Capítulo 8 · ~5 min
Noche de trabajo
Isabela se acomodó en la silla, con una carpeta llena de papeles desordenados sobre la mesa. Andrés entró con dos cafés y los dejó junto al computador. Ella lo miró de reojo, sin decir nada. Él se encogió de hombros y se sentó al otro lado, con una sonrisa burlona.
—No son del barista de moda, pero al menos están calientes —dijo Andrés, empujando uno hacia ella.
—Mientras no sepa a agua de calcetín, sirve —respondió Isabela, tomando el vaso de cartón.
Andrés abrió su laptop y tecleó rápido. El silencio entre los dos solo lo interrumpían los clics y el rumor lejano de la ciudad que entraba por la ventana. Isabela revisó una hoja de cálculo y arrugó la frente.
—¿Ya viste esto? Hay una transferencia de treinta millones que no aparece en el informe del contador —dijo ella, pasándole una hoja.
Andrés la leyó rápido y se rascó la barbilla.
—Eso no estaba en el archivo que me diste esta mañana —respondió—. ¿Seguro no fue un error del asistente?
—No, revisé tres veces —insistió Isabela, señalando el número—. Además, la fecha coincide con la compra de la maquinaria nueva.
Él asintió y se inclinó sobre su pantalla.
—Déjame buscar los correos de ese día. Tal vez hay algo raro —dijo Andrés, tecleando con más fuerza.
Pasaron varios minutos en silencio, solo interrumpidos por el zumbido del aire acondicionado y el sonido lejano de un taxi acelerando. Isabela buscó entre los papeles, anotó algo en su libreta y luego se quedó mirando a Andrés.
—¿Siempre haces tanto ruido con el teclado? —preguntó, con una pequeña sonrisa.
—¿Y tú siempre te quejas por todo? —respondió él, sin despegar los ojos de la pantalla.
Ella soltó una risa corta. Andrés la miró y por un segundo pareció sorprendido de escucharla reír.
—Mejor que me queje a que me quede callada si algo no cuadra —dijo Isabela, alzando una ceja.
—Eso sí —aceptó Andrés, medio sonriendo—. Por eso nadie se atreve a corregirte.
Isabela levantó los hombros y volvió a sus papeles. Por un momento, el ambiente se volvió menos tenso. Ambos trabajaban rápido, anotando, comparando cifras y compartiendo pantallas.
De pronto, Andrés levantó una mano.
—Mira esto. Hay un correo del proveedor pidiendo una transferencia urgente el mismo día. Dice que si no pagan, cancelan el contrato.
Isabela se acercó para leer sobre el hombro de Andrés. Él no se movió, aunque su brazo rozó el de ella. Isabela señaló una frase.
—Ese proveedor aparece en la lista de empresas del cuñado de Martínez —dijo, bajando la voz—. No es coincidencia.
—Entonces aquí está el truco —concluyó Andrés—. Usaron la urgencia como excusa para el desvío.
Isabela tomó su celular y sacó una foto de la pantalla.
—Esto hay que mostrarlo mañana. Pero necesitamos más pruebas. Algo que los relacione directo —comentó.
Andrés se giró y la miró serio.
—¿Sabes? Podríamos revisar los contratos viejos. Tal vez hay patrones —propuso, ya más animado.
—Sí, pero va a ser una noche larga —dijo Isabela, suspirando.
Andrés levantó su café y brindó en el aire.
—Por las noches largas y los socios que no nos dejan vivir —bromeó.
Isabela chocó su vaso con el de él, sonriendo por primera vez en la jornada.
Trabajaron en silencio un rato más, revisando archivos y subrayando hojas. Afuera, la ciudad bajó el ritmo, pero adentro la oficina parecía un pequeño mundo aparte. Andrés se quitó el saco y lo dejó en la silla, estirándose como si acabara de correr una maratón.
—¿Cuánto apuestas a que mañana Julián llega con la corbata torcida y cara de zombie? —preguntó Andrés.
—No apuesto. Siempre pierde —contestó Isabela, sin mirar arriba—. Pero seguro trae donas.
Andrés soltó una carcajada que rebotó en las paredes. Isabela lo miró y rodó los ojos, aunque en ese momento le pareció menos insoportable que de costumbre.
—¿Por qué nunca dejas de bromear? —preguntó ella, medio en serio.
—Porque si no, esto sería un infierno —respondió Andrés, encogiéndose de hombros—. Y porque me gusta verte pelear por no reírte.
Isabela negó con la cabeza, pero no discutió. Siguieron buscando contratos y facturas viejas hasta que la pantalla les picaba los ojos. Andrés se levantó y estiró los brazos.
—¿Café, agua o jugo raro de la máquina? —ofreció.
—Agua. Si tomo más café, no duermo en tres días —contestó Isabela.
Andrés fue a la cocina y volvió con dos botellas. Se las entregó y se sentó a su lado, revisando una carpeta azul.
—¿Tienes familia de abogados? —preguntó de pronto.
Isabela dudó, pero respondió.
—Mi papá. Pero él dice que yo soy demasiado terca para este trabajo.
—¿Y tú crees eso? —Andrés la miró directo.
—A veces. Pero eso me ayuda a no rendirme —contestó, bajando la vista.
Andrés asintió y se quedó callado un momento.
—Mi mamá quiere que yo sea socio sí o sí. Dice que es lo mínimo que espera —confesó, con voz baja.
Isabela lo miró sorprendida, pero no dijo nada. Andrés sonrió de lado.
—Supongo que los dos tenemos presión familiar —dijo él.
—Y una reputación que defender —agregó Isabela, cerrando la carpeta.
Andrés suspiró y se puso de pie.
—Bueno, vamos a terminar con esto. Si encontramos algo más, tal vez mañana nos dejen dormir —dijo, animando el ambiente.
Isabela lo siguió, levantando sus papeles y apagando el computador. Salieron juntos del despacho, con la sensación de que algo había cambiado entre los dos. Afuera, la noche seguía, pero ellos ya no eran solo rivales. No sabían bien qué significaba ese acercamiento, pero la pregunta quedó flotando mientras caminaban por el pasillo.