Historia Abierta
Portada de Juicio de Pasiones
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Todas las edades

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Capítulo 15 · ~5 min

Ruptura dolorosa

Isabela entró a la sala pequeña de reuniones, con la carpeta de pruebas apretada contra el pecho. Andrés ya la esperaba sentado, la chaqueta colgada en la silla y los ojos fijos en la pantalla de su portátil. Ni siquiera levantó la vista cuando ella cerró la puerta.

—¿Revisaste la bitácora de accesos? —preguntó Andrés, sin rodeos.

—Sí. Nada fuera de lo normal, pero alguien borró los registros de anoche —respondió Isabela, colocando la carpeta sobre la mesa. Hablaba con voz baja, sin mirarlo de frente.

Andrés soltó el mouse con fuerza. Las manos le temblaron apenas.

—Entonces fue alguien de adentro. Alguien con permisos. —Hizo una pausa—. ¿Crees que fui yo?

Isabela apretó la mandíbula. No contestó de inmediato. Se sentó al otro extremo de la mesa, lejos de él.

—No lo sé, Andrés. No sé qué pensar. Sabotean el caso y justo usan mi cuenta. Todo apunta a mí, pero tú también tienes acceso, igual que Julián…

—¿En serio crees que haría eso? —Andrés la miró por fin. Sus ojos, siempre seguros, tenían ahora un brillo frío.

El silencio se estiró. Fuera, alguien pasó corriendo por el pasillo y la puerta vibró levemente. Nadie habló hasta que Isabela juntó fuerzas.

—No sé en quién confiar. Esto está saliéndose de control.

Andrés se puso de pie de golpe. Caminó alrededor de la mesa, pero se detuvo antes de llegar a ella.

—Si dudas de mí, esto no tiene sentido. Ni como equipo ni como… lo que sea que intentamos ser —dijo, bajando la voz al final.

Isabela sintió que le temblaban las manos. Miró la carpeta.

—¿Quieres terminar todo por esto?

—No soy yo el que duda —respondió Andrés, con un tono duro—. Si no confías en mí, ¿cómo crees que vamos a ganar?

Isabela lo miró por fin. Su rostro parecía de piedra. Había algo roto en la forma en que la miraba.

—Tal vez no podemos ganar. Tal vez lo mejor es que cada quien haga su trabajo y ya. Competencia limpia. Nada más.

Andrés asintió despacio.

—Perfecto. Así será. Que gane el mejor, ¿no?

Ninguno sonrió. Andrés recogió su portátil y salió sin mirar atrás. Isabela se quedó sentada, sin moverse, hasta que escuchó la puerta del ascensor cerrarse.

Se levantó con las piernas rígidas y guardó los papeles en la carpeta. Caminó hasta su oficina, pasando de largo a Julián, que la saludó con una sonrisa tímida. Cerró la puerta y apoyó la frente en el vidrio. El bufete seguía igual de ruidoso. Las voces, los teléfonos, la impresora. Pero todo le sonaba lejano, como si estuviera bajo el agua.

Volvió a sentarse y abrió el correo. Cientos de mensajes sin leer. Uno de Recursos Humanos le recordaba la evaluación de desempeño para aspirar al puesto de socio. Otro, de la madre de Andrés, preguntaba por el avance del caso Martínez. Isabela borró ese último sin contestar.

Empezó a repasar los documentos del caso. Encontró una nota a mano, escrita con la caligrafía de Andrés: "Revisar cláusula 7, posible error a favor del cliente". La arrugó y la tiró a la basura sin pensarlo.

Media hora después, Julián tocó la puerta y entró sin esperar respuesta.

—¿Todo bien? Te ves… —buscó la palabra, pero no la encontró—. ¿Ya hablaron?

Isabela no levantó la vista de la pantalla.

—Sí. Ya hablamos. Ahora cada quien por su lado.

Julián se sentó frente a ella, moviendo la pierna con nerviosismo.

—¿Y el caso? ¿Van a dividir el trabajo? Porque la fecha del juicio no cambia, Isa.

—Yo me encargo de mi parte. Que Andrés haga la suya. Si hay que competir, compitamos. Pero voy a limpiar mi nombre. —Tecló sin mirar a Julián—. Ya no hay más equipo.

Julián la miró un rato, luego soltó el aire.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—Sí. Si ves algo raro, avísame. No quiero más sorpresas. —Alzó la voz apenas—. Y no le cuentes a nadie nada de esto.

—No lo haré. Pero… no se te olvide quién puso esa carpeta roja en la sala de juntas. No fue Andrés. Alguien más está jugando sucio.

Isabela asintió con la cabeza. Julián salió, cerrando la puerta con suavidad.

Minutos después, escuchó la voz de Andrés en el pasillo. Daba instrucciones rápidas al asistente jurídico, con ese tono firme que todos respetaban. Isabela se obligó a no mirar. Siguió trabajando, revisando contratos, tachando errores, corrigiendo detalles mínimos. Cada tanto, pensaba en el beso, en la confianza que se había roto, en la competencia que ahora era lo único que quedaba.

Al caer la tarde, recibió una notificación del sistema de seguridad: alguien había intentado ingresar a su computadora con una clave incorrecta. Tomó nota mental, pero no avisó a nadie. Ahora solo confiaba en sí misma. Guardó todos los archivos en una memoria externa y la escondió en su bolso.

Antes de irse, revisó los mensajes en el grupo del bufete. Andrés anunció que entregaría su informe personal del caso al día siguiente. Nadie preguntó por el trabajo en equipo. Nadie mencionó la traición.

Isabela apagó la luz de su oficina y bajó por las escaleras. Afuera, la ciudad rugía como siempre. Pero para ella, todo había cambiado.

¿Sería posible volver a confiar? O en adelante, ¿solo quedaba ganar, cueste lo que cueste?

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