Historia Abierta
Portada de Juicio de Pasiones
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Todas las edades

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Capítulo 11 · ~5 min

Relación a escondidas

Isabela terminó de cerrar la puerta de la sala de juntas, mirando de reojo el pasillo. No había nadie. Revisó su celular: un mensaje de Andrés, solo un emoji de reloj. Sonrió y guardó el teléfono. El corazón le latía rápido, como si alguien fuera a descubrirla ahí mismo, aunque estaba sola.

Se acercó a la oficina de Andrés. Tocó dos veces, suave. La puerta se abrió enseguida.

—Pensé que no ibas a venir —dijo Andrés, medio en broma, medio en serio.

—Tampoco es que me encante jugar a las escondidas —contestó Isabela, entrando rápido. Cerró la puerta con cuidado.

Andrés tenía los papeles del caso Martínez sobre la mesa, pero no los miraba. Se quedó parado frente a ella, sin saber si acercarse o ponerse a trabajar. Isabela se apoyó en el escritorio, cruzando los brazos.

—¿Avanzaste en el análisis de las transferencias? —preguntó, usando su voz más profesional.

Andrés soltó una risa corta.

—¿De verdad quieres hablar de eso ahora? —Se acercó medio paso.— Porque si es por trabajo, podemos hacerlo por correo.

Isabela frunció el ceño, aunque no podía ocultar la sonrisa.

—No te hagas el chistoso. Hay que avanzar en el informe. Si nos descubren aquí, todo se va al piso.

Andrés le rozó la mano, apenas un segundo. Bajó la voz.

—Nadie nos va a descubrir. Julián está en una reunión y Mauricio se fue hace rato.

Isabela soltó un suspiro, pero bajó la guardia. Andrés aprovechó el momento y la besó rápido. Ella lo empujó apenas, mirándolo seria.

—Prometimos que esto no iba a complicar el trabajo. No podemos distraernos —dijo, pero su tono era menos firme que de costumbre.

Andrés asintió, se alejó un poco y tomó una carpeta.

—Te juro que sí estoy trabajando. Pero si quieres, hablamos solo del caso.

Isabela se sentó y revisó los papeles. El silencio se llenó de la tensión de no saber si alguien podía entrar en cualquier momento. Trabajaron en las cifras, revisando transferencias y fechas, hasta que Andrés rompió el silencio.

—¿Has pensado qué vas a hacer si te ofrecen el puesto de socia? —preguntó, mirando la pantalla de su laptop, pero con la voz más suave.

Isabela levantó la mirada, sorprendida.

—No me lo han ofrecido —respondió.— Y si pasa, no sé. Supongo que aceptaría.

—¿Aunque eso signifique que yo no lo consiga? —preguntó Andrés, sin mirarla.

El aire se puso más pesado. Isabela ordenó los papeles, buscando tiempo para responder.

—No vine aquí para hablar de eso —dijo al final.— Tú también lo quieres. No vamos a dejar de competir porque… —Se interrumpió.

Andrés cerró la laptop con fuerza.

—Porque nos besamos una vez —completó él, cruzando los brazos igual que ella antes.— ¿O fue más de una vez?

Isabela se puso de pie.

—No empieces, Andrés. Esto es complicado suficiente.

Un golpe en la puerta los hizo saltar. Andrés corrió a abrir, fingiendo tranquilidad. Era Julián, con cara de cansado y el blazer arrugado.

—¿Tienen un minuto? Mauricio quiere los avances antes del mediodía —dijo Julián, entrando sin esperar respuesta.— ¿Todo bien aquí?

Isabela se adelantó y le mostró la carpeta.

—Estamos revisando el flujo de dinero. Ya casi terminamos el informe.

Julián los miró de uno a otro y sonrió, como si sospechara algo, pero no dijo nada más. Se fue tan rápido como llegó.

Cuando la puerta se cerró, Isabela le lanzó una mirada a Andrés.

—¿Ves? Casi nos descubren. No podemos seguir así.

Andrés se encogió de hombros.

—No fue tan grave. Además, Julián está en lo suyo. Dudo que se fije en nosotros.

Isabela negó con la cabeza.

—No quiero arriesgarme, Andrés. Si alguien del bufete se entera, nos arruinan los dos.

Andrés la miró, serio por primera vez en el día.

—¿Te da miedo que piensen que te ayudo por… esto?

—Me da miedo que piensen que somos poco profesionales —contestó Isabela, bajando la voz.— No quiero que nadie crea que llegué donde estoy por otra cosa que mi trabajo.

Andrés se acercó y le tomó la mano, esta vez sin esconderse.

—Tú eres la más dura de aquí. Nadie puede decir lo contrario. Pero si esto te incomoda… lo dejamos.

Isabela apretó los labios, dudando. Soltó la mano de Andrés y miró el reloj.

—No sé, Andrés. No quiero que esto arruine nada. Ni el caso, ni el bufete, ni… nosotros.

Andrés volvió a su escritorio y retomó el informe. Guardó silencio un rato largo. Isabela también, concentrada en el trabajo. Solo se escuchaba el teclado y el ruido lejano del pasillo.

El celular de Andrés vibró. Lo tomó y frunció el ceño.

—Es mi mamá. Otra vez preguntando si ya soy socio —dijo, intentando bromear, pero la voz le temblaba.

Isabela lo miró con atención.

—¿Quieres contestar?

—No. Ya le llamo después. Si le digo que estoy trabajando con la competencia, le da un infarto.

Isabela no pudo evitar reírse. Andrés la imitó, y por un momento, la tensión se fue.

Pero el sonido de pasos en el pasillo los obligó a volver al trabajo. Isabela guardó sus cosas y se dirigió a la puerta.

—Nos vemos en la sala de juntas en diez minutos. Que nadie sospeche.

Andrés asintió, serio, pero cuando Isabela salió, se le escapó una sonrisa. Nadie los había descubierto, pero el riesgo era cada vez mayor.

Isabela caminó por el pasillo, pensando en la presión, en el secreto y en si de verdad podían seguir así sin que todo explotara. No tenía respuestas, pero sí una pregunta dando vueltas: ¿hasta cuándo podrían ocultar lo que sentían?

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