Historia Abierta
Portada de Juicio de Pasiones
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Todas las edades

21

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Capítulo 10 · ~5 min

El primer beso

Isabela cerró la puerta de la sala de juntas con más fuerza de la necesaria. El sonido retumbó por el pasillo vacío. Andrés la siguió, con el saco colgado en el brazo y la corbata medio floja.

—¿Te diste cuenta cómo Mauricio nos miró cuando mencioné el informe? —preguntó Andrés, con una sonrisa torcida.

—Sí, casi como si esperara que falláramos. Ya debe tener su favorito —respondió Isabela, revisando los papeles en su carpeta. Sus manos temblaban apenas, pero no dejó que se notara.

Caminaron juntos hacia la oficina compartida. Nadie más quedaba en el piso. Las luces del techo parpadeaban sobre los escritorios vacíos y los montones de documentos.

Isabela dejó caer su bolso en la silla y revisó el correo en la pantalla. Andrés se sentó al borde del escritorio, más cerca de lo normal.

—No sé si fue buena idea mostrar la triangulación tan pronto —dijo Andrés.

Isabela apenas lo miró.

—No teníamos opción. Si Martínez se entera antes que Mauricio, el caso se viene abajo y nos culpan.

Andrés se inclinó, apoyando los codos en las rodillas.

—¿Siempre tienes la respuesta para todo? —dijo, medio en broma. Sus ojos buscaban los de ella.

Ella soltó una risa corta.

—No, solo me preparo para que nadie me vea fallar.

Por un momento hubo silencio. El aire estaba cargado, como si algo invisible flotara entre los dos. Andrés rompió la tensión al ponerse de pie y caminar hacia la ventana. Miró las luces de la ciudad, pensativo.

—A veces quisiera largarme de todo esto, ¿sabes? —dijo, sin girarse—. Irme lejos, no escuchar más expectativas ni competencias.

Isabela lo observó desde su silla. Dudó antes de hablar.

—¿Y qué te detiene?

Andrés se giró despacio. Parecía más cansado que nunca. Se acercó de nuevo, ahora más serio.

—Tú. Y este maldito caso —dijo. Su voz sonó sincera, sin rastro de burla.

Isabela bajó la mirada. El silencio volvió, pero ahora era distinto. No incómodo, sino cargado de algo que no podían nombrar. Andrés la miró como si buscara una señal.

—¿Sabes lo difícil que es competir contigo? —preguntó, apenas un susurro—. Me sacas la rabia y las ganas, todo junto.

Isabela respiró hondo. Dejó los papeles a un lado.

—Tampoco es fácil para mí —admitió, más suave de lo que pensaba.

Él dio un paso. Ella no se movió. Podía oler el perfume caro de Andrés, mezclado con el café frío y el cansancio de la noche. El corazón le latía tan fuerte que temió que él lo notara.

—Isabela —dijo Andrés—, si esto arruina todo, lo siento.

No hubo tiempo para pensar. Andrés se inclinó y la besó. No fue un beso planeado ni perfecto, sino torpe, urgente. Ella respondió, primero dudando, después con entrega. El beso duró solo unos segundos, pero fue suficiente para que todo cambiara.

Se separaron despacio. Los dos respiraban agitados. Ninguno se atrevía a hablar. Isabela se levantó de la silla casi de golpe. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo a medio camino, sin saber qué hacer con las manos.

—Esto fue un error —dijo, sin mirarlo—. No puede pasar otra vez.

Andrés se apoyó en el escritorio, con las manos en los bolsillos. Sonrió apenas, como resignado.

—Lo sé. Pero tampoco puedo fingir que no pasó.

Hubo un ruido en el pasillo. Los dos se tensaron. Julián apareció en la puerta, con cara de sorpresa.

—¿Todo bien? Escuché voces —preguntó, mirando de uno a otro.

Isabela se apresuró a recoger sus cosas.

—Sí, solo estábamos revisando el informe —dijo, sin sostenerle la mirada.

Andrés se encogió de hombros.

—Ya terminamos, Julián. ¿Necesitas algo?

Julián negó con la cabeza y se fue, dando un vistazo curioso antes de cerrar la puerta. El silencio se hizo pesado de nuevo.

Isabela revisó su celular. Tenía mensajes de su papá y uno de Martínez, pidiendo una actualización. Andrés se acercó, pero ya no tan confiado.

—Tenemos que decidir qué vamos a hacer —dijo, serio.

—¿Sobre el caso o sobre… esto? —preguntó Isabela, sin levantar la vista del teléfono.

—Las dos cosas. Porque si seguimos así, alguien se va a dar cuenta. Y no quiero que lo usen en nuestra contra.

Isabela guardó el celular y lo miró directo a los ojos. Por primera vez, vio a Andrés sin la barrera del sarcasmo ni la competencia.

—No puedo permitir que esto me cueste el puesto —dijo, firme.

Andrés asintió. Se cruzó de brazos y bajó la voz.

—Entonces, ¿qué propones?

—Nada de distracciones —respondió—. Nos enfocamos en el caso. Lo demás… se queda aquí, en esta sala. ¿De acuerdo?

Él dudó un segundo, luego extendió la mano.

—De acuerdo. Pero no prometo que sea fácil.

Isabela estrechó su mano. Esta vez no fue como un trato de negocios, sino algo distinto. La soltó rápido, como si quemara.

—Me voy. Mañana tenemos que estar frescos —dijo, saliendo casi a toda prisa.

Andrés la vio irse, en silencio. Cuando la puerta se cerró, se quedó de pie, mirando el lugar donde ella había estado. Sus dedos tocaban sus labios, como si aún sintiera el beso.

Isabela bajó en el ascensor, respirando hondo. Sabía que nada sería igual. Afuera, la noche de Bogotá seguía, indiferente a todo lo que estaba por pasar.

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