Capítulo 12 · ~5 min
Celos en la oficina
El sonido de unas carcajadas rompió el silencio de la oficina. Valentina levantó la vista de la pantalla y vio a Laura, la nueva pasante, acercarse al escritorio de Sebastián con una sonrisa enorme. Laura tenía el pelo recogido y hablaba tan rápido que casi no dejaba respirar a su interlocutor. Sebastián, como siempre, parecía disfrutar la atención. Se acomodó la corbata y le devolvió la sonrisa. Valentina sintió un pinchazo en el estómago, uno raro, como si le hubieran quitado el aire.
—¿Te ayudo con ese informe, Sebas? —dijo Laura, apoyando una carpeta sobre el escritorio de él.
—Tranquila, Laura, ya casi termino —respondió Sebastián con tono amable, pero sin ese sarcasmo que usaba con Valentina.
Valentina apretó el mouse y fingió no escuchar, pero no pudo evitar mirar de reojo. Laura se inclinó más de lo necesario para mostrarle unos papeles. Sebastián la miró, sonrió y le hizo un gesto con la cabeza. Valentina sintió que la cara se le calentaba. Quiso ignorarlo, pero los murmullos siguieron.
Camila pasó por su lado y le susurró:
—¿Ya viste a la pasante nueva? Anda coqueteando con todo el mundo, pero con Sebas se pasa.
Valentina forzó una sonrisa.
—Que haga lo que quiera. No me molesta —mintió, bajando la mirada al teclado.
Camila rió bajito.
—Ajá, seguro. Te conozco, Vale. Si quieres, la distraigo un rato, tú dime.
Valentina negó con la cabeza. No iba a caer en juegos. Tenía que concentrarse en el informe del caso Roldán, aunque cada vez que escuchaba a Laura reírse, sentía un pequeño temblor interno.
Un rato después, Sebastián se acercó a su escritorio con su vaso de café. Llevaba la camisa arremangada y ese gesto relajado que tanto odiaba y, a la vez, le gustaba.
—¿Te ayudo con el contrato? —le preguntó, sin preámbulos.
Valentina siguió tecleando sin mirarlo.
—No hace falta, gracias. Ya lo tengo casi listo.
—Bueno, si prefieres ayuda de la pasante... —Sebastián sonrió, pero su voz tenía una nota extraña.
Valentina levantó la vista. Se miraron unos segundos. Ella agarró un bolígrafo y lo giró entre los dedos.
—¿Por qué me dices eso? ¿Ahora eres celoso?
Sebastián se encogió de hombros.
—Solo digo que te vi muy entretenida con Camilo en la sala de juntas. Parecían muy divertidos.
Valentina resopló.
—Camilo solo me preguntó por el informe. Si quieres, puedes revisar los correos.
Sebastián se sentó en el borde del escritorio, demasiado cerca.
—No es por los correos. Solo me pareció curioso. Últimamente todos quieren tu atención.
—¿Y a ti qué te importa? —preguntó Valentina, bajando la voz. Tenía el corazón acelerado y no sabía si estaba molesta o divertida.
Sebastián la miró directo a los ojos. Entre ellos, el aire se sentía denso, como si alguien más estuviera escuchando. Valentina se obligó a mirar la pantalla.
—Solo me importa el caso —dijo Sebastián, al final. Se levantó y volvió a su escritorio.
Valentina respiró hondo. Se repitió que nada de eso importaba, pero le costaba volver a concentrarse. Empezó a imaginar a Laura acercándose de nuevo a Sebastián. O peor: a Sebastián respondiendo el coqueteo.
Media hora después, la tensión creció. Laura entró a la oficina de Sebastián con una carpeta y la puerta se cerró. Valentina no pudo evitar levantarse y caminar hacia la máquina de café, fingiendo buscar algo. Desde ahí, escuchó risas adentro, palabras rápidas, algo de "estrategias legales" y "lo que tú digas, Sebas". Apretó el vaso de cartón y volvió a su escritorio, sin probar el café.
Unos minutos después, Sebastián salió de su oficina y fue directo al escritorio de Valentina. Se inclinó sobre ella, bajando la voz.
—¿Tienes un minuto? Necesito hablar contigo. Es importante.
Valentina se levantó sin decir palabra y lo siguió a la pequeña sala de reuniones. Sebastián cerró la puerta tras ellos. Por la ventana, Camila los miró con expresión de "algo pasa".
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Valentina cruzándose de brazos.
Sebastián se pasó la mano por el pelo, nervioso.
—Hay un problema con los documentos que entregó Laura. Encontré errores y creo que alguien los está usando para perjudicarnos.
Valentina frunció el ceño.
—¿Quién?
—No sé, pero justo después de que Laura me dejó la carpeta, recibí un correo anónimo diciendo que revisara tus informes. Que tú podías estar filtrando información.
Valentina abrió los ojos.
—¿Estás diciendo que piensan que yo...?
—No lo creo, Valentina. Pero alguien está jugando sucio. Y quiere que desconfiemos el uno del otro.
Ella respiró hondo. Por primera vez, Sebastián parecía realmente preocupado.
—¿Y si Laura está metida en esto? —preguntó Valentina en voz baja.
Sebastián asintió.
—Podría ser. O tal vez alguien más la está usando. Lo que sé es que tenemos que estar juntos en esta. Si nos peleamos, perdemos ambos.
Valentina miró a Sebastián y por un momento todo el enojo se fue. Se sentó en la mesa y bajó la voz.
—Entonces hay que encontrar pruebas. Si alguien intenta sabotearnos, que se prepare. No pienso dejar que me culpen de algo que no hice.
Sebastián sonrió de lado.
—Eso me gusta. Pero hay que tener cuidado. Si nos descubren trabajando tan cerca, van a sospechar más.
Valentina se levantó y tomó su libreta.
—Pues que sospechen. No pienso dejarme pisotear. ¿Vamos?
Sebastián abrió la puerta y salieron juntos. Laura los vio de reojo y fingió estar muy ocupada. Camila levantó las cejas, divertida.
Valentina se preguntó quién sería capaz de jugar tan sucio. Sebastián, justo detrás de ella, la tocó apenas en el codo.
—¿Confías en mí?
Valentina no respondió. Solo avanzó, preguntándose si esa confianza sería suficiente para descubrir la verdad antes de que todo se saliera de control.