Historia Abierta
Portada de Juicio de Pasiones
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Todas las edades

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Capítulo 14 · ~5 min

La traición

Isabela entró a la oficina esa mañana decidida a encontrar respuestas. Apenas puso un pie en la sala de reuniones, notó a Andrés revisando papeles con el ceño fruncido. Había tensión en el aire, como si algo estuviera a punto de explotar.

—¿Revisaste los correos de anoche? —preguntó Andrés, sin saludar.

Isabela dejó su bolso en la silla y encendió su laptop. El silencio entre los dos era pesado.

—Sí. Hay un archivo que no reconozco. Lo enviaron desde mi cuenta, pero yo no fui —dijo, sin mirarlo.

Andrés se acercó y puso frente a ella una hoja impresa. Tenía el logo del bufete y datos del caso Martínez. Abajo, un texto en mayúsculas: “Ya no pueden confiar ni en su propia sombra”.

—Esto apareció en mi escritorio —dijo él, con la voz tensa—. ¿Me lo explicas?

Isabela lo miró, sorprendida, pero se obligó a mantener la calma.

—No tengo idea de dónde salió. Yo no mandé nada a tu escritorio.

Andrés apretó los labios. Dio la vuelta a la mesa y se apoyó en el respaldo de una silla.

—Mira, Isa, alguien está jugando sucio. Pero ese archivo salió de tu cuenta. ¿Me estás ocultando algo?

Ella sintió un escalofrío, pero no bajó la mirada.

—Eso me preguntas tú, después de todo lo que hemos hecho juntos —respondió, bajando la voz—. ¿Tú confías en mí o no?

Él apartó la vista, incómodo. El sonido de un mensaje en el celular rompió el momento. Isabela lo revisó: era una notificación interna, informando que habían cambiado su contraseña por motivos de seguridad.

—Ahora sí esto se puso feo —dijo, mostrándole la pantalla—. Alguien de sistemas bloqueó mi acceso. ¿Te llegó lo mismo?

Andrés revisó su propio correo. Negó con la cabeza.

—Solo a ti. Isa, si de verdad no fuiste, hay alguien que quiere que peleemos. Nos están usando.

Isabela se alejó de la mesa. Caminó hacia la ventana, buscando aire. Pensó en Julián, pero él no tendría acceso a las cuentas. Volvió a mirar a Andrés, buscando alguna señal de traición, pero solo encontró preocupación.

—¿Y si… y si este archivo llegó desde adentro? No solo desde mi cuenta, sino desde alguien que conoce todos nuestros movimientos —dijo, casi en susurro.

Andrés asintió, pero no bajó la guardia.

—¿Quién tendría ese acceso? Solo nosotros, Julián y, tal vez, algún socio.

El nombre de Mauricio Suárez flotó en el aire.

En ese momento, Julián entró sin golpear, agitado y con una carpeta bajo el brazo.

—Tienen que ver esto —dijo, dejando la carpeta sobre la mesa—. Encontré esto en la impresora del pasillo. Es un resumen del caso Martínez, con anotaciones que no son nuestras. Alguien marcó los puntos débiles del cliente.

Isabela hojeó el documento. Las anotaciones estaban hechas con bolígrafo azul, letra desconocida. Había comentarios que nadie del equipo había escrito.

—Esto es grave —dijo Andrés, mirando a Julián—. ¿Quién más puede imprimir aquí?

Julián negó con la cabeza.

—Después de ustedes, solo el socio mayor tiene clave. El resto del equipo está en otros casos.

Isabela cerró el archivo y lo dejó sobre la mesa.

—No podemos confiar en nadie —dijo—. Ni siquiera en nosotros mismos.

Andrés la miró, con una mezcla de rabia y decepción.

—¿Insinúas que fui yo? ¿De verdad crees que estoy saboteando el caso?

Isabela dudó, pero no respondió de inmediato. Julián los miró a ambos, incómodo.

—Quizá lo mejor sea que cada uno revise su parte del caso. Si algo falla, sabremos quién fue —sugirió Julián.

Andrés negó con la cabeza.

—No. Si nos separamos, le hacemos el juego al que nos quiere dividir. Isa, te propongo esto: revisamos todo juntos, desde cero. Si hay algo raro, lo veremos los dos. ¿Aceptas?

Isabela dudó un segundo, pero asintió. No le quedaba otra opción.

—De acuerdo. Pero si descubro que me mentiste, Andrés, no vuelvas a buscarme ni para el caso ni para nada —dijo, firme.

Julián salió de la sala, dejando a los dos solos. El silencio era incómodo. Andrés se sentó frente a la laptop y empezó a revisar los archivos compartidos. Isabela se le unió, tecleando rápido, buscando pistas.

Entre los documentos hallaron un correo programado para enviarse esa noche, con información clave del caso dirigida al rival externo, cuyo nombre apareció en los destinatarios. Isabela se llevó la mano a la boca.

—Esto no lo programé yo. Pero sí sale con mi usuario —dijo, temblando.

Andrés miró la pantalla. Señaló la hora de programación.

—Esa noche estábamos juntos en la sala de juntas. No pudiste ser tú.

Isabela lo miró, aliviada y asustada a la vez. Andrés tomó su mano, pero ella la retiró.

—No sé en quién confiar, Andrés. Si esto sale mal, los dos perdemos todo.

Él suspiró, cansado.

—Me da igual el puesto si te pierdo a ti. Pero hay que descubrir quién está detrás de esto. Y rápido.

Isabela asintió, pero en su mirada ya no había espacio para la duda. Solo quedaba una pregunta: ¿quién era el traidor entre ellos?

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