Historia Abierta
Portada de Odio a Primera Firma
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Todas las edades

21

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Capítulo 13 · ~6 min

La sombra del padre

Valentina revisó una vez más los papeles del caso Roldán, sentada en la sala de reuniones. Había subrayado tanto que el resaltador ya no pintaba. Sebastián entró rápido, con el celular pegado al oído y cara de pocos amigos.

—Sí, papá, entiendo. Ya te dije que no necesito ayuda —dijo Sebastián, mirando de reojo a Valentina. Hizo una mueca y se apoyó en la puerta.

Valentina fingió que no escuchaba, pero cada palabra era imposible de ignorar.

—No, ella no es un problema. Trabajo bien con todos —insistió Sebastián, bajando la voz.

Colgó sin despedirse y soltó el celular sobre la mesa. Al sentarse, no levantó la mirada. Valentina, con voz tranquila, preguntó:

—¿Problemas en casa?

Sebastián se encogió de hombros.

—Mi papá cree que soy un inútil y que tú eres una amenaza. Lo mismo de siempre.

Valentina soltó una risa corta, casi sin humor.

—Bueno, al menos no soy la única que piensa que puedes perder —bromeó, pero el ambiente no se alivió.

Sebastián arrastró la silla, acercándose. Tenía los ojos fijos en la carpeta.

—Hoy viene a la firma. Va a querer revisar todo. Prepárate para un interrogatorio —advirtió, con sarcasmo.

Camila asomó la cabeza por la puerta.

—¿Todo bien? Los busca el jefe en su oficina. Y… el señor Ortega ya llegó.

Valentina sintió un nudo en el estómago. Sebastián puso cara de resignación. Se levantaron juntos y caminaron en silencio por el pasillo. Al fondo, la puerta del jefe estaba abierta. Dentro, el papá de Sebastián ya conversaba con el jefe y con Laura, que sonreía demasiado.

El señor Ortega era alto, con el cabello gris peinado hacia atrás y una mirada dura. Vestía el mismo traje caro de siempre. Al ver a Sebastián, no le sonrió. Solo asintió y giró hacia Valentina.

—Por fin nos conocemos, doctora Ríos —dijo, dándole la mano con fuerza.

Valentina apretó igual de fuerte. No bajó la vista.

—Un gusto, don Guillermo —respondió, sin titubear.

El jefe interrumpió la tensión.

—Bien, pasemos a lo importante. El caso Roldán está en etapa crítica. Necesito su mejor versión, ambos.

El papá de Sebastián levantó un sobre manila.

—Traje nueva información. Espero que la usen bien.

Sebastián se tensó. Su papá abrió el sobre y sacó unos papeles.

—He conseguido estos documentos de la competencia. No pregunten cómo. Son pruebas clave —dijo, mirándolos fijo.

Valentina tomó los papeles y empezó a revisarlos.

—¿Esto es legal? —preguntó en voz baja.

El jefe fingió no oír. El papá de Sebastián se encogió de hombros.

—En esta profesión, doctora, hay que ensuciarse las manos si se quiere ganar.

Sebastián miró a Valentina, incómodo. Ella le devolvió la mirada, seria.

Laura intervino, con tono inocente:

—¿No deberíamos consultar antes con el cliente?

El señor Ortega soltó una carcajada seca.

—La pasante quiere opinar. Qué tiempos estos.

Sebastián cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, habló con voz clara.

—Vamos a analizar los papeles y decidir qué sirve. No vamos a poner en riesgo el caso por algo ilegal.

El jefe asintió, pero el papá de Sebastián no parecía satisfecho.

—Si no usan todo lo que tienen, van a perder. Y entonces, Sebastián, ya sabes lo que pienso: en esta firma solo hay espacio para socios fuertes —sentenció, mirando a su hijo.

Valentina sintió la presión en el aire. El jefe dio por terminada la reunión.

—Tienen hasta el viernes para presentar la estrategia final. No me decepcionen.

Salieron al pasillo. Sebastián apretó la carpeta contra el pecho. Laura los siguió unos metros, pero Camila la detuvo con una excusa. Valentina y Sebastián caminaron juntos a la sala de reuniones.

—No pienso usar información ilegal —dijo Sebastián, apenas cerró la puerta.

Valentina cruzó los brazos.

—Tampoco yo. Pero si el jefe se hace el loco, estamos solos en esto.

Sebastián la miró, serio.

—¿Confías en mí? Porque si metemos la pata, mi papá va a aprovechar para hundirnos a los dos.

Valentina dudó un segundo, pero asintió.

—Confío en que no eres como él. Eso basta.

Sebastián sonrió, pero sus ojos seguían tristes.

—Mi papá cree que solo hay dos caminos: ganar o perderlo todo. Yo no quiero vivir así.

Valentina lo tocó en el brazo, rápido y discreto.

—No vamos a perder. Pero quiero ganar por las razones correctas. ¿Me sigues?

Sebastián asintió. Su celular vibró otra vez. Era un mensaje de su papá: “No te equivoques. Haz lo necesario”.

Valentina le leyó la pantalla de reojo.

—¿Te amenaza seguido o solo cuando hay público? —preguntó, medio en broma.

Sebastián soltó una risa seca.

—Es su forma de motivar.

Valentina suspiró.

—Bueno, tenemos que revisar esto ya. Si hay algo útil y legal, lo usamos. Si no, lo quemamos.

Empezaron a leer los documentos en silencio. Cada hoja traía nuevos datos sobre la competencia. Había un correo impreso que parecía confirmar una trampa, pero la fuente era dudosa.

—Esto huele raro —dijo Sebastián, señalando el correo.

—¿Y si es una trampa? —preguntó Valentina, con el ceño fruncido.

Sebastián la miró con preocupación.

—Si usamos esto y resulta falso, nos hundimos. Y mi papá nos va a dejar solos.

Valentina apoyó la cabeza en la mano.

—Entonces, ¿qué hacemos? El jefe quiere resultados y tu papá quiere sangre.

Sebastián se levantó de golpe.

—Voy a hablar con Camila, a ver si puede revisar la autenticidad de estos documentos. No pienso arriesgarme por algo sucio.

Valentina lo detuvo antes de que saliera.

—Oye, Sebastián. Si esto sale mal, ¿tienes un plan?

Sebastián la miró, serio.

—Solo uno: no dejarte sola si explota todo.

Valentina sonrió, aunque su preocupación no se fue. Sebastián salió al pasillo. Justo entonces, Camila entró con cara de urgencia.

—Llegó una carta certificada para ustedes. Es del juzgado. Pero… viene con copia para el papá de Sebastián.

Valentina abrió el sobre. Leyó el primer párrafo y se le heló la sangre.

—Nos citaron a declarar. Y no solo por el caso. Hay una denuncia anónima contra la firma… y contra nosotros dos.

Camila se tapó la boca. Sebastián, desde la puerta, escuchó todo. Corrió a ver el papel.

—¿Esto puede cambiar todo, no?

Valentina asintió, sin palabras. La sombra del papá de Sebastián se alargaba más de lo que pensaron.

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