la puerta de la sala de juntas con fuerza. Sobre la mesa, alguien había dejado una carpeta roja que ella no recordaba haber visto antes. Andrés llegó detrás de ella, casi chocando con su espalda.
—¿Eso es tuyo? —preguntó él, mirando la carpeta.
—No. Y nadie del equipo usa carpetas rojas —respondió Isabela, tomando la carpeta con cuidado, como si pudiera explotar.
Los dos miraron alrededor. La oficina estaba casi vacía. Solo Julián se veía a lo lejos, hablando por teléfono.
Isabela abrió la carpeta. Adentro había copias de correos electrónicos impresos y una nota escrita con marcador negro: “¿Qué tan lejos van a llegar? Lo perderán todo si siguen juntos”.
Andrés se acercó y leyó rápido.
—Esto ya es demasiado —dijo en voz baja, apretando los puños—. ¿Quién demonios se atrevería?
Isabela revisó los correos. Uno era una conversación suya con un cliente, otro un reporte confidencial de Andrés. Nada ilegal, pero sí información delicada.
—No pueden tener acceso a esto sin ayuda interna —susurró ella. Cerró la carpeta y la guardó en su bolso.
Andrés dio un paso atrás. Miró la ventana y luego a Isabela.
—Si esto lo ve Mauricio, estamos muertos. No por el caso, sino por el puesto de socio —dijo, bajando la voz aún más.
—No va a pasar —afirmó Isabela. Se apoyó en la mesa y lo miró directo—. Necesitamos encontrar quién está detrás.
Andrés asintió. Se acercó y bajó la voz.
—¿Crees que sea alguien de aquí? ¿O el rival externo?
—El rival tiene aliados, seguro. Pero alguien de adentro le pasó esto —Isabela habló rápido, como si ordenar las ideas la calmara—. No me voy a dejar intimidar. Si quieren jugar sucio, van a encontrar pelea.
Andrés soltó una leve sonrisa.
—Eso me gusta. Pero necesitamos pruebas antes de acusar a cualquiera.
En ese momento, entró Julián. Llevaba el celular en la mano y cara de preocupación.
—¿Todo bien? Escuché un golpe —preguntó, mirando la tensión en el aire.
Andrés respondió sin dudar.
—Alguien se metió donde no debía. Tenemos que revisar los accesos a los correos del equipo. ¿Nos ayudas?
Julián miró a Isabela, buscando algo en su expresión.
—Claro. ¿Me cuentan qué pasó?
Isabela dudó un segundo, pero al final asintió.
—Recibimos una amenaza. Alguien tiene información que solo puede haber salido de aquí. Queremos saber quién accedió a nuestros correos y documentos en la última semana.
Julián se sentó a la mesa, sacó su laptop y empezó a teclear.
—Voy a pedirle a TI el registro de accesos. Pero si es alguien del bufete, no podemos confiar en nadie más —advirtió, bajando la voz.
Andrés miró a Isabela, serio.
—Tenemos que ser discretos. Si esto se filtra, el rival externo va a atacar con todo.
Isabela asintió, mirando a Julián.
—Solo nosotros tres. Nadie más debe enterarse.
Julián asintió en silencio y siguió trabajando. Andrés sacó su celular y empezó a revisar mensajes antiguos, buscando pistas. Isabela miraba por la ventana, pero no veía nada, solo pensaba en el siguiente paso.
Después de un rato, Julián levantó la vista.
—Listo. Pedí los registros, pero van a demorar. Mientras tanto, ¿por qué no revisan quién estuvo en la oficina anoche? El guardia debe tener el registro de entradas y salidas.
Isabela se levantó de inmediato.
—Voy yo. Andrés, quédate con Julián y revisen cualquier correo raro. Si encuentran algo, me llaman.
—Ten cuidado —dijo Andrés, en voz baja, cuando ella ya iba saliendo.
Isabela bajó rápido las escaleras. Saludó al guardia, un hombre de unos cincuenta años con bigote canoso, que siempre la llamaba “doctora”.
—Buenas tardes, doctora Isabela. ¿Se le ofrece algo?
—Necesito ver el registro de anoche. Alguien dejó una carpeta en la sala de juntas y quiero saber quién estuvo aquí después de las ocho.
El guardia sacó un cuaderno grande y lo puso sobre el escritorio.
—Aquí está. Anoche solo salieron ustedes tres, el señor Julián, el doctor Andrés y usted. Después, un mensajero entró a dejar un paquete para Recursos Humanos a las once y media. Nadie más.
Isabela revisó el cuaderno. El nombre del mensajero estaba escrito con letra apurada. “Javier Pardo”. No lo conocía.
—¿Ese mensajero viene seguido?
—No, doctora. Es la primera vez que lo veo. Dejó el paquete y se fue en menos de cinco minutos.
Isabela le agradeció y subió otra vez. Al llegar, Andrés y Julián seguían pegados a la pantalla.
—Solo entró un mensajero, Javier Pardo, después que nos fuimos. Dejó un paquete para Recursos Humanos. Tenemos que averiguar si existe o si es un nombre falso.
Andrés se levantó de golpe.
—¿Y si la carpeta la dejó él? Podría trabajar para el rival.
Julián negó con la cabeza.
—Eso explicaría cómo la pusieron sin que nadie se diera cuenta. Yo mismo vi la sala vacía antes de irme.
Isabela tomó aire. Miró a los dos.
—Esto es una señal. Nos quieren asustar, pero también están desesperados. Si actúan tan directo, es porque les duele lo que estamos haciendo.
Andrés se acercó, bajando la voz.
—¿Estás lista para lo que venga? Si seguimos así, no hay vuelta atrás.
Isabela no dudó.
—Ya no hay marcha atrás. Vamos juntos hasta el final.
Julián los miró a ambos, sonriendo apenas.
—Entonces, hay que prepararse. Si el rival externo ataca otra vez, esta vez no nos va a agarrar desprevenidos.
Andrés levantó la carpeta roja.
—Que esto sea un aviso. Pero también una promesa: no nos van a tumbar.
Los tres se quedaron en silencio un momento. La amenaza era real, pero también lo era la decisión de enfrentarlo juntos. Afuera, el murmullo de la oficina parecía lejano. Adentro, por primera vez, Isabela sintió que el equipo era fuerte. Pero la pregunta quedó flotando: ¿quién estaba dispuesto a traicionar desde adentro?