Historia Abierta
Portada de Odio a Primera Firma
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Todas las edades

21

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Capítulo 17 · ~5 min

Reconciliación y fuerzas unidas

Valentina abrió la puerta de la sala de reuniones con la mano temblorosa. Sebastián ya estaba ahí, sentado con los brazos cruzados, mirando la pantalla de su laptop como si quisiera romperla a fuerza de miradas. Había tensión, pero también algo distinto en el aire. Por primera vez en semanas, la rabia no era lo más fuerte entre ellos.

—¿Vas a entrar o te vas a quedar ahí parada? —dijo Sebastián, sin despegar los ojos de la pantalla.

Valentina cerró la puerta tras de sí y se sentó al otro lado de la mesa. Se quitó el saco y lo colgó en el respaldo. No había dormido bien en días, pero no iba a demostrarlo.

—No vine a pelear. Tenemos que hablar —dijo, directa.

Sebastián la miró de reojo, como si dudara si creerle. Sus labios se curvaron en una media sonrisa cansada.

—¿Hablar o echarnos la culpa otra vez? Porque ya agotamos ese show.

Valentina apretó los labios. Contó hasta tres antes de responder.

—Ya sabemos quién nos quiso hundir. No sirve de nada seguir peleando. Si queremos ganar el caso, tenemos que trabajar juntos.

Él asintió, bajando la mirada. Se frotó las palmas de las manos, nervioso. Por primera vez, parecía que no tenía una respuesta sarcástica lista.

—¿Confías en mí? —preguntó, más bajo de lo normal.

Valentina lo miró fijo. Sus ojos oscuros, siempre tan seguros, ahora estaban llenos de duda. Dudó un segundo, pero después asintió.

—Confío en ti. Pero si vuelves a esconderme algo, te juro que te dejo solo con todo esto.

Sebastián soltó una risa corta.

—Nunca pensé que extrañaría tus amenazas, Ríos.

—Y yo nunca pensé que diría esto, pero... te necesito para esto. Solo no puedo.

Por un momento, el silencio se sintió como un acuerdo. Sebastián cerró la laptop y la empujó hacia el centro de la mesa.

—Tengo las grabaciones de Laura y Camilo. Pero falta armar la estrategia. El juez no va a aceptar cualquier cosa. Hay que ser impecables.

Valentina sacó su libreta y una pluma. Se inclinó hacia él, más cerca de lo que había estado en semanas.

—¿Qué propones?

Sebastián empezó a explicar su idea. Hablaba rápido, pero claro. Ella tomaba notas, hacía preguntas, corregía detalles. Al principio, cada uno defendía sus puntos con firmeza, pero sin la hostilidad de antes. Poco a poco, la dinámica cambió.

—Eso no va a funcionar, Sebas. El juez no soporta entrevistas largas. Hay que ir directo —dijo Valentina, señalando un punto en su libreta.

—¿Entonces qué sugieres? —preguntó él, con un gesto de reto.

—Empezamos por la confesión de Laura. Es la más clara, no deja espacio a dudas. Después metemos el tema de Camilo, pero sin que parezca que lo estamos atacando solo por venganza.

Sebastián asintió, pensativo.

—Me gusta. Pero necesitamos un testigo extra. Alguien que confirme lo de los correos falsos.

Valentina chasqueó los dedos.

—¡Mauricio! Él vio cuando Laura imprimió los papeles. Lo llamamos como testigo.

Sebastián sonrió por primera vez esa mañana.

—Te extrañaba así, Ríos. Con ideas rápidas y sin miedo.

Ella lo miró de reojo, sonriendo apenas.

—No te acostumbres. Cuando esto termine, volvemos a odiarnos.

Él soltó una carcajada, pero esta vez no fue de burla. Era alivio, como si por fin pudiera respirar.

—Lo que tú digas.

Pasaron la siguiente hora afinando detalles. Discutieron cada punto del plan, revisaron los correos, las grabaciones y la lista de testigos. Sebastián pidió café y Valentina aceptó sin protestar, algo que antes no habría pasado. Compartieron bromas cortas y alguna mirada cómplice cuando algo les salía bien.

En un momento, los dos se quedaron callados, revisando el expediente. La tensión del pasado seguía ahí, pero ahora era otra cosa. Parecía que los dos entendían lo mucho que habían perdido en esas semanas de desconfianza.

—Sebastián, si ganamos este caso... —empezó Valentina, pero no terminó la frase.

—¿Qué? —preguntó él, acercándose un poco más.

—Nada. Olvídalo. Primero ganemos, luego hablamos.

Él la miró con curiosidad, pero no insistió. Volvió al expediente y siguió trabajando.

A media mañana, Camila entró a la sala sin tocar. Los miró sorprendida, como si no creyera lo que veía.

—¿Ustedes... están trabajando juntos otra vez? —preguntó, con la ceja levantada.

Valentina y Sebastián intercambiaron una mirada. Luego, Valentina asintió.

—Sí. Hay mucho en juego. No podemos dejar que nos dividan más.

Camila sonrió, aliviada.

—Ya era hora. Si necesitan algo, yo les ayudo. Pero les advierto, Laura está nerviosa. Algo trama.

Sebastián se puso de pie de golpe.

—¿Qué hizo ahora?

—Nada todavía. Pero la vi hablando con el jefe. Y Camilo anda raro también. Cuídense.

Valentina agradeció a Camila y la vio salir. Luego miró a Sebastián.

—No podemos confiarnos. Si nos quieren sabotear, lo intentarán hoy mismo.

Sebastián asintió, serio.

—Arreglemos todo antes de que puedan mover ficha. Hoy dejamos listo el expediente, y mañana vamos al juzgado con todo.

Trabajaron sin descanso. Por primera vez en mucho tiempo, cada uno confiaba en el otro. Sebastián le mostró unos mensajes nuevos que había encontrado. Valentina, sin dudar, le dio acceso a sus notas privadas. No había secretos, solo urgencia.

Al final del día, el expediente estaba listo. Sebastián cerró la carpeta y la empujó hacia Valentina.

—¿Lista para ganar?

Ella la tomó, segura.

—Lista. Pero si mañana perdemos, la culpa será tuya.

Él sonrió y levantó las manos, como rindiéndose.

—Eso nunca va a pasar.

Valentina se guardó la carpeta en su bolso. Miró a Sebastián un segundo más de lo necesario. Había algo en su mirada, una mezcla de reto y promesa.

—Nos vemos en el juzgado —dijo, saliendo de la sala sin mirar atrás.

Sebastián se quedó ahí, solo, con una sonrisa en los labios. Por primera vez en semanas, tenía esperanza. Pero también miedo. Sabía que en el juicio, todo podía pasar.

¿Y si Laura y Camilo tenían un as bajo la manga? ¿De verdad podían confiar el uno en el otro después de todo lo que había pasado?

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