Capítulo 7 · ~5 min
Secretos revelados
Isabela giró la silla y miró a Andrés, que tecleaba rápido en su laptop. El ruido del teclado llenaba la sala vacía. Solo quedaban ellos. Había pasado una hora desde que Julián se fue, pero el silencio seguía tenso. Isabela revisó de nuevo los estados de cuenta. Nada cuadraba. Un número saltaba a la vista, pero no lograba entender la lógica detrás.
Andrés se levantó de golpe y caminó hacia la ventana, sin mirarla.
—Ya no aguanto —dijo, cruzando los brazos—. Todo esto… es absurdo. Llevamos días sin dormir y el caso parece peor cada hora.
Isabela cerró el archivo y se frotó los ojos.
—Eso pasa cuando alguien decide manipular los números —respondió, sin levantar la voz—. Y cuando los socios creen que podemos arreglar todo con un milagro.
Andrés soltó una risa seca.
—¿Tú crees que me importa la opinión de los socios? —dijo, dándose la vuelta—. A mí lo único que me importa es no quedar como un idiota frente a mi mamá. Ella le contó a toda la familia que voy a ser socio. No soporto la idea de fallarles.
Isabela lo miró, sorprendida. Andrés nunca hablaba de su familia. Él notó su expresión y bajó la mirada, incómodo.
—Perdón, no sé por qué te estoy contando esto. Olvida lo que dije —agregó, volviendo al escritorio.
—No lo voy a olvidar —respondió Isabela, guardando silencio unos segundos—. No sabía que tu mamá era tan importante para ti.
Andrés se encogió de hombros.
—Lo es. Siempre lo fue. Pero nunca se lo digo a nadie. Menos aquí. —Tomó un vaso de agua y lo vació de un trago—. Todos creen que no me importa nada, pero…
Isabela se acercó y se apoyó en el borde del escritorio.
—No eres el único que carga con expectativas. Mi papá todavía cree que este trabajo es una pérdida de tiempo. Cada vez que me llama, pregunta cuándo voy a dejar de “jugar a ser abogada”.
Andrés la miró, sorprendido por la confesión. El ambiente cambió. Por primera vez, ninguno de los dos parecía tener todas las respuestas.
—¿Eso te molesta? —preguntó él, bajando la voz.
—Más de lo que admito. —Isabela suspiró—. Por eso trabajo tanto. Por eso no dejo pasar ni un error. No es solo por mí.
Andrés asintió, serio. Se hizo un silencio. Isabela lo rompió primero.
—¿Por qué nunca hablas de tu mamá? Siempre andas bromeando, pero nunca dices nada personal.
Andrés se encogió de hombros, como si no supiera qué hacer con las manos.
—Porque si hablo en serio, siento que pierdo ventaja. Aquí todo es competencia, ¿o no?
Isabela sonrió, cansada.
—Sí, pero a veces uno se cansa de competir todo el tiempo.
Andrés la observó un momento. Luego se acercó más y bajó la voz.
—Te voy a contar algo y solo porque confío en que no lo usarías en mi contra. Cuando tenía doce años, mi mamá se quedó sola con nosotros. Yo era el mayor. Ella trabajaba todo el día. Un día me metí en líos por defender a mi hermano y casi me expulsan del colegio. Mi mamá se enteró y no dijo nada, solo me abrazó. Desde ahí, juro que no quiero decepcionarla nunca.
Isabela no supo qué decir. Lo miró de frente y asintió, como si entendiera todo sin necesidad de palabras. Se quedó pensando en su propia familia, en las discusiones con su papá y en las veces que dudó de sí misma. Por primera vez, sintió que Andrés no era solo un rival.
Un mensaje llegó al correo de Isabela. Lo abrió y leyó en voz baja.
—Es de Mauricio Suárez. Quiere el informe de la triangulación antes de las seis. —Miró a Andrés—. No tenemos mucho tiempo.
Andrés se movió rápido y volvió a su laptop.
—Dividamos el trabajo. Yo reviso las transferencias de la empresa Suárez, tú las de Martínez. Si encontramos algo raro, lo juntamos.
—Perfecto. —Isabela se sentó de nuevo, pero antes de escribir, dudó—. Andrés, lo que dijiste… No lo voy a repetir ni a usarlo para ganar puntos. Puedes contar conmigo.
Él sonrió, por primera vez esa noche sin sarcasmo.
—Lo sé. Y tú tampoco estás sola, Isabela. Aunque seas insoportable a veces.
Ella le lanzó una mirada, pero sonrió también.
Trabajaron en silencio unos minutos, cada uno enfocado en los estados de cuenta. De vez en cuando, uno murmuraba una cifra o señalaba una columna.
—Aquí hay algo raro —dijo Andrés, señalando la pantalla—. Esta transferencia se repite tres veces con montos diferentes, pero el destinatario es el mismo.
Isabela se acercó y revisó.
—Eso no estaba en los documentos que entregó Serrano. Están ocultando información.
—¿Y si lo reportamos ahora? —preguntó Andrés, con el ceño fruncido.
—No. Mejor reunimos toda la evidencia primero. Si vamos con algo incompleto, podemos quedar mal ante los socios.
Andrés asintió, convencido.
—Trabajemos juntos, entonces. Solo esta vez.
Isabela extendió la mano, dudando. Andrés la tomó y la apretó, firme. Fue un gesto rápido, pero diferente. Cuando soltaron, ambos volvieron a la pantalla como si nada hubiera pasado, pero el ambiente ya no era el mismo.
El reloj marcaba las cinco y media. Afuera, el tráfico de Bogotá seguía, indiferente. Dentro de la sala, Isabela y Andrés, por primera vez, no parecían enemigos. Algo había cambiado. Pero la pregunta flotaba en el aire: ¿Sería suficiente para dejar atrás el orgullo?