Capítulo 6 · ~5 min
Primeros roces
Isabela llegó a la sala de reuniones con una carpeta bajo el brazo. Andrés ya estaba ahí, recostado en la silla con el celular en la mano y una sonrisa burlona. Había dos termos de café sobre la mesa y varios papeles desordenados.
—Llegaste tarde —dijo Andrés sin dejar de mirarla—. ¿Sabías que el archivo de la transferencia tiene una incongruencia más?
Isabela dejó la carpeta con cuidado, evitando mirarlo directamente. Abrió su portátil y conectó el cargador.
—No estoy tarde, la reunión era a las siete —respondió, revisando la hora en su reloj—. Y sí, lo vi. Por eso imprimí esto —empujó los documentos hacia él.
Andrés los tomó y soltó una risa baja.
—Siempre tan meticulosa. Yo prefiero analizar todo en digital, es más rápido.
—Por eso se te pasan los detalles —replicó Isabela, guardando el cargador—. Aquí están los movimientos sospechosos, subrayados. ¿Vas a tomar notas o solo vas a criticar?
Andrés dejó el celular y se inclinó sobre la mesa, más cerca de ella. Sus ojos brillaban como si disfrutara la pelea.
—Tranquila, Montoya. Si no fuera por mis contactos, no hubiéramos encontrado la transferencia original. ¿O sí?
Isabela suspiró. Se sentó y revisó los apuntes. Buscó una hoja en blanco y empezó a escribir fechas y cifras. Andrés la observó en silencio unos segundos.
—¿Siempre trabajas así, a mano?
—Me ayuda a pensar —contestó sin levantar la vista—. Además, si escribo, memorizo mejor.
Andrés apoyó el codo en la mesa. Bajó la voz.
—Mi mamá dice lo mismo. Hace listas para todo, hasta para regar las plantas.
Isabela lo miró, sorprendida. Andrés nunca hablaba de su familia. Iba a preguntar algo, pero la interrumpió el sonido de una notificación en la laptop. Era un correo urgente del socio fundador: necesitaban avances esa misma noche.
—Perfecto, más presión —murmuró Isabela, cerrando el correo.
Andrés le lanzó una mirada rápida, como si buscara algo en su expresión.
—¿Qué hacemos primero? ¿Dividimos el trabajo?
—Tú revisa las transferencias, yo me encargo del contrato —propuso Isabela, ya tecleando—. Si encuentras otra anomalía, la marcas en el archivo compartido.
Andrés aceptó con un gesto y se puso los audífonos. Empezó a revisar los movimientos bancarios. El silencio solo lo rompía el tecleo y el olor a café recién hecho. Pasaron veinte minutos así, cada uno concentrado en su pantalla.
Isabela revisó una cláusula del contrato y frunció el ceño. Había una referencia cruzada que no tenía sentido. Buscó en la carpeta física y en el sistema, comparando ambos documentos. Andrés notó su gesto y se acercó sin hacer ruido.
—¿Te ayudo? —preguntó, quitándose un audífono—. Vi que esa cláusula tiene relación con la cuenta de Suárez.
Isabela le mostró el párrafo. Andrés lo leyó y luego buscó la cuenta en el sistema.
—Aquí está —dijo, girando la pantalla hacia ella—. El movimiento aparece dos veces, pero con fechas distintas. Una en marzo y otra en abril.
Isabela anotó los datos. Andrés se quedó de pie junto a ella, demasiado cerca para su gusto.
—No tienes que estar tan encima —dijo Isabela, bajando la voz.
—Es mi caso también —respondió Andrés, en tono neutral—. ¿Por qué siempre te alejas cuando alguien se acerca?
El comentario la desconcertó. Iba a contestar, pero entró Julián con una carpeta bajo el brazo. Dejó los papeles en la mesa, saludó con un gesto y se fue rápido, sin decir nada más.
Isabela hojeó la carpeta. Era información nueva sobre la empresa Martínez. Encontró una lista con nombres de empleados y transferencias internas. Andrés se asomó por encima de su hombro.
—Mira esto —dijo señalando un nombre—. Ese empleado también aparece en el archivo bancario.
—¿Crees que sea una triangulación? —preguntó Isabela, acercándose más a la pantalla.
—Eso parece. Pero hay que comprobarlo. Si es así, el caso se complica.
Isabela asintió. Tomó el celular y escribió un mensaje rápido a Julián, pidiendo el historial de transferencias internas. Andrés aprovechó para servirse más café. Volvió y le ofreció un vaso.
—¿Y tú por qué no duermes nunca? —preguntó, medio en broma.
Isabela dudó un segundo antes de aceptar el café.
—Te acostumbras. Cuando estaba en la universidad, estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Dormir era un lujo.
Andrés sonrió de lado. Se sentó frente a ella, relajando los hombros.
—Pensé que eras la típica que solo estudiaba. ¿En qué trabajaste?
—En una cafetería, luego en una notaría. Aprendí a hacer de todo un poco —contestó.
Andrés la miró con curiosidad, como si intentara armar un rompecabezas.
—Eso explica por qué eres tan obsesiva con los papeles. Yo no podría. Siempre fui más de improvisar.
—Y por eso siempre tienes problemas con los plazos —dijo Isabela, esbozando una sonrisa leve.
Ambos se quedaron callados un momento, revisando documentos. La tensión bajó apenas, pero el ambiente seguía cargado. Andrés rompió el silencio.
—Mira, no tienes que demostrarme nada. Somos rivales, sí, pero si no encontramos algo sólido, ninguno será socio.
Isabela lo miró directo a los ojos.
—No pienso perder por confiar en alguien más. Pero tampoco voy a dejar que se me escape nada.
Andrés levantó las manos, como rindiéndose.
—Entonces, ¿trabajamos juntos o seguimos tirando cada uno por su lado?
Isabela dudó. Cerró la carpeta y acomodó los papeles.
—Vamos a trabajar juntos. Pero si fallas, lo diré en la próxima junta.
Andrés soltó una carcajada.
—Lo mismo digo. Que gane el mejor.
Siguieron revisando los documentos, cada uno con su estilo. La noche avanzó, pero la tensión y la competencia seguían presentes, mezcladas con una curiosidad que ninguno quería admitir.