Historia Abierta
Portada de Odio a Primera Firma
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Todas las edades

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Capítulo 15 · ~5 min

Ruptura y soledad

Valentina llegó temprano a la oficina. No había dormido bien. Caminó directo a su escritorio, con la cabeza baja. Al pasar junto a la sala de juntas, vio a Sebastián hablando con el jefe. Cerraron la puerta apenas la vieron. Sintió el vacío en el estómago, pero no frenó el paso.

Encendió la computadora. El correo seguía lleno de mensajes sobre la denuncia. Le temblaban los dedos, pero respiró hondo y abrió el archivo del caso Roldán. El silencio pesaba. Nadie la saludó esa mañana. Ni Camila, que solo asomó la cabeza por la puerta y luego se fue sin decir palabra.

A media mañana, Laura, la pasante, entró con una carpeta. La dejó en el escritorio de Valentina sin mirarla a los ojos.

—Te dejaron esto en recepción —dijo, seca.

—Gracias —respondió Valentina, sin levantar la vista.

Laura salió rápido. Valentina revisó la carpeta. Más papeles del caso y un sobre pequeño con su nombre escrito a mano. Lo abrió. Una nota corta: “No confíes en nadie. No eres la única con secretos”. Sintió un escalofrío. Guardó la nota en el cajón y siguió trabajando. No podía parar. Si se distraía, el miedo la iba a aplastar.

A eso de las once, el jefe la llamó. Su tono era frío, como si nunca hubieran compartido un chiste en la cafetería.

—Ríos, a la sala de juntas. Ahora.

Ella entró con la cara dura. Sebastián estaba sentado al fondo, la mirada fija en la mesa. Nadie sonrió. El jefe fue directo:

—Tenemos que aclarar la situación. La firma está en riesgo. Cada quien va a responder por separado. No quiero más discusiones ni dramas. ¿Entendido?

Valentina asintió. Sebastián ni siquiera levantó la cabeza. El jefe les entregó a cada uno un sobre con documentos para su defensa. Luego salió sin esperar respuesta. El ambiente se quedó denso, como si el aire costara trabajo respirar.

Sebastián rompió el silencio.

—No voy a hundirme por tus errores, Valentina. Cada quien por su lado. Ya está.

Valentina apretó los labios.

—No te preocupes, Sebastián. No pienso salvarte ni cubrirte. Esto ya no es un equipo.

Él la miró por primera vez en días. Tenía los ojos cansados, pero la voz firme:

—Mejor así. Que gane el mejor.

Valentina salió sin mirar atrás. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Caminó al baño, se lavó la cara y se miró al espejo. No iba a llorar. No en el trabajo. No por él. Se acomodó el pelo, respiró hondo y volvió a su escritorio.

La tarde fue igual de fría. Camila la invitó a almorzar, pero Valentina se inventó una reunión. No quería hablar con nadie. Solo quería terminar los informes y revisar cada detalle del caso, como si eso pudiera salvarla de la tormenta.

A las cinco, Sebastián pasó por su lado cargando una caja con papeles. No la saludó. Ella tampoco. Ambos fingieron que el otro no existía. Por un momento pensó en decirle algo, pero se quedó callada. ¿Para qué?

Después de todos se fueron, Valentina se quedó sola en la oficina. El reloj marcaba las siete. Encendió la lámpara de su escritorio y repasó el expediente. Cada hoja tenía marcas y post-its de ambos. Ahora solo quedaban los suyos.

El teléfono vibró. Otro mensaje anónimo: “El que confía, pierde”. Valentina apretó el celular y lo apagó. Miró por la ventana. La ciudad seguía. Ella no podía detenerse. Si quería salvar su carrera, tenía que pelear sola.

Guardó los papeles en una carpeta nueva, con su nombre bien grande. Lo hizo despacio, como si con eso pudiera borrar todo lo que había compartido con Sebastián. Cerró la puerta de la oficina y se fue sin mirar atrás.

En la calle, el frío le pegó de frente. Caminó a paso rápido hasta el Transmilenio. El ruido de la ciudad no la distrajo. Pensaba en la nota, en los mensajes, en la traición. ¿Quién estaba detrás? ¿Hasta dónde llegaba la mentira?

Sebastián, mientras tanto, se quedó en una sala de juntas vacía. Miró la caja de papeles y suspiró. Sacó su celular y leyó un mensaje de su padre: “No te fíes de nadie, ni de ella. Haz lo que sea necesario para ganar”.

Marcó el número de un contacto que no había usado en meses. Dudó antes de hablar:

—Necesito ayuda. Hay que limpiar mi nombre. Y no me importa a quién tenga que dejar atrás.

Colgó antes de escuchar la respuesta. Miró la foto que tenía de Valentina en el fondo de pantalla y la borró de inmediato. Si quería ser socio, no podía volver a confiar.

La noche cayó sobre la ciudad. Dos abogados, cada uno solo en su esquina, listos para pelear por lo suyo. Quedó en el aire una pregunta imposible de callar: ¿realmente podían superar esa herida o ya era tarde para confiar de nuevo?

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