Capítulo 9 · ~5 min
Primera tregua
Isabela cerró el archivo y se frotó los ojos. Había pasado la noche revisando transferencias con Andrés, pero ahora tenía que enfrentarlo en la sala de juntas. Andrés ya estaba ahí, apoyado en la mesa, con el saco colgado del respaldo. Parecía relajado, pero sus dedos tamborileaban sobre el vaso de agua.
—¿Listos? —preguntó Julián, entrando con una carpeta bajo el brazo.
Isabela asintió y se sentó frente a Andrés, dejando su laptop abierta. Andrés levantó la ceja, pero no dijo nada. Julián dejó la carpeta en la mesa y los miró con atención.
—Tenemos que entregar la estrategia hoy —dijo Julián en voz baja—. Mauricio espera algo sólido, no peleas.
Andrés soltó una risa corta.
—¿Crees que no lo sé? —miró a Isabela—. Ayer encontramos un patrón en las transferencias, ¿cierto?
Isabela cruzó los brazos y asintió.
—Las cuentas triangulan dinero entre tres empresas. Martínez no lo admitirá, pero si presionamos por ese lado, podemos forzar un acuerdo.
Julián frunció el ceño.
—¿Van a presentar eso juntos? ¿O cada uno por su lado?
Andrés miró a Isabela, como si esperara que ella hablara primero. Ella se aclaró la garganta.
—Propongo que lo presentemos juntos. Dividimos las partes: yo me encargo del análisis legal y Andrés argumenta la estrategia de negociación. Así cubrimos todo.
Andrés sonrió de medio lado.
—¿Y si a Mauricio no le gusta?
—Que no le guste es mejor a que nos vea peleando —dijo Isabela, mirando a Julián—. ¿Tienes algo más que agregar?
Julián negó con la cabeza.
—Me parece sensato. Pero decidan rápido. Mauricio entra en veinte minutos.
Julián salió y cerró la puerta. Andrés se inclinó hacia Isabela.
—No pensé que fueras a ceder.
—No cedo. Solo no quiero que nos despidan a los dos.
Andrés se rió, pero bajó la voz.
—Ayer, cuando hablaste de tu papá... no sabía eso. Siempre te ves tan segura.
Isabela miró la pantalla. Dudó un segundo antes de responder.
—No lo estoy. Solo finjo bien. ¿Tú nunca dudas?
Andrés giró el vaso en la mano.
—Todo el tiempo. Mi mamá cree que si no logro esto, soy un fracaso. No quiero decepcionarla.
Hubo un silencio breve, incómodo. Isabela cerró la laptop y lo miró de frente.
—¿Sabes qué? Si alguno de los dos va a ganar, que sea porque lo merece, no por sabotear al otro.
Andrés asintió, más serio.
—Entonces, ¿tregua?
Ella extendió la mano. Andrés la tomó y la apretó fuerte. Los dos sonrieron, por primera vez sin ironía.
Un golpe en la puerta los hizo soltarse. Era Mauricio Suárez, con un café en cada mano y cara de pocos amigos.
—¿Listos para salvar este caso o quieren que lo haga yo solo?
Andrés se puso de pie y tomó uno de los cafés.
—Estamos listos. Isabela y yo tenemos una propuesta.
Mauricio se sentó al frente y los miró de arriba abajo.
—Sorpréndanme.
Isabela abrió la laptop y proyectó la pantalla en la televisión. Explicó el flujo de dinero entre las empresas, usando gráficos sencillos. Andrés complementó con los riesgos de demandar y la ventaja de negociar antes de que el escándalo creciera. Mauricio no interrumpió, solo movía la pierna bajo la mesa.
Cuando terminaron, él se cruzó de brazos y los miró fijamente.
—¿Trabajaron esto juntos? —preguntó.
Andrés asintió.
—Sí. Creemos que es la mejor opción.
Mauricio los observó en silencio. Luego soltó una carcajada breve.
—Por fin dejaron de comportarse como niños. Bien hecho. Si logran que Martínez acepte, los dos quedarán bien ante el socio fundador.
Isabela guardó la laptop y miró a Andrés de reojo. Él le devolvió la mirada, tranquilo por primera vez en semanas.
Mauricio revisó sus notas y se levantó.
—Tienen que llamar a Martínez hoy mismo. Y no quiero excusas si algo sale mal.
Salió sin despedirse. Andrés se pasó la mano por el cabello y suspiró.
—¿Y ahora qué?
Isabela se encogió de hombros.
—Ahora hacemos la llamada juntos. Sin trampas, Villalba.
Él levantó las manos, como rindiéndose.
—Prometido. Tregua oficial—dijo, y le guiñó un ojo.
Isabela rodó los ojos, pero sonrió. Tomó el teléfono y marcó el número de Martínez. Andrés se sentó a su lado, serio otra vez.
—Pon el altavoz. Así no hay secretos.
Ella obedeció. La voz de Martínez sonó áspera al contestar.
—¿Qué pasa ahora? —gruñó.
Andrés tomó la palabra.
—Señor Martínez, hemos detectado movimientos que podrían complicar su situación. Tenemos una propuesta que podría evitar un escándalo y proteger su empresa.
Se hizo un silencio. Isabela interrumpió.
—Podemos explicarle los detalles en una reunión hoy mismo. Es urgente.
Martínez bufó.
—Está bien. Los veo a las cinco. Pero si esto es otra pérdida de tiempo, se quedan sin caso.
Colgó sin despedirse. Andrés soltó el aire y miró a Isabela.
—¿Lista para la reunión más difícil del año?
—Nunca he estado lista, pero igual voy —dijo Isabela, guardando su laptop en el bolso.
Andrés se levantó y recogió sus papeles.
—Después de esto, no hay vuelta atrás.
Isabela lo miró, dudando por un segundo.
—¿Crees que podamos mantener esta tregua?
Andrés la observó, más serio de lo normal.
—No lo sé, Montoya. Pero hoy... quiero intentarlo.
El reloj marcaba las once y el bufete zumbaba con teléfonos y pasos apurados. Salieron juntos del salón, el ambiente entre ellos menos tenso, pero cargado de algo nuevo. Afuera, Julián los miró de lejos, sorprendido de verlos salir sin pelear. La tregua estaba hecha, pero nadie podía asegurar cuánto duraría. La competencia seguía ahí, esperando cualquier oportunidad para volver.