Capítulo 11 · ~5 min
Amor y secreto
Valentina abrió la carpeta del caso Roldán y fingió concentrarse, aunque su mente seguía en el beso de la noche anterior. Sebastián llegó al cubículo con una taza de café y le lanzó una mirada rápida, como si nada hubiera pasado. Ella apretó los labios y bajó la cabeza, decidida a no darle el gusto de verla nerviosa.
—¿Ya revisaste las notas de la última reunión? —preguntó Sebastián, dejando el café cerca de ella, pero sin mirarla directamente.
—Sí, y encontré dos errores en el cálculo de daños —respondió Valentina, sin levantar la vista—. Lo corregí, pero te lo paso por correo para que lo revises.
—Perfecto. Así evitamos que el jefe encuentre más excusas para gritarnos —bromeó Sebastián, sonriendo apenas.
Camila pasó por el pasillo y los saludó con un gesto rápido. Sebastián aprovechó para acercarse un poco más, bajando la voz.
—¿Vamos a hablar de lo de anoche, o prefieres fingir que fue un accidente?
Valentina lo miró por primera vez en el día. Su expresión era seria, pero sus ojos tenían un brillo curioso.
—¿Tú crees en los accidentes? —respondió ella, cruzando los brazos.
Sebastián soltó una risa baja.
—No. Pero creo que aquí nadie puede enterarse. ¿Estamos de acuerdo?
Valentina asintió.
—Esto no cambia nada en el trabajo. El informe va primero.
—Típico de ti —dijo Sebastián, pero su tono era más suave de lo normal.
De pronto, el celular de Sebastián vibró. Vio el nombre de su papá en la pantalla y su gesto cambió. Dudó un segundo antes de contestar.
—¿Papá? Sí, estoy en la oficina… Sí, estamos avanzando con lo de Roldán…
Valentina fingió no escuchar, pero podía notar cómo Sebastián apretaba el puño. La llamada duró poco. Cuando colgó, dejó el celular sobre la mesa con fuerza.
—¿Todo bien? —preguntó Valentina, bajando la voz.
—Lo de siempre. Quiere que deje de perder el tiempo y me enfoque en la sociedad. Que no confíe en nadie —respondió Sebastián, mirando a otro lado. Luego la miró de reojo y sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos—. Debe pensar que eres mi mayor amenaza.
Valentina sonrió, incómoda.
—Tal vez lo soy.
Un silencio raro se instaló entre los dos. Sebastián se acomodó en la silla y miró el monitor. Tecló unas palabras, pero de inmediato se detuvo.
—Valentina, ¿tú crees que esto… lo nuestro… puede funcionar mientras estamos compitiendo?
Ella lo miró, sorprendida por la pregunta directa.
—No lo sé. Solo sé que no quiero que nadie de la firma lo sepa. Ni Camila, ni el jefe, ni tu papá. Nadie.
—De acuerdo. Ni una palabra.
Empezaron a trabajar en silencio. De vez en cuando, Sebastián le pasaba comentarios en voz baja o le enviaba memes por chat. Valentina disimulaba una sonrisa al leerlos, y luego ponía cara seria si alguien pasaba cerca.
En la sala de juntas, más tarde, Camila entró con un paquete de papeles y dejó uno frente a cada uno.
—Necesito sus firmas aquí y aquí. El jefe quiere todo listo antes de las seis —anunció, mirando a ambos con sospecha—. ¿Por qué están tan calladitos hoy?
Sebastián agarró el bolígrafo y firmó rápido.
—Estamos concentrados, Camila. Por fin, ¿no es lo que querías?
Valentina tomó el papel y firmó también, sonriendo apenas.
—No te preocupes, todo bajo control.
Camila los miró, entre divertida y desconfiada.
—Ajá… Si los veo demasiado serios, les traigo café doble. O mejor, los encierro en la sala para que se peleen y ya. ¿Listo el informe?
—Casi —respondió Valentina—. Nos falta revisar los anexos.
—Perfecto. Si necesitan ayuda, aquí estoy. Bueno, más bien, si dejan de ignorarme —bromeó Camila antes de salir.
Cuando quedaron solos, Sebastián se acercó más a Valentina. Hablaba en voz baja, pero sus palabras eran rápidas.
—¿Tienes planes esta noche? Podríamos terminar el anexo en mi apartamento. Hay menos riesgo de interrupciones.
Valentina dudó.
—¿Y si alguien de la firma nos ve salir juntos? Ya sabes cómo son los chismes aquí.
—Salimos por separado y nos vemos allá. Nadie se va a enterar. Te prometo que vamos a trabajar… primero —bromeó, bajando la voz en la última palabra.
Valentina se rió, aunque intentó cubrirlo con una tos. Aceptó con un gesto y siguieron trabajando. Pero la tensión era evidente. Cada vez que sus manos se rozaban revisando papeles, los dos apartaban la mirada. A veces, Sebastián le pasaba notas con preguntas tontas solo para verla sonreír.
En la tarde, el jefe apareció de improviso. Tenía cara de pocos amigos.
—¿Listo el informe? No quiero excusas —dijo, mirando a ambos con dureza.
—Casi, jefe. Solo falta revisar los anexos y firmar —respondió Valentina, manteniendo la calma.
—Bien. Sebastián, tu papá va a venir mañana. Espero que estén presentables y el trabajo impecable. No quiero dramas. ¿Entendido?
—Sí, jefe —respondió Sebastián, mirando a Valentina de reojo.
El jefe se fue sin decir más. Los dos se miraron con una mezcla de preocupación y desafío.
—Esto se va a complicar —dijo Sebastián en voz baja.
—Siempre se complica —respondió Valentina, acomodando los papeles.
Cuando dieron las seis, apagaron sus computadoras y salieron por separado. Valentina fue la primera en salir. Caminó hacia la esquina y esperó en una cafetería hasta ver a Sebastián cruzar la calle, solo. Luego, fue a su encuentro dos cuadras más abajo, como si todo fuera casualidad.
—¿Lista para otra noche de trabajo? —preguntó Sebastián, con una sonrisa torcida.
—Siempre —respondió Valentina, levantando la barbilla.
Caminaron juntos, cuidando cada gesto, cada palabra. No podían confiar en nadie. Pero al doblar la esquina, no notaron que alguien desde la ventana de la firma los observaba. Una silueta se movió entre las cortinas, tomando nota de cada detalle.
Valentina sintió un escalofrío y miró hacia atrás, pero no vio nada. Sebastián la apuró para seguir. El secreto tenía un precio. Y alguien estaba a punto de descubrirlo.