Capítulo 12 · ~5 min
Celos y dudas
Andrés entró a la oficina más temprano de lo normal. El silencio le pesaba en los hombros. Revisó el celular: cinco mensajes de su mamá, todos con el mismo tema. Se sentó en su escritorio y soltó el aire con fuerza. Marcó el número de su madre antes de arrepentirse.
—Andrés, ¿vas a dejar que te quiten lo que te corresponde? —dijo la voz de Gloria apenas contestó.
—No empieces, má. Ya te dije que estoy en eso —respondió, frotándose la frente.
—Esa muchacha, Isabela... Solo te va a atrasar. No te confíes. En ese bufete no regalan nada.
Andrés miró hacia la sala de juntas. Sabía que Isabela llegaría en cualquier momento.
—Estoy compitiendo, créeme. No te preocupes tanto —dijo, tratando de sonar tranquilo.
—Confío en ti, pero demuéstralo. No dejes que nadie te pase por encima. Y mucho menos ella.
Colgó antes de que la discusión siguiera. Guardó el celular y cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Isabela cruzaba la puerta con su carpeta en la mano, impecable como siempre. Sus ojos se cruzaron apenas un segundo; él apenas levantó la mano en un saludo corto.
Isabela fue directo a su escritorio. Sentía todavía el eco del beso, pero no podía dejarse llevar. Abrió la carpeta y revisó los papeles del caso Martínez. La noche anterior había soñado con los correos del rival externo, ese abogado de la competencia que estaba buscando cualquier error para hundirlos. Miró el reloj y decidió avanzar sola antes de que Andrés se acercara.
Julián apareció en la puerta, con su café y la corbata torcida.
—¿Ya vieron esto? —dijo, dejando un sobre en el escritorio de Isabela—. Mensaje anónimo sobre el caso.
Andrés se acercó de inmediato. Tomó el sobre y lo abrió. Dentro había una hoja con un solo mensaje: "No confíen en todos. La traición viene de cerca."
Isabela leyó la nota y apretó los labios.
—¿Esto es una broma? —preguntó Andrés, mirando a Julián.
—No lo sé, pero llegó hace media hora. Nadie vio quién lo dejó —respondió Julián, bajando la voz—. ¿Creen que tenga que ver con el rival del caso?
—Puede ser —respondió Isabela, sin mirar a Andrés—. O puede ser alguien aquí adentro.
Julián se encogió de hombros y salió, dejando el ambiente tenso. Andrés y Isabela se quedaron solos.
—Esto es lo que faltaba —dijo Andrés, dejando la nota sobre la mesa—. Ahora, además del caso, tenemos que cuidar la espalda.
Isabela cerró la carpeta y lo miró directo a los ojos.
—¿Confías en mí o no? —preguntó, sin rodeos.
Andrés dudó un instante, pero asintió.
—Sí. Pero hay cosas que no dependen solo de nosotros.
—¿O sea que crees que yo podría traicionarte? —Isabela levantó la ceja, molesta.
—No dije eso. Pero mi mamá no deja de repetirlo. Y a veces... —calló de golpe.
—¿A veces qué? —insistió ella.
—A veces pienso que esto, lo nuestro, nos está costando caro. Demasiada distracción. Demasiada presión. —Andrés bajó la voz—. Si uno de los dos falla, perdemos los dos.
Isabela guardó silencio. Cerró la carpeta con fuerza y se levantó para ir a la sala de juntas. Andrés la siguió sin decir nada.
En la sala, Isabela conectó su laptop y buscó el archivo con los últimos movimientos del caso Martínez. Andrés se sentó a su lado, aunque dejó una pequeña distancia entre ellos.
—Recibí un correo del rival externo anoche —dijo Isabela, mientras abría el archivo—. Preguntaba por ti. Por nosotros.
Andrés la miró sorprendido.
—¿Cómo que por nosotros?
—Insinuó que tú me dabas información extra. Que yo te protegía porque... bueno, porque hay algo más —dijo Isabela, evitando mirarlo directo.
Andrés se rió, pero era una risa corta, sin humor.
—Ese tipo haría lo que fuera para sacarnos del camino. ¿Le contestaste?
—Solo dije que éramos un equipo. Pero siento que nos están vigilando —Isabela tecleó rápido, sin mirar a Andrés—. Si alguien más se entera, estamos acabados.
—Nadie va a saber nada —afirmó Andrés, pero no sonaba tan seguro como otras veces.
—Eso dices ahora. Pero ayer casi nos descubre Julián. Y tu mamá, por lo que escuché, tampoco ayuda.
Andrés suspiró y se pasó la mano por el cabello.
—Mira, Isa... yo quiero esto. Quiero ganar el caso y el puesto. Pero también quiero que lo nuestro funcione. No sé si se puede tener todo.
Isabela cerró la laptop y lo miró, cansada.
—Yo tampoco lo sé. Pero no pienso dejar que nadie, ni tu mamá ni el rival, decida por mí.
Andrés sonrió apenas, admirando de nuevo la firmeza de ella. Iba a decir algo más, pero en ese momento el celular de Isabela vibró sobre la mesa.
—Es un mensaje del rival —dijo ella, leyendo rápido—. Dice que tiene pruebas que pueden destruirnos si seguimos juntos en el caso. Quiere vernos hoy.
Andrés se inclinó hacia ella, la voz baja pero firme.
—No vamos a dejar que nos manipule. Vamos juntos. Si quiere guerra, guerra tendrá.
Isabela asintió y guardó todo en la mochila. Salieron de la sala de juntas, caminando uno al lado del otro, más unidos que antes, pero con la amenaza flotando sobre ellos.
Quedaba la pregunta, sin respuesta: ¿sería suficiente su confianza para sobrevivir a lo que venía?